• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Rodolfo Izaguirre

Zamuros

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La Caracas de mi infancia contaba apenas con doscientas mil almas. Se decía así y la palabra “alma” se fusionaba con nuestros cuerpos. ¡Éramos almas! Hoy, Caracas tiene poco mas de cinco millones de habitantes, pero dolorosamente a muchos de nosotros se nos ha entristecido el alma o se ha alejado y perdido acaso para siempre. Ni siquiera somos pobladores. Somos habitantes, usuarios. La de mi infancia era una vida apacible y las horas pasaban lentas, a ritmo de Santa Rita.

En la esquina, de Pescador, dos bodegas, una carnicería conocida como “la pesa” y el bar testimoniaban una cotidianidad sin sobresaltos exceptuando la presencia de “La Sagrada” la temible policía política de Juan Vicente Gómez. En la otra esquina, en la esquina de La Cochera, estaban la cafetería de los chinos y la botica. A veces ocurría que uno de los chinos repetía el pedido del cliente: “¡Mira, chino marico, pónme un café ahí!” Y el chino se dirigía hacia la jarra de café diciendo: “¡Mila chino malico pon café ahí!” Era que recién acababa de llegar al país, subrepticiamente, y ocupaba el lugar de su antecesor muerto recientemente y se ejercitaba en el aprendizaje del idioma repitiendo el limitado vocabulario del cafetín. Hoy, con la colonización china se dice que entran en tropel con pasaporte venezolano, pero en mi niñez los periódicos nunca mencionaban la muerte de un chino atropellado por un automóvil y tampoco llegué a leer un obituario. Se decía que entraban al país, furtivamente, de noche, para sustituir a los que morían sin que nadie se enterase tampoco de su muerte.

Las veces que me tocó programar en la Cinemateca ciclos de cine chino, invitaba a los miembros de las dos Asociaciones chinas que existían entonces en Caracas y con ellos llenaba la sala. Cada vez que en las películas aparecía, inevitablemente, la imagen de Mao Tse Tung se escuchaban aplausos. Intrigado, pregunté al presidente de una de las Asociaciones “¿Por qué aplauden teniendo largos años de residencia en Caracas alejados de la política china?” Y me dijo, en voz baja: “¡Ellos desconfían! Aplauden porque no saben de qué se trata esta invitación a ver películas”. Creían que el propio Mao Tse Tung desde Pekín y yo, en Caracas, les estábamos tendiendo una trampa.

Por las calles de aquellas doscientas mil almas pasaban el vendedor de tierra para matas, el frutero; el heladero de los helados Cruz Blanca o de La Superior; el hombre de la basura, el carbonero. Se cocinaba con carbón en los fogones y las cocciones eran lentas: carne todos los días y pollo, muy caro, los domingos. Los pellejos se lanzaban al techo para que los zamuros comieran bailando y mantuvieran la casa limpia. Se les llamaba “limpiacasas” y actuaban como recolectores naturales de desperdicios. Una vez llegué a ver un Rey Zamuro en el techo de mi casa, majestuoso, controlando el trabajo de sus súbditos con una dedicación que no parecen tener hoy nuestros alcaldes puesto que la ciudad se ahoga en sus desperdicios. ¡Los zamuros que conoció la Caracas de mi niñez han vuelto! Los veo revolotear oteando desde el aire las toneladas de basura que somos capaces de producir en un solo día, pero incapaces de recoger en la misma jornada. Los veo desde mi cuarto y uno de ellos quiso entrar por la ventana equivocando el camino hacia el techo donde tal vez esperaba encontrar las vísceras y pellejos de otros tiempos.

Las alcaldías se defienden: los camiones para la recolección de los desechos están accidentados y no hay repuestos; los conflictos sindicales se eternizan sin hallar soluciones aceptables; el régimen boicotea las alcadías que le son adversas, pero la basura sigue sin ser recogida. Los zamuros continúan aleteando sobre la ciudad evidenciando que el tiempo, al menos en lo que a zopilotes se refiere, no parece haber transcurrido desde que terminó el gomecismo y comenzó el régimen militar bolivariano que ya es, de suyo, un desecho despreciado hasta por los propios zamuros.