• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

¡Yabba - Dabba doo!  

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Informan los medios que el gobierno autorizó divisas para la importación de pinos naturales a fin de que estas Navidades no sean muestrario de cándidos pesebres y abigarrados nacimientos, sino exótica exhibición de esas coníferas cuyo origen burgués, capitalista e imperial denunció el comandante y que Maduro quiere refulja en sus copas, sin que le importe la contradicción implícita en su decisión. Incomprensibles o inexplicables son los adjetivos que invocamos para apellidar estas reacciones reflejas, divorciadas de los asuntos sustantivos, dirigidas a distraernos de las carencias y falencias que degradan nuestra calidad de vida.

Podríamos sospechar que se mofan deliberadamente de nosotros y que no pueden estar hablando en serio los voceros gubernamentales cuando convocan al sacrificio colectivo y nos recomiendan recetas y remedios caseros para que soportemos privaciones y limitaciones tercermundistas. Tan irritantes e insensatos consejos entran en conflicto con el escamoteo y adulteración de hechos y cifras que fundamentan los deplorables e hiperbólicos mensajes publicitarios con los cuales se nos quiere vender un mañana atiborrado de demagogia populista y promesas rotas por adelantado.

No sería descabellado conjeturar que los desvaríos y anacronismos del régimen que, según vayan viniendo, van componiendo el patético remedo de un cadáver exquisito, sean manifestación de un tardío y espontáneo surrealismo nativo; sin embargo, no se percibe un élan poético como el que movía a Breton a sostener: “No ha de ser el miedo a la locura el que nos obligue a poner a media asta la bandera de la imaginación”, porque el estandarte de la creatividad nunca ondeó en el bando carmesí ya que fue arriado en el momento mismo en que el imperecedero se decidió por el socialismo equivocado. Y los gonfalonieros que enarbolan el trapo de la distracción no temen a la demencia, pues en ellos no se trata de delirio creador, sino de ordinaria insania, evidenciada en la paranoia y falta de seguridad en sí mismos que aquejan a los que no son lo que deben ser y están donde no tienen que estar; el surrealismo les queda grande, pero encajan bastante bien en el universo de las tiras cómicas y los dibujos animados.

Las historietas, igual que la animación, confieren libertad a los creadores para que imaginen cualquier tipo de situaciones, las cuales, por más extravagantes o fantasiosas que parezcan, serán aceptadas –como improbables, pero posibles y, por ello, verosímiles– por el lector o espectador que ha aprendido a descifrar sus códigos; así, extrapolando personajes y circunstancias, colegimos que, no en pocas ocasiones, quien ahora detenta nominalmente la presidencia de la república se conduce –depende del contexto– como héroe o villano de comiquitas. Recientemente, cual si fuese Flash, dejó atrás los vientos y en un ataque de diarrea legislativa, provocado por la purga habilitante, y castigando por igual a empresarios y hedonistas, se prodigó en reformas de orden restrictivo, punitivo e impositivo, haciendo uso de un suerte de magia boba similar a la de Mr. Mxyzptlk, ese enano bromista capaz de sacarle la piedra a Superman, que habita en una dimensión similar al limbo donde aposentan sus cabezas Maduro & Cía. Y no solo caracteres e incidencias de los cómics son susceptibles de ser cotejados con personajes de carne y hueso y acontecimientos verdaderos, sino también los diálogos; tallados a la medida del despelote nacional vienen dos que debemos a Quino (Mafalda) y a una novela gráfica de Alan Moore y David Lloyd (V for Vendetta). Dice Mafalda: “Una cosa es un país independiente y otra un país in the pendiente”; y, por su parte, el inescrutable enmascarado de V sentencia: “La gente no debería temer a sus gobiernos: los gobiernos deberían temer a su gente”. Más precisión sería exceso; más elocuencia, abuso.

Hay una celebérrima frase, del Conde de Lautréamont, «bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas», que sirvió de modelo a los surrealistas para conjugar incongruencias, lo que es usual en el discurso poético; en la cruda realidad tales convergencias son rarezas que pueden derivar en chiste y sería el caso de la yuxtaposición de electrodomesticación china y pobreza extrema que hace de nuestras barriadas duplicados de Piedradura. Tal vez nuestro destino sea rodar en troncomóviles y, para sellar el pacto de sangre propuesto por Maduro –en procaz lenguaje y arrebato digno del Pato Donald– a los trabajadores de su partido, exclamar como Pedro Picapiedra: ¡Yabba - Dabba doo!

rfuentesx@gmail.com