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EDITORIAL

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Xi Jinping

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Xi Jinping es ahora el hombre más importante de la República Popular de China. Es el actual vicepresidente y, en el XVIII Congreso del Partido Comunista que se debe reunir en octubre, está previsto que sea elegido presidente de la República y jefe del PC por los próximos diez años. (En China, como en todos los países donde gobierna el Partido Comunista, a los jefes de Estado los elige el partido). Pero sucede lo inesperado, como dice Pedro Navaja: Xi Jinping está desaparecido desde hace alrededor de quince días y nadie da noticias del gran personaje.

Nadie se refiere a su situación, lo tienen como un misterio dentro del gran misterio de la política china. Cuando un corresponsal internacional, acreditado en Pekín, preguntó por él recibió respuestas tan absurdas y hasta ridículas como la que reseña The Economist, con lógica sorpresa. El portavoz del Gobierno tuvo la osadía de responder que "esperaba una pregunta más seria". Ante la insistencia de otros colegas, añadió simplemente que "no sabía". Esta actitud desdeñosa por la suerte del candidato presidencial ha dado pie para que las especulaciones se multipliquen y en las redes sociales surjan las mil y una hipótesis.

Las tormentas por la sucesión de Hu Jintao oscurecen el paisaje. Hasta hace relativamente poco tiempo, Xi Jinping se tenía por el candidato de consenso. Pero a partir de la destitución del carismático Bo Xilai, jefe de una de las grandes provincias y candidato también al buró político del Partido Comunista que se debía elegir en otoño, la guerra por el poder se ha desatado y, sin duda, la extraña desaparición de Jinping se ha convertido en una novela negra.

En el fondo de la crisis están las tendencias políticas y la posición ante tomas de decisiones fundamentales sobre la economía.

Bo Xilai se había convertido en un frenético albacea de Mao Tsetung y de su catecismo. Era el más popular de los líderes chinos, y esto causó su caída, en medio de la sordidez de un proceso que afectó también a su esposa, Gu Kailai, acusada de haber asesinado a un negociante inglés muy amigo de la familia.

La señora Gu, abogada, lo envenenó en un hotel porque no logró ponerse de acuerdo sobre el monto de una comisión que solicitaba por cooperar en la transferencia de más de 50 millones de dólares a bancos extranjeros.

La señora Gu fue condenada a muerte, luego de haber confesado su crimen, condena sin ejecución, como espada de Damocles para que su marido no mueva sus fuertes influencias. Pero el "maoísmo" no es sólo de Bo Xilai sino de muchos, y esto al parecer tiene vinculación con la suerte de Xi Jinping.

Las especulaciones son de novela: que tuvo un ataque cardiovascular, que fue víctima de un accidente de tránsito o que fue herido en un atentado por los enemigos de su candidatura. Aparezca o no aparezca el predestinado a una década de poder, el episodio ilustra el hermetismo anacrónico entre los todopoderosos de China.