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Aníbal Romero

Washington-La Habana-Caracas: hojas de ruta

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Con relación al acercamiento Washington-La Habana, conviene recordar este fundamental principio: No hay almuerzos gratis en las relaciones internacionales. He leído artículos según los cuales La Habana ha sacado la mejor parte del asunto, ante un Washington que entregó demasiado. Algunos analistas han afirmado que, en todo caso, ya la Cuba castrista “no representa una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos”. Tal interpretación constituye a mi modo de ver un error. Una Cuba estable no es una amenaza, pero una Cuba inestable sí lo es.

Para Estados Unidos la principal amenaza potencial a su seguridad nacional, que por los momentos pudiese materializarse en el hemisferio en general y en Cuba en particular, sería una repetición de los eventos de 1980 en el puerto de Mariel, cuando en cosa de pocos meses 125.000 cubanos emigraron masiva y desordenadamente hacia las costas de Florida, entre ellos miles de delincuentes comunes y personas a quienes el régimen castrista sacó de las instituciones para el cuidado de enfermedades mentales, subiéndolas también a los botes que partían hacia Miami.

El interés principal de Washington con respecto a Cuba es la estabilidad, no la libertad de los cubanos. Desde luego que a Washington no le disgustaría que la democracia y la libertad retornasen a Cuba, ni mucho menos; pero no a costa de una situación de inestabilidad que pueda generar otro Mariel, con la diferencia de que esta vez no serían 125.000 cubanos sino millones los que buscarían escapar de la isla, en caso de una situación de súbita e incontrolable violencia y de indefinición del rumbo hacia el futuro, en el epicentro de un caos. Se trataría de un escenario de generalizada crisis humanitaria en el Caribe, a la que se sumarían los severos problemas que suscitaría una inmanejable afluencia de refugiados en Florida.

Este escenario, por lo demás probable a partir de una Cuba desestabilizada, explica la actitud que hemos visto de parte de Washington los pasados años ante el desmantelamiento sistemático de la democracia en Venezuela. Durante una primera etapa del régimen “revolucionario” la postura de Estados Unidos fue complaciente, y en años más recientes ha sido esencialmente tolerante, caracterizada por el propósito de hacer lo mínimo necesario para no claudicar plenamente ante la altanería chavista, pero no tanto como para radicalizar aún más al régimen, acelerando así su desintegración. El colapso del régimen chavista pondría en juego, como hoy observamos, el crucial subsidio petrolero que Caracas ha venido suministrando a La Habana y que tan importante ha sido para sostener la estabilidad del castrismo.

Para recapitular: con base en una definición estrecha de su interés nacional, Washington ha apostado por la estabilidad de Cuba y Venezuela, a pesar de los costos que ello ha significado en términos de permanencia de la tiranía castrista y de asfixia y destrucción de la libertad y la democracia en Venezuela. No se trata, por tanto, de que La Habana haya ganado con el reciente acercamiento en tanto que Washington ha perdido. El almuerzo ha sido compartido y “no hay almuerzos gratis en relaciones internacionales”. El proceso de reanudación de relaciones entre Washington y La Habana  avanzó con mayor rapidez debido a la crisis del chavismo en Venezuela, producida por la caída del petróleo y la inmensa incompetencia y corrupción del régimen “revolucionario”. Sin duda, Washington le ha tendido una mano a los Castro, con el objeto de consolidar en lo posible la estabilidad de la sociedad cubana y con la esperanza de que, eventualmente, la tiranía castrista evolucione en una dirección menos cruel. El hecho de que estas negociaciones vengan de atrás no debería sorprender a nadie, pues el desastre chavista se vislumbraba desde hace rato.

Poniendo las cosas en su justo marco, hay que tomar en cuenta que los hermanos Castro jamás habían tenido unos aliados más toscos políticamente, más obnubilados por una ideología-chatarra, y más extraviados por sus prejuicios que los jefes del régimen chavista en Venezuela. Comparados con esta gente, la suicida izquierda chilena de los años setenta es algo así como el Senado romano bajo Cicerón y Cato, y los sandinistas una especie de Parlamento inglés bajo Lord Palmerston y Disraeli. Los chavistas jamás han entendido que Washington no se ha planteado sacarles del poder, ni organizar golpes de Estado en su contra, ni siquiera levantar un poquito la voz en la OEA u otro de esos entes para denunciar el crimen que se ha cometido contra la libertad y la democracia en nuestro país, ante la mirada desdeñosa de sucesivos gobiernos estadounidenses y la complicidad deleznable de latinoamericanos y caribeños.

No, de ninguna manera: durante los primeros años de Chávez, y ello me consta, Washington estuvo más que dispuesto a alentar al caudillo en su cruzada de cambio social “reformista”, y le observó con inocultable interés y en ocasiones hasta algo de entusiasmo, en tanto despreciaba a una oposición a la que decidió temporalmente consignar al basurero de la historia. Pronto se olvidaron a orillas del Potomac los cuarenta años de institucionalidad en Venezuela, la lucha de nuestro país contra la expansión del castrismo en América Latina en los sesenta y setenta, y los peligros que entrañaba un militar golpista, quien pronto se alió a Cuba, a la cabeza de un Estado como el venezolano.

Resulta que ahora algunos analistas elogian la nueva hoja de ruta Washington-La Habana como la apropiada para que Estados Unidos “renueve su liderazgo en América Latina”, y ni se les ocurre imaginar que un camino más apto y digno habría sido colocarse junto a los demócratas venezolanos estos pasados años, condenando la sistemática destrucción de la libertad en el país y apartándose de la hipocresía pro castrista de los numerosos gobiernos de izquierda latinoamericanos y caribeños, que hoy en día llevan la voz cantante en el hemisferio y hacen coro al despotismo cubano, en tanto sonríen frente a la desgracia venezolana.

Pero como bien sabemos, nuestras acciones tienen consecuencias imprevistas y no deseadas, y las hojas de ruta que Washington asignó a Cuba y Venezuela no están necesariamente marchando como se esperaba. Ciertamente, Washington está en capacidad, y va a hacerlo, de lanzarles un salvavidas económico a los Castro ante el patente naufragio del régimen chavista. Lo que, sin embargo, se complica es la sección correspondiente a Venezuela.

Con la actitud primero complaciente, luego tolerante y ahora equívoca de Estados Unidos hacia el chavismo, Washington ha contribuido a que las cosas en Venezuela hayan llegado a un punto que presagia graves y largas tormentas, que probablemente repercutirán en todo el hemisferio. Y atención: digo que ha contribuido como un factor entre varios, y no necesariamente el decisivo. Pues en modo alguno estoy argumentando que Washington debió, debe, o debería ocuparse por sí solo de reconquistar la libertad y la democracia en Venezuela, ya que esta tarea nos corresponde primordialmente a los venezolanos. Lo que digo es que esa verdad no eximía ni exime a Washington de haber formulado una política distinta hacia la tragedia venezolana, en función de un concepto del interés nacional menos estrecho, un tanto más digno y a la postre menos miope, un concepto del interés nacional en el que los principios equilibren el burdo pragmatismo de que han hecho gala varios gobiernos de Estados Unidos con relación a Venezuela.

¿Dónde estamos ahora? Quizás Cuba siga siendo estable un tiempo más. ¿Pero Venezuela? Es evidente que el país se asoma a un abismo de ruina económica, insurgencia social y quiebre institucional. Ya a estas alturas resulta grotesco sostener la fachada de que en Venezuela impera un régimen democrático y una sociedad libre. Las recientes designaciones inconstitucionales de los poderes públicos, en especial del Consejo Nacional Electoral, añaden a la farsa un elemento de amarga comicidad, que presumo ha de ser percibido hasta por los distraídos funcionarios de la Embajada estadounidense en Caracas.

¿Las sanciones de Obama? Las mismas significan “too little too late” (demasiado poco, demasiado tarde). A pesar de lo declarado por el ministro de la Defensa del régimen “revolucionario”, quien aseveró que las sanciones representan un “llamado a la insurgencia callejera”, lo cierto es que no creo que dentro del escenario que se le plantea a Venezuela en 2015 jueguen un papel clave esos tardíos y desganados castigos, relativos al retiro de visas y congelación de cuentas contra segundones que obedecen órdenes.

Washington, al igual que la oposición “oficial”, ha decretado para Venezuela, contra viento y marea y prestando escasa atención a los hechos, una hoja de ruta “constitucional, democrática y electoral”, sustituyendo la realidad por una utopía que está lejos de corresponderse con lo que en efecto ocurre en nuestra enferma sociedad. En medio de tales fantasías y a lo largo de tres lustros, se han desarrollado en nuestro país todos los más amenazantes componentes de un huracán social y político, que presagia convulsiones. Es posible que Washington logre comprar la estabilidad de Cuba, pero la de Venezuela ya no tiene precio.