• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

Votar o votar, that is the question

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I.

El próximo domingo los venezolanos vamos a elecciones, una vez más, como tantas otras a lo largo de los últimos tres quinquenios, en esta ocasión para elegir los poderes locales. Se trata de los poderes más cercanos al pedacito de país en donde hacemos nuestra vida diaria, además de gravitar de manera significativa en la forma que se asume nuestra condición de país federal. Comicios muy importantes, cierto, aunque al fin y al cabo seguimos siendo un país presidencialista y suponemos que el destino nacional se decide desde arriba. Las presidenciales siguen siendo, así pues, la madre de todas las elecciones.

 

II.

Vamos después de una campaña que mostró un muy bajo nivel, ya habitual en un país polarizado que ha hecho del maniqueísmo el código político para entenderse y ventilar sus desacuerdos. Ha dominado la violencia verbal, el empleo descomedido de la palabra, el discurso socarrón y falaz.  De nuevo, como las anteriores, esta última campaña se ha deslizado a lo largo de la metáfora militar, más cuestión de confrontación y aniquilamiento del otro que de ideas y propuestas, expresión de un país roto, fragmentado en dos mitades que se dan la espalda. En fin, una jornada sin pedagogía, inundada, en el mejor de los casos, por fórmulas huecas que dejaron de lado, casi por completo, los diagnósticos y los programas.

Vamos a elecciones, así mismo, luego de una campaña caracterizada, tal vez como nunca antes, por la transferencia ilegal de los recursos públicos –materiales, financieros y humanos–, con el propósito de favorecer las candidaturas oficiales, contraviniendo no solo las normas vigentes, de cuyo cumplimiento está encargado el CNE, sino, incluso, lo afirmado por el mismo presidente Maduro, quien declaró el 18 del mes pasado que “no podemos convertir un acto de gobierno en una campaña para un candidato… está prohibido por el Consejo Nacional Electoral y para nosotros es sagrado, tenemos que dar el ejemplo. Llamo a realizar una campaña de altura y que se reconozcan los resultados”.

 

III.

En medio de todo lo anterior, el próximo domingo los electores vamos a las urnas a certificar –al margen de nuestras preferencias políticas y del concepto que tengamos sobre lo que es y debe ser el país–, que el voto es la forma civilizada de designar y cambiar a los gobernantes, a ratificar la fuerza y la utilidad del sufragio y a reiterar la idea de que éste representa una condición esencial de la ciudadanía en el sistema democrático. A reiterar, a pesar de que las condiciones no son las ideales, que el voto es el único método que permite la coexistencia de opciones políticas distintas y hasta enfrentadas, como es nuestro caso. Insistir en que no hay mejor manera de defender la institución del voto que votando y, por otro lado, que en el actual contexto venezolano no ir a votar carece de todo significado electoral y político. El mutismo, en fin, no lleva consigo ningún mensaje, a ningún lado, para nadie. Toma forma de negligencia, de dejadez, de apatía, de flojera. Es casi una tontería. Es desentenderse del país.

 

Harina de otro costal

Después de leerlo usted puede decir que está en desacuerdo, hasta muy en desacuerdo, con las ideas centrales que arman el libro. Pero lo que no puede decir es que el texto no es importante, que después de recorrer sus casi cuatrocientas páginas no le modificó su visión respecto al poder, que no le arrojó nuevos datos, ni le planteó la más mínima duda. Me refiero a El fin del poder, escrito por Moisés Naím.

Ya el poder no es lo que era antes, sostiene el autor. No lo es el poder económico, ni el político, ni el sindical, ni el religioso ni ningún otro. Ha asumido otras formas, se ha degradado, es más débil, más limitado, más transitorio, y las consecuencias son múltiples. El siglo XXI es el siglo de la poshegemonía y asoman innumerables innovaciones políticas que modificarán (ya lo están haciendo) la manera de entender y ejercer el poder

No creo equivocarme si señalo que este libro contribuye, de manera notable, a escudriñar las nuevas claves que gobiernan el mundo contemporáneo.