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Leopoldo Tablante

Votar bajo la tormenta

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El ex cónsul de Venezuela en Nueva Orleans Jorge Guerrero Veloz fue designado en diciembre embajador en Grenada, pero, en vista de que fue él quien se ocupó de instalar las elecciones presidenciales del pasado 7 de octubre, fue devuelto transitoriamente al sur del estado de Luisiana para encargarse de los comicios del domingo.

La convocatoria implicó desafíos logísticos para organizadores y votantes, quienes, en esta ocasión, no contaron ni con tiempo ni con presupuesto suficiente para que su marca política fuera tan contundente. Sufragaron en el Ponchartrain Center de Kenner, un suburbio de Nueva Orleans, la mitad de las 8.500 personas que acudieron a las urnas el pasado 7 de octubre. El Comando Simón Bolívar del sur de Luisiana aseguró el desenvolvimiento del proceso recurriendo a los mismos voluntarios que participaron en la jornada comicial anterior, quienes trabajaron y/o aportaron recursos para satisfacer las necesidades mínimas. El comando de Miami puso a disposición de la comunidad de electores de esa ciudad varias líneas de autobuses gratuitas y cohesionó las solidaridades de muchos que cedieron puestos gratis en sus vehículos particulares o despejaron espacios vacíos en sus residencias para darles posada a coterráneos sin saldo. El viaje implicó gastos mínimos de 400 dólares por persona que, entre quienes pudieron endeudarse, debieron ascender a 1.500 o más, de acuerdo con las tarifas aéreas y hoteleras de un destino turístico. En suma, hoy a nuestro gentilicio expatriado se le ha adosado el rastrillo de la austeridad y el sacrificio.

A lo anterior se añade el carácter de “segunda vez” de esta elección, que se inició desde una morosidad reciclada en duelo y, luego, en una esperanza de cambio in extremis para la oposición, es decir, demasiadas exageraciones consecutivas que por un tiempo reblandecieron, en Venezuela, la cohesión de la Mesa de la Unidad y, en el extranjero, infundieron el sentimiento de aislamiento y dispersión de electores que se saben marginales en los cómputos del CNE.

Pese a todo, la diáspora política aguantó el chaparrón. A las 5:00 am ya habían llegado al Ponchartrain Center al menos 1.000 votantes que hacían cola frente a la puerta de acceso (la abrumadora mayoría de Miami, aunque la región consular de Nueva Orleans abarca los estados de Alabama, Arkansas, Luisiana, Kentucky, Misisipi y Tennessee). Se mojaban y aguantaban uno de esos vendavales que sólo la costa de Luisiana es capaz de producir, de esos que hacen que todo el mundo aquí piense, entre mayo y octubre, en la posibilidad de ahogarse sin remedio. De una de las barras de acero del techo, en el área de la salida, pendía un búho decorativo de yeso, negro y gris, que oscilaba con el vaivén de una conminación: “El corazón caliente, la cabeza fría”. Quizás con otra temperatura, ahí estuvieron, la mayoría con sus equipajes: ancianos, niños, parejas con perros, fiesteros que enlazaron desde una madrugada de farra, atletas, enfermos de bronquitis, gente vestida con camisetas genéricas de Walmart, mujeres con piernas enyesadas, embarazadas, hombres elegantes con zapatos Bass y suéteres de lana de Merino, otros arropados con la bandera de Venezuela, la camiseta de la Vinotinto y gorras publicitarias de Bass Pro Shops, sin pensar que el red neck que pesca en caños y ríos de “América” toleraría mal las distracciones de nuestra generosidad: ésa que –con o sin impermeable, con o sin paraguas– le ofrece café al compatriota desconocido o un mordisco de su propio sándwich, al mismo tiempo que se queja a viva voz de la fuerza de los elementos; para la que 15 minutos son igual que 20 o 30; la que le habla al prójimo con diminutivos melosos y enseguida castiga con tono autoritario la voz de otro individuo tan crispado como aquel; la que dice: “Uno sí se divierte barato” y se desconcierta ante las geometrías y protocolos estrictos de las mentes anglosajonas.

Voluntades venezolanas que, en la distancia, asumen que sus reflejos quedan allá, en esa otra parte tropical a la que, algún día, sin chantajes ni caribeos, les gustaría poder volver.