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Ildemaro Torres

¡Volvió! ¡Volvió!… ¿Y?

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Sí, nos dicen que volvió. Llega (lo traen) de madrugada, sigiloso y casi clandestino, para después, con él supuestamente ya alojado en el Hospital Militar, comenzar a celebrar esa llegada, atormentando la población a cañonazos.

Unos cuantos años atrás él ensayó asaltar el poder y fracasó, después fue electo para ejercer la Presidencia de una sociedad democrática que aspiraba a dejar atrás las tropelías políticas. Sin embargo, coherente con su vocación golpista, comenzó por afirmar que la suya era la victoria de una revolución, y a partir de allí a comportarse como quien nunca tuvo algo y ve llegado el momento del desquite, y a organizar y pagar con los dineros públicos gavillas personales que bautizó bolivarianas.    

Un día y por sorpresa el país se enteró de que el presidente Chávez padecía de un cáncer y tenía que ser operado, para lo cual viajaría a Cuba dada su confianza en la medicina, la policía, los hospitales y la seguridad de ese país, además de la garantizada solidaridad de sus hermanos Fidel y Raúl. Allí comenzó una extraña y truculenta historia hasta ahora inextricable.

Aun siendo objeto de la conmiseración que él y los de su corte se empeñaron en lograr como ventaja política, afirmando que “el Presidente a pesar de su enfermedad no deja de pensar en su pueblo y preocuparse por el mismo”, el conocido bravucón (quizás jugando una vez más a envolvernos en una impúdica manipulación mentirosa, o padeciendo realmente una dolorosa verdad referida al grave deterioro de su salud) teme constatar su declive en el seno de los muchos sectores populares defraudados con su ineptitud y falsedad; y son claros indicios de ese temor, su urgencia y la cantidad de actos aclamacionistas que demanda le sean organizados por quienes pretende sumados a los que todavía creen en él.

Lo único que le queda por hacer al meloso Maduro, entregado como está a la adulación absoluta de su jefe, es pasar a melodioso, y todo lo que le dice en inspirada loa a cada rato por televisión, se lo cante acompañándose de una guitarra cual serenata al pie de su ventana o en un rincón de su habitación en el hospital. Cabello por el contrario, es ante todo un militar severo, que no anda por ahí serenateando sino usurpando.

Sí, más que ser de uno, se trata de algo que nos atañe a muchos y, en un ejercicio de conciencia, tal vez a todos. Ha sido demostrado ante el mundo, que en nuestro país el poder está en manos de un malandraje, y que hay cargos clave en la conducción de la República, que por la desvergüenza de quienes los ocupan, han quedado vacíos de toda honorabilidad. Si pensamos en que conforman una colección, impresiona su extensión y variedad, pues agrupa a saqueadores de rápido enriquecimiento, pandilleros motorizados armados y desalmados, e ineptos trepadores, bajo el nombre de Gobierno o, más ostentoso aun, de revolución.

¿El por qué de los mecanismos de manipulación puestos en marcha con tal descaro? De lo que suele tratarse, es de querer asegurar a nombre de la impunidad, el poder designar jueces y otros funcionarios de confianza que no se pongan a indagar la corrupción. Y es que estos, que han probado ser peores que cualquier predecesor en términos de ineficiencia, descarados abusos y latrocinio, temen aún más que aquellos que el poder pueda pasar a manos de gente consciente y realmente decidida a encarar y corregir, tantas perversiones agravadas en el marco de esta revolución bonita.

¿Tiene usted, apreciado lector, un dato u observación que pueda ayudarnos a saber algo acerca de la salud del comandante? ¿Él vive? ¿O Maduro, bajo estrictas indicaciones de Fidel, “decidirá” cómo y cuándo informar su fallecimiento, si acaece o si es que acaeció?