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Rodolfo Izaguirre

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El privilegio del niño reside en la íntima familiaridad que establece con el mundo inanimado, lo que le permite conocer, anudar y afirmar un envidiable apego con el amigo imaginario, el tigre azul, el conejo Salvador o el Yeti, un monstruo beatífico que lo acompaña y protege donde quiera que se encuentre, porque el niño vive con todo y en todo lo que lo rodea.

Jean Onimus en su libro La connaissance poetique cita a la Virgina Woolf de Las olas y dice que la escritora, al referirse a la intensa relación del niño con su propio mundo, revela la distancia e incomprensión que los adultos mantienen hacia él, lo que ocasiona su negativa a aceptar nuestro triste universo de personas mayores. Al mismo tiempo, nuestra desdicha está en que nos hacemos “mayores” a partir del momento en que olvidamos que también fuimos niños y somos adultos porque traicionamos el encanto y poder de fabulación que alguna vez tuvimos.

Es posible que siendo niños hayamos descubierto, por ejemplo, que una mancha en el cielo raso de nuestro cuarto se transformaba en el ser enigmático y maravilloso que desde entonces animaría los resplandores de nuestras fabulaciones sin separarse de nosotros; que los juguetes, los objetos también se animaban, adquirían vida propia; descubríamos que tenían un alma y les otorgábamos una vida secreta pero intensamente activa que pocos adultos son capaces de ver, disfrutar o discernir.

Al avanzar en edad, afirma Onimus, el niño pierde lamentablemente su seguridad creadora, se enfrenta a las evidencias objetivas. Abandona la poesía y entra en la prosa y se somete con resignación a los desmentidos que lo real les impone a sus sueños. Pero subsiste en su memoria el recuerdo de aquel tiempo feliz en el que los objetos inanimados tenían alma. Es cuando comienza en verdad el drama de la infancia: el niño debe abandonar su universo para exiliarse en el de las personas mayores.

Termina, pues, resignándose, dice Onimus, pero conservando en el fondo de su corazón, hasta que se desvanece, la nostalgia de un mundo más veraz y fraterno en el que conoció la gracia y la buenaventura.

Cuando nos convertimos en adultos (a veces, ¡oprobiosos adultos!) algunos, más afortunados, logramos percatarnos de que es también lo que ocurre con los poetas cuando advierten que no hay límites entre sus iluminados universos interiores y el otro, el de fuera: agitado, áspero e insostenible y aceptamos que todo forma parte del prodigioso tesoro que, sin que hayamos hecho nada para merecerlo, nos ofrecen la vida y los seres animados e inanimados; los objetos, todo lo que podamos palpar con los ojos y sentir con el roce de nuestra piel, como si estuviésemos en el tiempo de la infancia, como si todo adquiriese proporciones inusuales y resonancias desconocidas.

Sin darnos cuenta, un aliento ha estado germinando y creciendo lentamente en muchos de nosotros; desarrollando en nuestro espíritu el milagro que nos convierte en seres sensibles: la certeza de que todo acto que realizamos, los gestos que brotan día a día son sagrados, porque es deber de nuestra condición humana convertir la cotidianidad de nuestras vidas en algo espléndido y maravilloso que justifique el goce y la plenitud de vivir.

Los ritos más cotidianos se hacen sagrados y doblamos con amor la manta que nos protege del frío; alzamos con suave elegancia la copa que mitigó la sed; acariciamos la silla en la que reposa el cansancio del día. Porque son los objetos mismos los que señalan nuestra obligación de cuidarlos y protegerlos tal como hacen los niños con sus fabulaciones. Y, enaltecidos y sin saberlo, entramos en los misteriosos espacios de la poesía que es como volver a mirarlo todo con los ojos de la infancia.