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Alexis Alzuru

Voluntad Popular

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La constituyente no es la fórmula que se necesita para sustituir al gobierno de Nicolás Maduro, así esa propuesta constituya el centro de la oferta de Leopoldo López. Con el cerco que el oficialismo mantiene sobre el CNE y el Estado en su conjunto, en ningún escenario los beneficios que el pueblo obtendría con las parlamentarias serían inferiores a los de una constituyente. Ahora bien, el daño que la constituyente ocasionaría a esta democracia agónica sería devastador. Incluso, una derrota en las parlamentarias de los candidatos de oposición no sería tan perniciosa como realizar una constituyente en las condiciones que existen. Los directivos de Voluntad Popular tienen en sus manos estas cuentas. Por eso, su promesa de la constituyente pareciera más una carta que utilizan para imponer su agenda al resto de la oposición, que un proyecto razonable para superar la crisis de la nación. De poco ayuda al restablecimiento de la democracia que Voluntad Popular se convierta en otro partido que rinde tributo al personalismo.

Que Leopoldo López esté preso y en condiciones inaceptables no implica que sus planteamientos se encuentren del lado correcto de la historia. La propuesta de “La Salida” fue un error que los venezolanos han pagado caro; pero el precio que cancelarán por la insistencia de Voluntad Popular de mantener la tesis de la constituyente será muy superior al que han desembolsado.

Con la misma unidad con la que se repudia la violación de los derechos de los presos políticos, debería exigírsele a los partidos de oposición que prioricen los problemas de Venezuela por encima de sus intereses. En particular, VP tendría motivos suficientes para dejar de lado la actuación individual. Pues todo indica que la libertad de Leopoldo López dependerá más de un arreglo político entre oposición y gobierno que de la presión que esa organización ejerza de manera aislada. Sin embargo, las acciones de VP sugieren que sus directivos buscan reescribir la tradición que personaliza la política. Una escuela que recomienda sustituir el juego cooperativo por el individual, la controversia argumentada por la obediencia y, además, promueve que las instituciones se conviertan en un instrumento al servicio del jefe.

Tal vez, resulte oportuno recordar que en esa herencia radica la tragedia que hoy viven los venezolanos. Basta señalar que a la sombra de esa visión se ha justificado que con dinero de los contribuyentes se paguen los gastos milmillonarios que realizan Nicolás Maduro y su familia en productos de tocador; que Elías Jaua utilice los aviones de Pdvsa como si fuesen propios o que se haya entregado la soberanía de Venezuela a Cuba.

Personalizar la política ha llevado a confundir los deseos del presidente de turno con los fines de la república. Una práctica que ha dejado establecido que cuando haya disparidad entre unos y otros se debe materializar la voluntad del mandatario. La nación administrada como hacienda de los gobernantes ha sido el legado de ese pasado que ahora VP pretende reeditar.

En la oposición hay quienes siguen calculando los dividendos que obtendrán por sus acciones personales, mientras que Venezuela va desbocada hacia su ruina. Por la actitud de unos pocos, el siglo XXI podría perderse en términos de calidad de vida, desarrollado económico y renovación de la democracia. De hecho, la dispersión de metas desmoraliza al electorado; sus reclamos se han atomizado, mientras el escepticismo hace su trabajo. La confusión ha impedido que los ciudadanos expresen de forma compacta la irritación que los ahoga por el derrumbe de su presente y su futuro.

El aire que se respira en la oposición no favorece el ambiente que se requiere para aumentar el número de diputados que se tienen en la Asamblea Nacional; mucho menos ayuda a levantar las barreras que mantienen inmovilizados al pueblo opositor y al socialista. Ya resulta inadmisible seguir repitiendo que la diversidad de objetivos es una prueba de la democracia que hay en la MUD.