• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Armando Durán

Vivir sin Chávez

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La desaparición física de Hugo Chávez ha abierto una interrogante decisiva. ¿Cuánto tardarán los venezolanos en aceptar vivir sin la presencia directa, constante, incluso abrumadora, del hombre que durante 20 años recorrió la historia reciente de Venezuela y a su paso lo puso todo, o casi todo, al revés? Peor aún, ¿por cuánto tiempo más podrán los aspirantes rojos a sucederle en Miraflores mantener activada la ingeniosa ilusión de que el ahora comandante supremo de la revolución bolivariana sigue vivo y en verdad gobierna a Venezuela desde el Cuartel de la Montaña?

La esencia de estas preguntas tiene, sin duda, un trasfondo metafísico y milagrero, pero responde a una estrategia cuidadosamente elaborada por los asesores extranjeros del régimen para hacerles comprender a Maduro y compañía que bajo ningún concepto puede darse a Chávez por muerto. No sólo porque admitir ese lúgubre desenlace dejaría en el mayor de los desamparos a los millones de ciudadanos que desde hace años lo han convertido en el aire que respiran, sino porque asumir su muerte como un simple y nada extravagante cambio de estado (de físico a gaseoso, pongamos por caso) les permite a sus sucesores, por una parte, eliminar de golpe la sensación de orfandad que produciría admitir lo que significa de veras la muerte del caudillo; por la otra, hacer ver que la notable insuficiencia puesta estas semanas en evidencia por sus sucesores para gobernar a Venezuela y rescatarla del vacío no es el disparate que realmente es, sino que forma parte del manual de instrucciones que Chávez, infalible como siempre, sigue dictándole secretamente a sus lugartenientes. A Chávez, ya lo sabemos, su gente se lo perdona todo.

Un buen ejemplo del funcionamiento de este mecanismo perverso ha sido que la doble devaluación del bolívar estos últimos días, catástrofe para todos disimulada por la solemnidad exagerada de casi dos semanas de honras fúnebres, haya funcionado con la precisión de un perfecto acto de magia. Si los autores evidentes de las devaluaciones fueran, como en realidad son, Maduro y los ministros de la economía, la naturaleza extrema de ambas medidas hubiera provocado la protesta airada de las masas chavistas. Encubiertas ambas devaluaciones por la ficción de un Chávez vivo impartiendo instrucciones a diestra y siniestra desde su sepulcro temporal, el golpe que significa llevar el valor de cambio del bolívar quién sabe hasta qué extremos, pasa por ahora más o menos desapercibido para quienes más sufren sus efectos.

Lo cierto es que las decisiones que Chávez tomó en vida para configurar un imaginario colectivo a su exacta semejanza, y la que sus herederos han adoptado por culpa de los múltiples y graves errores económicos de Chávez y del ciego fanatismo socialista de Jorge Giordani, se sustentan en la atroz tautología de que Chávez y todas sus acciones, sean cuales sean, por el simple hecho de proceder de él, constituyen verdades inevitablemente beneficiosas para el pueblo.

Mientras el régimen pueda vender como verdad esta mentira chavista, muchos creerán que sí, que estas devaluaciones son para salvar el bolívar de la bárbara codicia de la burguesía, enemiga del pueblo y aliada de Washington, y todas las devaluaciones que vengan serán bienvenidas. Pero sólo entretanto. Vale decir, hasta el 14 de abril, cuando después de tres días de apoteósicas celebraciones patrias para conmemorar un año más la derrota del imperialismo en Venezuela, millones de chavistas acudan a las urnas a votar por Maduro, creyendo que lo hacen por Chávez. O hagan todo lo contrario.

Esta confusión entre el rábano (Chávez) y sus hojas (Maduro y compañía) es el indescifrable valor que se oculta en la ecuación. Esos ocho millones y tantos de venezolanos que votaron por Chávez el 7 de octubre, ¿por quién votarán el 14 de abril? Tarde o temprano, chavistas y no chavistas, tendrán que acostumbrarse a vivir sin Chávez. Ese es el punto débil de las reglas diseñadas por Chávez antes de morir y hasta ahí durará la suerte del régimen. Sólo para eso sirve una planificación que lo tuvo todo en cuenta, menos lo único que nadie, ni siquiera Chávez moribundo, podía haber previsto. Tarde o temprano los venezolanos asumirán la muerte de Chávez. ¿Qué ocurrirá mientras llega ese momento? ¿Aceptarán sus partidarios vivir para siempre sin Chávez, o la aceptación de esa ausencia hará inevitable las consecuencias naturales del borrón y cuenta nueva? Más allá de las inadmisibles condiciones electorales, el resultado de los comicios del 14 de abril dependerá de hasta qué punto interpretará el chavismo la experiencia objetiva de vivir sin Chávez.