• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Tulio Hernández

¿Viva la muerte?

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

1. El altercado se convirtió en una leyenda. Y en sello de identidad del franquismo. Me refiero al paradigmático enfrentamiento entre un académico desarmado y un militar pistola en mano, ocurrido en la ciudad de Salamanca en octubre de 1936. De un lado, el filósofo, y por entonces rector de la universidad, don Miguel de Unamuno, un hombre venerable ya en los 72 años. Del otro, Millán-Astray, un general franquista de 44.

Todos los relatos indican que mientras el rector Unamuno, en la sala de sesiones de la universidad, hace una crítica a los hechos criminales de la Guerra Civil recién ocurridos en el País Vasco y Cataluña es interrumpido por el general Millán-Astray, presente en el recinto, quien fuera de sí grita: “Muera la intelectualidad traidora”, dicen unos. “Muera la inteligencia”, afirman otros. En lo que todos están de acuerdo es que el militar concluye con arrogancia extrema arengando: “¡Viva la muerte!”. Frase que, no hay que olvidarlo, era una consigna franquista de la época.

Millán-Astray era efectivamente un bárbaro que minutos antes había aplaudido a rabiar el discurso en el que un orador franquista había afirmado que Cataluña y el País Vasco eran “dos cánceres en el cuerpo de la nación que el fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí”.

Hay que imaginar cuán irritado debió haber estado Unamuno, quien, a sabiendas de los tiempos oscuros que se avecinaban, respondió con una frase que marcó por años la apreciación que el mundo democrático tuvo sobre el franquismo: “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis”. Y así ha sido. No importa cuánto esfuerzo hagan sus herederos políticos, la imagen del franquismo quedó asociada a una España atrasada y gris gobernada por las armas de una casta de militares segundones de los grandes totalitarismos de las primeras décadas del siglo XX.

2. En las últimas semanas la imagen de aquellos hechos me asalta con frecuencia. Aunque no tengamos en estos tiempos a Unamuno, ni un general bolivariano haya hecho lo mismo que Millán-Astray en Salamanca, la vejación que vive la universidad venezolana de parte del proyecto militarista rojo reproduce día a día lo esencial de aquel incidente: la confrontación entre la barbarie totalitaria apoyada en la violencia de las armas y la civilidad humanista universitaria sustentada en el pensamiento libre.

En Venezuela, las universidades y especialmente los estudiantes se han convertido en el símbolo mayor de la resistencia civil al secuestro de las libertades democráticas y el empobrecimiento –que es a la vez económico, institucional y moral– traído consigo por el proyecto chavo-fidelista. Y como los seguidores del “comandante celestial” nunca han logrado ganar unas elecciones en las universidades autónomas, ni un rectorado ni una federación de estudiantes, y las privadas tienen sus propias reglas de juego que el gobierno no ha podido alterar, la única alternativa que han tenido los rojos es el acoso violento de los grupos paramilitares conocidos cínicamente como “colectivos de paz” que con los rostros cubiertos con pasamontañas y con el apoyo de la Policía Nacional y de la Guardia Nacional Bolivariana entran en los campus, golpean y desnudan a los estudiantes, saquean y destruyen laboratorios, muebles e instalaciones, y en la semana que hoy concluye han obtenido como trofeo mayor el robo, primero, de los equipos de computación y el incendio, luego, de la sede de la Universidad Fermín Toro en Barquisimeto.

En todas las edificaciones universitarias resuena como un eco agorero la voz de un fantasma vestido de rojo que grita en los pasillos: “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!”, “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!”. Pero los universitarios sabemos bien que no convencerán y, por los vientos que corren, tampoco vencerán.

“Ni venceréis, ni convenceréis”, parece ser la conclusión de una parte del país que no quiere ir a la guerra pero tampoco va a quedarse de manos atadas. Es la parte que prefiere darle vivas a la vida.