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Mauricio Palacios

Visiones de la historia, ciclos y evolución natural

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Resultado de ideologías, formas de pensamiento y formas de arbitrariedades del poder, unos han querido someter la historia, o la percepción de la misma, a designios personales o del pensamiento en que se encuentran. Desde cuadros teóricos hasta formas religiosas arcaicas para justificar al individuo, grupo humano o forma de pensamiento ante el mundo.

Las teorías de Francis Fukuyama, que predecían el fin de la historia ante la caída de la Unión Soviética, la teogonía hebrea y la abolición del tiempo histórico, el aire de “presagio” que encontraban los comunistas en el siglo XX en los novelistas rusos del siglo XIX, e incluso las ideas del positivismo y la fe en el progreso indefinido y el crecimiento sostenible (la humanidad llegará a un estado de desarrollo y «paz perpetua» imperturbable, por medio de la ciencia, en el mejor estilo Fabiano-utópico de H. G. Wells.)

Griegos, romanos, nórdicos, védicos y antiguos drávidas creían que el tiempo era cíclico*. El tiempo tenía un tiempo de juventud dorada, y evolucionaba hacia edades decadentes, de hierro. Luego el tiempo volvía a regenerarse y la historia comenzaba otra vez. Así Ovidio habla de cuatro edades: la edad de Oro, la edad de Plata, la edad de Bronce, y la edad de Hierro.

Las edades, contrario a lo que se pudiera pensar, no consisten solamente en atributos míticos, sino también en avances de la civilización, tales como la introducción de la navegación, la introducción de la agricultura, la introducción de las armas de bronce. Así en el libro de Alan Danielou, Mientras los dioses juegan, donde se expone la doctrina de los ciclos shivaísta (siendo el shivaísmo identificado con la civilización de los reinos de Mohenjo-Daro y Harappa de los antiguos drávidas), las distintas edades corresponden a ciclos cosmológicos, que particularmente en los desarrollos humanos corresponden a la invención de nuevas tecnologías y aparición consecuente de nuevos vicios y males para la humanidad.

Así está el Krita Yuga, el Tetra Yuga, el Dvapara Yuga y el Kali Yuga. El Krita Yuga consiste en una edad dorada, época en que no existen los males y los hombres viven miles de años dedicados a la meditación y la virtud. El Tetra Yuga, o la edad ritual, consiste en el establecimiento de las formas sociales asociadas a la civilización urbana o agrícola, y yo diría especulativamente que coincide con el neolítico. El Dvapara Yuga es la edad de la duda, signo del comienzo de los malestares y problemas derivados de filosofías nocivas y daños producidos por el cambio de costumbres. El Kali Yuga comienza inmediatamente después de la guerra relatada en el Mahabharata, la épica hindú, asociada a la invasión aria del Valle del Indo, y que coincidía con invasiones similares a lo largo del continente euroasiático: las invasiones de los pueblos del mar que acabaron con la civilización micénica y pusieron en jaque la civilización egipcia, la irrupción en Europa de los helenos, aqueos y latinos. El Kali Yuga, o edad de los conflictos, está signada por la desintegración de la humanidad, conflictos, guerras, dolor, hambre, sobrepoblación y falta de espiritualidad. Concretamente en la cronología shivaísta, el comienzo del Kali Yuga (los yugas tienen alba, medio y crepúsculo), coincide con la guerra del Mahabharata y las invasiones anteriormente mencionadas, y el crepúsculo, según el mismo Alán Danielou, coincide con el descubrimiento de la fisión nuclear en 1937.

En la escatología nórdica, los dioses saben exactamente cómo será el fin del mundo, y el orden en que morirán los dioses y será destruido el universo, cuando el gigante Surtur se dirija hacia el norte, hacia Muspelheim, para acabar con los dioses del panteón nórdico.

En cuanto a la teogonía hebrea, la historia tiene un sentido lineal, que será redimido por la venida final del Mesías. Esta cosmovisión pasa al cristianismo, y del cristianismo, a la visión histórica de la cultura occidental desde entonces. Según Mircea Eliade, en su libro El mito del eterno retorno, aun en tiempos después del desarrollo del cristianismo y esta forma de cosmovisión, los pueblos, anteriormente acostumbrados a doctrinas cíclicas del tiempo, se resistían a ella. Así en sus próceres encontraban arquetipos, que volvían a repetirse en la aparición de nuevos próceres o figuras importantes, despojando de carácter individual las gestas de los personajes ilustres de sus países, dotándolas solamente con los atributos arquetípicos.

En la colonización ibérica de América, los indígenas también mantenían vivas sus cosmovisiones bajo el simbolismo cristiano. La aparición de la Virgen de Guadalupe, en México, en donde una dama misteriosa entrega flores a un indio, es una cristianización de la antigua adoración por parte de los pueblos mesoamericanos y de la península del Yucatán por la Madre de los Dioses. Otro tanto también pasa en Venezuela con María Lionza. Respecto a este tipo de mestizajes, sincretismos e hibridaciones, Néstor García Canclini, en su libro Culturas híbridas, repasa y analiza este tipo de manifestaciones, sobre todo en la cultura popular.

Como inciso, quisiera referir un fenómeno derivado de la pretensión de justificar la historia o querer plantearse frente a ella, y es el revisionismo o el cuestionamiento de los hechos y cronologías. Así como es conocido que historiadores europeos (o más bien, panfletistas), quieran restar muertos al Holocausto (como si el hecho de que sean menos muertos pudiera justificar semejantes atrocidades), o negar cualquier atrocidad por parte de los regímenes comunistas (como el historiador, fallecido en 2012, Eric Hobswbam). Sin embargo, de este tipo de revisiones y revisionismos, los más descabellados y lisérgicos son la cronología Fomenko (donde se dice que el tiempo transcurrido entre la Edad Media y la Edad Moderna fue mucho menor, y por ende estamos aproximadamente en el siglo XVIII), y los libros de Ages in Chaos, y Worlds in Colision, de Immanuel Velilovsky. El primer libro refiere una revisión histórica del tiempo correspondiente al Imperio Antiguo Egipcio, en relación con la escritura bíblica. El segundo, a una presunta colisión entre la Tierra y un asteroide de gran tamaño en tiempos inmemoriales, que produjo un primer diluvio universal y generó, producto de los desechos del impacto, a la Luna.

Otra forma heredera de la cosmogonía cristiana y hebrea, con el tiempo lineal y finalmente redimido, son las tendencias utópicas (y totalitaristas), sobre todo el comunismo. Un ejemplo literario de esto es la novela La consagración de la primavera de Alejo Carpentier, que si bien considero una gran novela, contiene precisamente esta forma redentora de pensar la historia, como si esta estuviera dirigida por fuerzas subterráneas que la harían desembocar en una utopía universal, y en la novela esto se insinúa en los personajes, y como su mente también se va transformando a través del paso de la historia y de la historia contada en el libro, y así se pasa del estado prerrevolucionario al revolucionario. La historia, con sus giros y contradicciones, no escapa de la tentación de algunos de querer someterla a lineamientos de la lógica, o a la propia voluntad, la propia iniciativa.

Pueril e idealista, si uno puede observar (como ya se ha observado, sobre todo en la obra capital de Oswald Spengler, La decadencia de Occidente), en las civilizaciones y tiempos históricos ciclos similares al de los organismos vivos. La historia es cíclica, aunque hoy en día se viva en pequeños ciclos de quincena y fin de mes, sin conciencia del tiempo por el embrutecimiento general.

Oswald Spengler analiza en esta obra distintas facetas de los ciclos históricos, y así compara, por ejemplo, la civilización antigua, llamándola «apolínea», y la moderna occidental, en sus tiempos, «fáustica». La civilización «apolínea», sin entrar en detalle, corresponde a una visión estática de la vida, euclideana, intemporal, ritual y conservadora. La civilización «fáustica» corresponde a una visión dinámica de la vida, no-euclideana, histórica, y ascendente. Las estatuas de mármol corresponden a una de las artes principales de la civilización «apolínea», en tanto que formas musicales como las fugas o sonatas del barroco corresponderían a la civilización «fáustica» como ejemplos representativos.

Lo que quiero hacer notar es que la historia, vista desde la visión de Spengler, coincide plenamente con ideas venidas de la biología, concretamente, las ideas sobre la evolución expuestas por el biólogo francés Jacques Monod, en Azar y necesidad. Los organismos evolucionan por azar, y las mutaciones obtenidas, si se mantienen, se deben a la necesidad. En el libro Infinito en todas direcciones, de Freeman Dyson, las ideas de Jacques Monod se exponen bellamente y de manera no especializada (la primera parte de las conferencias de este libro se refieren a la vida y su evolución). Una civilización, entendiendo uno civilización como una etapa del desarrollo humano, en un plano multifacético (cultural, social, económico, étnico, bélico, tecnológico) no tendría por qué estar exenta de estas formas de desarrollo, auge y decadencia.

Ha sido tratado con antelación, con énfasis en periodos históricos o centrados en un mismo país o imperio. Así, Gibbons, en The Decline and Fall of the Roman Empire, traza orígenes y causas de la decadencia del Imperio Romano, centrado en la irrupción del cristianismo en la espiritualidad del Imperio. La filosofía de la historia de Hegel, y su respectivo estudio sobre varias civilizaciones, la fistoria, no es, por más que quieran, teleológica (dirigida a conciencia, o con una directriz para ello), dirigida por una ideología, libertadores o semidioses, sino, una teleonomía, palabra acuñada por Jacques Monod en Azar y necesidad. Cíclica, inapresable como el aire y los átomos, con sus ciclos de desarrollo y decadencia, hija del azar, y quizá, ni siquiera de la necesidad.

 

*La física teórica actual también así lo cree, véase el libro de Roger Penrose, Cycles of Time.