El Nacional

• Caracas (Venezuela)

Opinión

Ramón Piñango

Virtud indispensable

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Muchos venezolanos sentimos que en las elecciones del 7 de octubre se decidirá lo que el país ha de ser en un plazo muy largo, digamos, los próximos cien años.

Conducir al país en ese plazo exigirá de quienes lo lideren -desde el gobierno o desde el vasto mundo de organizaciones privadas- cumplir con condiciones tanto políticas como éticas y técnicas.

El reto será dirigir una sociedad de una vasta complejidad por sus niveles de pobreza, la desigualdad, la conflictividad, la creciente violencia, la acumulación de frustraciones, el deterioro de la educación, el maltrecho aparato productivo, la fragilidad de sus instituciones políticas y la anarquía en la conducta cotidiana, entre otros rasgos preocupantes. ¿Qué virtudes deberá tener el liderazgo que nos ha de llevar desde estos días electorales hacia tiempos mejores? Esta pregunta recibirá varias respuestas dependiendo de quién la responda.

Cada cual resaltará el rasgo que le parezca clave dependiendo de la percepción que tiene del país, de su historia, de la experiencia en la calle, de los retos que le preocupan.

Sin embargo, sea cual fuere la apreciación, lo que se conoce sobre el ejercicio del liderazgo señala que para liderar un grupo social hay que cumplir con una condición necesaria: tener confianza en la gente que se aspira liderar y respetarla. Sin esa confianza y ese respeto, el liderazgo efectivo no es posible.

Al menos no lo es si entendemos como liderazgo poner a valer al colectivo que se lidera, hacer que dé lo mejor de sí. Manipular a ese colectivo, mentirle, engañarlo con promesas que no se pueden cumplir es relativamente fácil, pero termina minando las fortalezas de la gente, la frustra, le quita la esperanza y la torna cínica e incapaz de depender del propio esfuerzo.

Es decir, la debilita. Confiar en la gente y respetarla requiere humildad y amplitud perceptiva para apreciar tanto virtudes como defectos, no sólo estos últimos, como con frecuencia se hace.

En el caso de este país, eso significa estar convencidos de que el venezolano sirve, con seguridad, para algo, y para mucho si entendemos su idiosincrasia. Esa confianza y ese respeto de parte del liderazgo será posible si nos liberamos de prejuicios y estereotipos cultivados por un determinismo cultural y un pobre historicismo que nos juzga, sin derecho a la defensa, como un pueblo sinvergüenza, cuyos anhelos de tener televisión por cable, celular o Internet son interpretados como irresponsabilidad, más no como búsqueda de una vida mejor, inclusión y acceso a la información.

Confianza y respeto en la gente exigen reconocer lo obvio: que la mayoría de la población -posiblemente más de 70 %- pertenece a los sectores populares, y que nosotros, quienes conformamos los estratos medios hacia arriba, somos minoría, y como tal nos corresponde el esfuerzo de entender a las mayorías, no al revés.

Esa mayoría popular tiene valores como la "conviavilidad" que el Centro de Investigaciones Populares, dirigido por Alejandro Moreno, ha analizado con profundidad.

Tiene necesidades, angustias y razones para haber creído en Hugo Chávez y para dejar de creer en él, como lo ha demostrado Jesús Torrealba en el Radar de los Barrios.

Y el venezolano en general tiene fortalezas como la valoración de la gratitud, la generosidad y la justicia, como lo ha identificado en sus investigaciones la Sociedad Venezolana de Psicología Positiva. El viernes pasado, Laureano Márquez, con notable agudeza acotó: "Ser venezolano es ser contradictorio.

Es tener un país en los sueños y otro en la práctica cotidiana, también tener la certeza de que todo va a estar bien". En la confianza y el respeto de esos sueños tiene que apoyarse el liderazgo para resolver tal contradicción. Ese es el reto.

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