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Francisco Suniaga

La Virgen del Valle

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Para el margariteño, la Virgen del Valle es la virgen de sus padres, abuelos y de toda la gente que rodeó su infancia. Su imagen lo ha acompañado desde el primer día en que tuvo conciencia y, por haberla invocado a lo largo de toda la vida, es también la virgen de sus hijos, aunque no hayan nacido en Margarita. En lo personal, su presencia ha sido importante no sólo en mi intimidad afectiva y emocional sino también en mi esfera cognitiva; la religiosidad me resultaría un fenómeno humano extraño y desconocido de no ser por ella. Es gracias a ella que he encontrado sentido a la fe católica y, como ocurre también en el caso de la percepción del paso del tiempo, es en la fe de los otros donde mejor he percibido la propia; resulta conmovedor compartir con tanta gente la devoción por su imagen.

Este 8 de septiembre, como tantos otros, he tenido el privilegio de acompañar a miles de personas, margariteños, “navegaos” y visitantes, a la celebración de la Virgen (ahora prefiero la misa de las 5:00 de la mañana y quedarme a desayunar en las ventas de comida, cosas de la tercera edad). Pero este solía ser el gran día de nuestra infancia, por allá en los comienzos de los sesenta, la gran fiesta antes de que comenzaran las clases, que en ese tiempo, más pobre pero mucho más ordenado, comenzaban alrededor del 15 de este mes. Era la única ocasión en todo el año en la que podíamos los muchachos montarnos en un carrusel, carros chocones, aviones, sillas voladoras, ir a una función de circo y ver al “Gran Almeidini” –un colombiano costeño, encarnación de Blacamán el Bueno, que se disfrazaba de mago árabe y nos hacía creer que la magia existía–, comer perros calientes, ver a los saltimbanquis y vendedores de baratijas venidos de costa firme, tomarse fotos vestidos de charros o tener la suerte de que un periquito, por tan sólo medio real, le escogiera el papelito donde estaba escrito un brillante futuro.

Mucho han cambiado las cosas desde entonces, la fiesta del Valle, como le decíamos con mayor significación, ha perdido ese aire de feria caribeña que recreó García Márquez, en la que se tocaba y bailaba desde vallenato hasta steel band y en la que los niños, adultos y ancianos tenían su espacio. Las atracciones infantiles desaparecieron o se han reducido a un nivel mínimo y la inseguridad se encargó de limitar y enrarecer la atmósfera otrora tranquila de los bailes, que eran la gran diversión para los adultos y una escuela invalorable para los adolescentes.

Otro fenómeno ha ido tornándose cada vez más masivo: las celebraciones de la Virgen en las localidades costeras. La gente de mar celebra en la isla y toda la costa oriental el día de la Virgen Marinera con alegres procesiones de peñeros, tres puños y lanchas. Los marineros adornan su imagen y decenas de embarcaciones, atiborradas de gente, pasean a la Virgen en medio de la algarabía, cohetones, cervezas y palos de ron. Regatas que, basta verlas, ponen a prueba el poder milagroso de la Virgen porque no recuerdo que en ellas, a pesar del imprudente y etílico fervor de algunos devotos, se hayan reportado accidentes mortales.

Producto de su proyección nacional, el culto a la Virgen del Valle, patrimonio religioso y cultural margariteño, es uno de esos puntos donde la modernidad y la tradición chocan en la isla. Los paisanos, afectados por décadas por la primera, hasta sentir que algunas de sus identidades han sido destruidas, se aferran a la Virgen con uñas y dientes para tratar de seguir gobernando de manera exclusiva la forma en que se le rinde culto.

A tales fines, Pablo Ramírez, ex decano de la UDO en Margarita, y Verny Salazar, cronista de San Juan, en aras de mantener el culto a la Virgen dentro de ciertos cauces y con el apoyo del movimiento de cronistas y la academia insular, están organizando un evento para debatir ciertas cuestiones históricas y difundir algunas informaciones que confunden a la feligresía. Por ejemplo, decir que se celebran 102 años de la Virgen, cuando el culto de los margariteños por ella se remonta al siglo XVI. El cumpleaños aludido se refiere a su coronación canónica por parte de Roma como patrona de la Iglesia Católica. El reconocimiento del Vaticano vino precisamente por la fortaleza de la devoción de siglos del pueblo insular.

Otra gestión para encauzar el culto a la Virgen del Valle que pretenden librar estos cruzados de la margariteñidad es evitar que su proyección nacional venga aparejada con el cognomento de “vallita”, que ha ganado terreno en estos últimos años al amparo de los medios de comunicación. A la mayoría de los ñeros no les gusta el “vallita”, lo sienten foráneo, ajeno y no quieren que a su Virgen se le llame así.