• Caracas (Venezuela)

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Elsa Cardozo

Violencias

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Las memorias sobre la Primera Guerra Mundial, que se remueven a un siglo de su inicio, se van quedando pálidas frente a la naturaleza y expansión de las violencias que sacuden al mundo en nuestros días.  

El movimiento radical que se proclama Estado Islámico, con su huella de terror y muerte, resume en buena medida los aspectos más perversos de la violencia en el mundo actual: se mueve entre las oscuridades de la premodernidad y la posmodernidad, entre la manipulación de las creencias religiosas, su imposición a sangre y fuego, y la construcción de una red transnacional para financiarse, reclutar milicianos y sembrar el terror más allá del Medio Oriente. Se trata de una violencia cultivada en un mapa regional y mundial donde los intereses y torpezas de inspiración geopolítica complican su contención y efectiva derrota.

Dando un largo salto a México, en otra escala de la barbarie pero no por ello menos barbarie, leemos las noticias de Iguala sobre el ataque de policías y sicarios que dejó 6 muertos y 43 estudiantes entregados al crimen organizado, quizá ya asesinados. El hallazgo de fosas clandestinas, cerca de 20 en los últimos días, una de ellas con 28 cadáveres calcinados, ofrece nueva evidencia de la depredación que acompaña el despliegue de las redes criminales, montadas sobre la complicidad entre los violentos herederos de los grandes carteles de la droga, las fuerzas del orden público y las autoridades locales.  Han encontrado la fórmula para hacerse de recursos provenientes de toda suerte de ilícitos y procurarse impunidad.

En cuanto a Colombia, aunque la noticia más visible es la de los avances en los diálogos de paz y la difusión de lo hasta ahora acordado, hay un tema de fondo: que no ha cesado la violencia de guerrilleros y bandas criminales, dos conjuntos cada vez menos distinguibles. Con la continuidad de las acciones para la obtención de recursos a través de narcotráfico, secuestros, extorsión y contrabando, se despliega una turbia relación que ni siquiera un exitoso proceso de paz dejará disuelta en lo inmediato.

La violencia colombiana se ha estado moviendo en nuestra frontera y territorio adentro, primero y principalmente por la presencia de la guerrilla y la simpatía hacia ellas, tantas veces expresada y demostrada por el gobierno desde 1999. Al legitimar esa violencia se alentó un patrón de perversidad propio del crimen transnacional organizado: violento, corruptor y depredador de la institucionalidad.

Las acusaciones recientes echadas al viento contra paramilitares colombianos no hacen más que desviar la atención sobre la naturaleza y gravedad el problema de la violencia en Venezuela: la propia y la guerrillera y paramilitar que se dejó colar; la que se ha alentado desde el poder con argumentos ideológicos y de defensa de la revolución “pacífica pero armada”; la que se entreteje con el sistema de administración de justicia, lo pervierte y provee impunidad; la que se despliega en formas delincuenciales en extremo agresivas, hasta no hace mucho desconocidas en nuestro país.

De modo que no es difícil apreciar cómo, mientras en Colombia se ha ido recuperando la vigencia del Estado de Derecho y el monopolio del uso legítimo de la fuerza para el Estado, en Venezuela eso se ha estado perdiendo aceleradamente. Nos hemos convertido en caldo de cultivo para viejas y nuevas formas de violencia.