• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Marcelino Bisbal

Violencias, medios e intenciones

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En su mensaje anual a la nación, el presidente Nicolás Maduro decía de manera tajante: “Si queremos paz en nuestra patria, desechemos todos los antivalores, transformemos los medios de comunicación social, construyamos una nueva cultura…”. Más adelante clamaba: “Hay que revisar todo el modelo comunicacional cultural… Yo creo que hay que hacer un debate sincero, franco, abierto sobre el modelo comunicacional cultural antinatura, antihumano que tienen los medios de comunicación en nuestro país y cómo se la pasan transmitiendo antivalores de la muerte, culto a la droga, el culto a las armas, el culto a la violencia, el culto a la traición, el culto a todo lo malo que pueda tener el ser humano”. Remataba finalmente: “…El reto tremendo de asumir el cuestionamiento del modelo hegemónico cultural comunicacional, que es la base espiritual antihumana de la violencia criminal”.

Los medios convertidos en chivo expiatorio a los que se les cargan las cuentas por la violencia presente en el país. En Venezuela hemos tenido miles de asesinatos silenciados por los medios públicos venezolanos, silenciados por el discurso del poder. Pero, desde el trágico asesinato de Mónica y su esposo, la retórica oficial no ha salido, no ha querido intencionadamente salir de una visión que culpabiliza exclusivamente a los medios de comunicación. Los media en general, y particularmente la televisión, según el gobierno y su presidente, resumen todas las propiedades sobre el tema de la violencia. Les preocupa más la violencia mediática que los múltiples rostros de la violencia presente en la cotidianidad, en el día a día de la Venezuela de hoy.

Es obligación decirle al gobierno y sus dirigentes –desde el presidente de la República, la ministra del Minci, el director de Conatel y a algunos escribidores oficiales– que a la hora de discurrir sobre la relación violencia y medios hay que tomar en consideración tres aspectos bien puntuales: uno, que el placer y el entretenimiento son tan válidos como la necesidad de que el mensaje forme y eduque. Dos, tener claro que la violencia de los barrios, de la calle, de la ciudad, de la gente y de la propia vida existe desde antes que la del medio. Y tres, que el usuario del medio (las audiencias, los lectores, los radioescuchas…) está determinado por su contexto personal y social; ese contexto es el que matiza la recepción-interpretación del mensaje.

La manera como se conduce al país; el sentido que se le ha otorgado a los medios públicos que han sido fagocitados por el partido de gobierno; el secuestro gubernamental de instituciones públicas; la corrupción desmedida, señalada y hasta aplaudida en figuras por todos conocidas; el resentimiento social  promovido como valor; la idea de construir un “imaginativo” proyecto político no previsto en la Constitución; la promoción del tramposo dilema entre oficialistas/chavistas/patriotas y opositores/oligarcas/apátridas; el desprecio por el saber y, en definitiva, por la inteligencia… son violencias que están aquí arraigándose poco a poco, quizás convirtiéndose en cultura. La teoría plantea que los medios de comunicación reproducen las violencias en la cual están situados.

En otras palabras, los públicos no incorporan mecánicamente a su vida lo que oyen, ven y leen. Los medios establecen la agenda de nuestro pensamiento en cuanto imponen temas públicos, pero no nos pueden imponer cómo pensar esos temas públicos. Lo que sí es cierto es que algunos de ellos dejan en evidencia la simulación, el disfraz democrático del proceso político que estamos viviendo. Me gusta cómo lo expresa Eduardo Sánchez Rugeles en la segunda edición de su novela Blue label/ Etiqueta azul: “Día tras día, la realidad nos humilla con las permanentes improvisaciones de una Revolución devenida en esperpento. Solo nos queda el recurso (más que el Derecho) de la indignación y la denuncia. Resulta sumamente difícil construir una ética o una pedagogía en una sociedad posdemocrática y militarizada cuyos principales postulados son la deformación de los relatos históricos, la censura, la represión y el elogio de la ignorancia”.

Creo que la violencia y el proceso de destrucción nacional emprendido por esta gestión es la huella del des-orden. El des-orden se lo quieren achacar a la televisión y al resto de los medios. Ya lo dijo el presidente fallecido: “Los medios son enemigos de la revolución”. ¿Queda claro?