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Pedro Conde Regardiz

Violencia y moral laica (I)

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¿Se pregunta algunas veces por qué la moral? ¿No ha notado, entre familiares y amistades, que las más correctas y buenas sufren todo tipo de dificultades, sus vidas transcurren en frustración y desaliento, y a menudo las egoístas y tramposas son “prósperas” y “felices”? Entonces, ¿por qué no llevar una vida de playboy en la cual el placer es el máximo bien, una vida de placentera indulgencia en alimentos, bebidas, sexo, drogas, de todo hedonismo que se pueda producir, soportar? Pero, como una vida de placeres no puede defenderse como el mejor bien, conviene ahora preguntarse cuál sería este, por el cual valdría la pena vivir, luchar. ¿Qué conductas en nuestro tiempo pueden calificarse de correctas o erradas, anormales? ¿Cuáles serían las normas, máximas, para juzgar lo que es correcto o incorrecto? Por otra parte, alguien se preguntaría: ¿quién lo determinaría? ¿Existe una moral colectiva? ¿O es algo relativamente individual?

Lo que se quiere comunicar es que, según la opinión generalizada, no hay suficientes argumentos sólidos para nuestros juicios morales. Por tanto, nadie puede decir que tal o cual acción, conducta, es incorrecta. Todo lo cual significa que lo propio o impropio en las conductas humanas, lo que constituye una buena vida personal, o, mejor, una buena sociedad, es meramente relativo a la persona individual o a un grupo social particular, expresando así nada más y nada menos que hábitos y prejuicios que benefician intereses y necesidades individuales o colectivas de un sector, conjunto social. Podríamos preguntarnos: ¿existe un bien supremo para los seres humanos, un bien absoluto? ¿Cuál es el significado de lo bueno y lo malo en la acción humana? ¿Cuáles son nuestras obligaciones? ¿Y por qué debemos comportarnos moralmente? ¿Es moral, aceptable, ser vivo tonto, corrupto? La viveza tonta, la corrupción, son fuentes subyacentes, en parte, de la violencia manifiesta, insoportable en las conductas que emergen del tejido social venezolano.

Si se realizara una encuesta entre los venezolanos acerca de la enseñanza de Moral desde la maternal hasta el bachillerato, casi seguro que todos responderían afirmativamente, dado el deterioro en las relaciones sociales y los comportamientos violentos de unos contra otros, de los innumerables delitos en que incurren diariamente muchísimos de nuestros compatriotas. Todos estarían contestes en que unos minutos todos los días de insistencia en los principios morales haría mucho bien en mejorar, mediante prudencia y moderación, la interacción humana en la sociedad. Se trata de complementar la instrucción cívica y la dirección de los padres, cuando existe. Claro, hay el peligro de una definición oficial del bien y del mal como moral laica. Surgiría “la manzana de la discordia” entre los sectores sociales y políticos. Para definir la moral laica, determinar su contenido, objetivos, es preciso un consenso en la sociedad venezolana que desemboque, si posible, en un proyecto de ley que, además, provea los medios y esté decantado de ribetes demagógicos.

Impartir lecciones de moral podría contribuir al remedio social que expulsaría la violencia de las relaciones humanas. ¿Cómo se definiría la moral laica? Evidentemente, por su neutralidad al no oponerse a ninguna doctrina o creencia religiosa ni transmitir una concepción sesgada del bien, y para formar al ciudadano según las reglas de la vida civilizada política y social, las cuales deben reposar en varios principios, entre otros: libertad, solidaridad y no egoísmo, igualdad, justicia, que se podrían rebautizar como “valores”, “virtudes”. Ciertamente, la moral es más que eso: ella tiene por vocación promover la convivencia, que implica enseñar lo que es el respeto, la indiscriminación, empatía, reciprocidad, el respeto a sí mismo, la vida buena, esto es, de la autonomía. Se puede enfatizar la cooperación en lugar de competición, el interés general en vez del particular.