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Marcos Tarre

Violencia engendra violencia…

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Un viejo y sabio adagio popular dice que la “violencia engendra violencia”.  Muchas veces esta frase se aplica en el ámbito personal o en el familiar, refiriéndose al famoso “ojo por ojo y diente por diente” o al círculo vicioso de la venganza; pero en el caso de Venezuela el refrán puede perfectamente aplicarse a escala social o del país.

Durante el régimen del fallecido presidente Chávez se toleró o fomentó la impunidad como política de Estado; se desestructuraron los cuerpos de seguridad; en materia policial, se reconoció la lealtad por encima de la experiencia o eficiencia; la justicia se subordinó al Ejecutivo y se hizo selectiva y discrecional; se desmantelaron los controles institucionales de la Asamblea, la Fiscalía o la Defensoría del Pueblo, y se creó una impunidad de más de 90 % en los delitos más graves; el Estado dejó de cumplir su responsabilidad primaria en materia de seguridad, argumentando excusas de todo tipo, y desde el más alto nivel se instigaba al odio y a la guerra. Este explosivo cóctel fue empeorando año tras año, generando las diarias tragedias de asesinados, lesionados, secuestrados o robados que todos conocemos.

En poco más de un año, durante el mandato de Nicolás Maduro, la situación de seguridad ciudadana ha empeorado porque, además de los factores ya existentes, se han introducido nuevos elementos agravantes. A principios de 2014, el absurdo y dantesco asesinato de Mónica Spear y de su ex esposo reflejó, si se quiere, todo un clima de impunidad, pérdida de valores y deterioro social que el nuevo presidente heredó. Esa tragedia, que conmocionó al país, generó una apertura al diálogo en materia de seguridad; pronto desmentida por el Ejecutivo al señalar que no piensan corregir rumbos ni rectificar en nada, y agravado por la brutal represión contra las manifestaciones de calle, en las que la actuación policial y de la GNB han violado sistemáticamente los derechos humanos, con la anuencia de sus jefes.  

“Violencia engendra más violencia”, dice el refrán… Es lo que vemos a diario en estos 100 días de represión de los jóvenes. Además de la rabia, frustración, impotencia y quizás deseo de venganza entre las personas víctimas de golpizas, torturas, detenciones arbitrarias, la demostración pública de la violencia desmedida del Ejecutivo nacional crea modelos, mapas, rutas a seguir, más distorsiones, con efectos directos o indirectos sobre más violencia. Lejos de procurar un clima de distensión que fomente la cordura y sensatez, el alto gobierno continúa alimentando la violencia, como una bola de nieve que sigue rodando, ¡indetenible!…

Otro crimen representativo, como el terrible asesinato de Eliécer Otaiza, cometido por una banda de hampones comunes adolescentes, paupérrimos y descarriados, es presentado por el presidente Maduro como una conspiración internacional orquestada desde Miami, sin ofrecer ninguna prueba o evidencia, e incluso contradiciendo la investigación del propio Cicpc, alimentando así más la desconfianza y opacidad en materia de seguridad ciudadana y justicia.

Un nuevo crimen atroz, dentro de esta indetenible vorágine de violencia, fue el ourrido el pasado 19 de mayo cometido por un niño de 13 años, que, luego de una discusión, le “pidió prestada” una pistola a un compañero de clase y asesinó de cinco tiros al muchacho de 15 años con el que había tenido el incidente, en la puerta del liceo Iberoamericano en el kilómetro 14 de la carretera a El Junquito, llama a una profunda, seria reflexión y más que necesaria rectificación. Debería ser la hora de hacer un alto, de preguntarnos ¿qué hemos hecho? o ¿qué no se ha hecho para detener la violencia que ha permeado en el ámbito escolar? ¿Cómo un niño que nació, se formó y lo único que ha conocido ha sido el modelo “revolucionario bolivariano” haya sido capaz de semejante crimen? Algunos podrán argumentar: “Eso puede pasar en cualquier parte…”.  Es cierto, pero no con la frecuencia, cantidad y dimensión epidemiológica que ocurre en Venezuela, convertido según el último informe de la ONU, en el segundo país más violento del mundo, después de Honduras.

Brutal represión de las manifestaciones, distorsión descarada de la investigación policial y violencia latente en el ámbito educativo. Tres nuevos factores añadidos o tolerados por el presidente Nicolás Maduro que agravan aún más la crisis de violencia y criminalidad que padecemos.

marcostarre@gmail.com

@marcostarre