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Alexis Correia

La Vinotinto en el condado

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Con una simpleza casi escolar, Santa diabla toca temas como la trata de blancas, el racismo, la corrupción policial o el sicariato, lo que la convierte en una telenovela en peligro en el clima de macartismo a la inversa (¿madurismo?) que relampaguea para los medios de comunicación privados en 2014.

La oferta dramática de Televen en la franja de las 10:00 pm, de factura hispanoestadounidense, tiene al menos a seis emigrantes venezolanos, lo que la convierte en una ventana para saber cómo les va a nuestros muchachos y en un espejo de en lo que ha derivado la industria dramática nacional. A la que veo mejor adaptada al nuevo ecosistema es la excompañerita de Jalymar en El club de los tigritos, Wanda D’Isidoro, como Bárbara, una de los tres Cano, hermanos de la clase explotadora de los que al menos uno, que aún no se supo, es ilegítimo (típico).

La primera vez que escuché de niño la palabra “condado” fue en la serie Los duques del peligro. Como todo individuo neocolonizado, imagino más “cool” transgredir la ley en los confines del condado de Marrero (donde se escenifica toda la acción) que, pongamos, malandrear en el municipio Libertador.

Desde el punto de vista de un espectador venezolano, los personajes de Inés y Lucy me sirven para corregir mi tendencia xenofóbica a pensar que las únicas mujeres explotadísimas son de mi país. También me llama la atención en Santa diabla la casi total ausencia de humor, quizás con la excepción de la citada Lucy, infiltrada del policía bueno Pancho (Javier Valcárcel) en el burdel El Trébol de Oro.

Ningún personaje o interpretación se me hace excepcionalmente sobresaliente. No puedo concebir un protagonista más alfeñique que Santiago Cano, al que, como única manera de hacerlo interesante, ponen a tocar el saxo. Quizás el único villano que merece ese nombre es el policía malo, Carlos, aunque lamentablemente parece que sus fechorías llegaron hasta el capítulo del viernes (esta columna fue escrita antes).

Sin embargo, Santa diabla sostiene el interés porque casi en cada capítulo hay un hallazgo o acontecimiento sórdido e impactante. Por ejemplo, ahora resulta que Vicente, uno de esos pésimos canallas encorbatados del corporativismo de pacotilla de la telenovela de habla hispana, podría tener a una mujer encadenada en un desván y alimentada a punta de empanaditas: ¡la madre de sus hijos! 

La protagonista, Gaby Espino (Santa o Amanda en su identidad falsa), sufre narcolepsia (vea la película Mi propio Idaho privado) y se despierta en los sitios más inimaginables, aunque luego se determina que es porque ha sido dopada con mezcalina, sustancia psicotrópica citada por el antropólogo Carlos Castaneda en su clásico Las enseñanzas de Don Juan. La mamá de Amanda (Beatriz Valdés), que ha diseñado un plan de venganza contra los Cano con la convicción de una Rosa Luxemburgo, también es una yegua de Troya. En este caso una falsa trabajadora residencial.

De la representación de “Doralzuela”, hasta ahora los peor parados son Eduardo Orozco y Gledys Ibarra. Al primero, en honor a la verdad, no le tocó un buen papel: un hombretón sometido por la mamá, Arturo, que para colmo se quedará paralítico después de una clásica escena de “empujo a mi amada para que me atropelle el carro a mí en vez de a ella” (cuántas veces soñé eso en mis despechos de colegio). A Gledys, más que un personaje, la desperdician en un estereotipo de cartón cuya única dimensión es la lucha contra el racismo. Elisa es una figura tan plana en el pesebre dramático que, paradójicamente, casi se convierte en otra forma de discriminación.

En Twitter: @alexiscorreia