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Freddy Lepage

¿Victoria electoral, derrota política?

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Los cuestionados resultados del 14-A dejan, sin lugar a dudas, además de muchas interrogantes sobre la impúdica parcialización del Consejo Nacional Electoral y su dependencia umbilical del Gobierno, la injerencia inconstitucional de un sector de la Fuerza Armada a favor de la candidatura de Nicolás Maduro, y el uso abusivo y descarado de las instituciones del Estado (ministerios, corporaciones, alcaldías y gobernaciones, etcétera), elementos claves para la interpretación y el análisis de que en el chavismo la procesión va por dentro. 

Lo cierto del caso es que la permanencia en el tiempo del legado político de Chávez en manos de su heredero está en entredicho. Y eso ha quedado demostrado palmariamente con el mal desempeño del delfín del fallecido presidente mostrado en la campaña electoral y en la gestión de más de 100 días en funciones de gobierno como Presidente encargado. 

Amén del descalabro electoral sufrido, aun cuando el árbitro (?) decidió a su favor. 

Las últimas cifras dadas por el organismo comicial, en el acto de proclamación, dan cuenta de que Maduro alcanzó cerca de 7.500.000 de votos, lo que representa 50,75%, mientras que Henrique Capriles, 7.300.000 votos, o sea, 48,98%. 

Lo que refleja una exigua diferencia de apenas 1,77%. 

Estos son datos suministrados por Tibisay Lucena, la misma que se atreve, con su cara muy lavada, a negar el recuento manual de votos, a pesar de que ambos candidatos lo solicitaron la misma noche del domingo pasado. 

Maduro se retractó (y se tragó sus propias palabras) de lo que ante sus seguidores y el mundo entero, en un arresto de prepotencia y arrogancia, había aceptado. Mal presagio para quien apenas se estrena como Presidente. Capriles tenía toda la razón al calificar a su oponente durante la contienda de mendaz. ¿Qué esconden? ¿Quién dio la orden contraria? ¿De dónde vino? ¿De La Habana? Las respuestas, seguramente, caerán en el vacío vergonzante de los que siempre han despreciado la opinión de la gente. 

Maduro, con todo el ventajismo y la utilización descarada de la imagen del difunto Chávez en la campaña, que se suponía (como ocurrió en Argentina con Néstor Kirchner) significaría una mayor cantidad de sufragios, no pudo ni siquiera alcanzar los de su mentor en 2012. Obtuvo casi 700.000 menos y Capriles aumentó su votación de octubre en la misma proporción. En 10 días redujo la diferencia de 11 a 2 puntos porcentuales. 

La inferencia lógica es que el chavismo retrocede sobre todo en los centros urbanos más poblados, mientras que la opción democrática, representada y liderada por Capriles, experimenta un ascenso sostenido. 

El abanderado del régimen disminuyó la votación en 23 estados, y alcanzó un discreto incremento sólo en Amazonas; al tiempo que Capriles aumentó la votación en los 24 estados, y ganó en Bolívar, Lara, Zulia, Miranda, Anzoátegui, Nueva Esparta, Mérida y Táchira, cuando en octubre pasado sólo se impuso en 2 entidades. Esto a pesar de unos números alimentados por la dudosa y discutida actuación del Consejo nacional Electoral. 

Frente a esta debacle, Diosdado Cabello admitió, tímidamente, en Twitter, en evidente alusión a Maduro, que los resultados "obligan a una autocrítica"... Pero, de antemano sabemos que eso no se hará; por algo callaron y cayapearon a Nicmer Evans cuando se aventuró a cuestionar el liderazgo de Maduro. 

En suma, el valido puede haber obtenido una victoria electoral, pero sufrió una estrepitosa derrota política. 

Definitivamente Maduro no es Chávez, ni por asomo... 
¿Quién le pone la cascabel al gato?