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Atanasio Alegre

Víctor Fossi o la geometría

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Debían ser la siete de la tarde cuando entró la llamada de parte del rector Fossi diciendo escuetamente que un grupo de estudiantes había tomado las instalaciones del rectorado de la Universidad de Oriente y que se mostraban bastante agresivos. En Cumaná anochece temprano y de camino a la oficina del decanato me sonaba el verso del poeta: “Una tarde en que el sol y no solo él había tenido su ocaso”… Al comienzo de la década de lo setenta fueron muchas las cosas que tuvieron su ocaso en Venezuela, después de que se hubiera escuchado a los estudiantes alemanes del 68 aquello de que, bajo las togas milenarias hay olores insoportables.

La toma del rectorado, aquella tarde, hubo que resolverla manu militari desde el momento en que informaron que en el hall había un olor insoportable a marihuana.

Cuando nos encontramos luego en la casa rectoral, el rector Fossi, un tanto contrariado, me dio las gracias y entre una cosa y otra, comentó:

—Ya tengo cuarenta y cinco años y he visto todo lo que hay que ver…

—No crea—repliqué— a usted le queda mucho que dibujar y a mí mucho que leer. ¡Saldremos de esta!

Fossi acababa de ganar el rectorado de la Universidad de Oriente. Llegaba de unos cursos en la Universidad de Berkeley y los copeyanos vieron en él un buen candidato para ocupar, después de Luis Manuel Peñalver, el rectorado de la UDO de recorrido todavía incierto. Había sido dos veces decano en la UCV.

Su tarea como rector no fue fácil, sobre todo al comienzo. En una reunión clandestina, a la que me invitaron, se planteaba el hecho de asfixiar aquella gestión y lograr la renuncia del recién estrenado rector. Fui enfático: esta universidad tiene que tener un segundo rector para que haya un tercero y así, de ahí en adelante…

Rectores ha habido ya muchos, pero un par de caballeros como lo fueron Peñalver y Fossi, planificadores ambos en el empeño de impulsar en el Oriente del país aquella experiencia educativa, son sencillamente inolvidables. Fossi desde su bonhomía, armado con un marcador, trazando constantemente dibujos para explicar lo que estaba en palabras en su mente, de los que se servía —los dibujos, digo— por otro camino, para presidir los consejos universitarios en los que su capacidad dialéctica podía parecer, y lo era, fulminante frente a cualquiera de los acontecimientos que se le presentaron durante aquellos cuatro años. Y todo con el fin de arraigar a la UDO en el concierto de las universidades venezolanas. Lo logró con el que entonces se llamó el reglamento autonómico y eso hay que decirlo, levantando la voz, ahora que se ha ido a ese lugar donde todo ocurre y del cual nada sabemos.

Hay más.

Profesionalmente, han sido innumerables las veces que he utilizado, para eso que un psicólogo, llamado Binet, definió como la medida de la inteligencia, diversos instrumentos. Fossi ha sido, además de lo que de él hable su obra como arquitecto (no se si lo saben quienes hoy ocupan ese complejo llamado Fuerte Tiuna que algunas de las construcciones más importantes allí a la vista, son obra del arquitecto Víctor Fossi) fue uno de los profesores de geometría descriptiva más brillantes del país. Se da el caso, y es a lo que venía, que entre los muchos instrumentos de medida de la inteligencia hay una prueba basada en conceptos geométricos abstractos. Un día, a esa hora que no es de nadie dentro de las conversaciones entre amigos, logré que hiciera esa prueba como si se tratara de uno de los ejercicios a los que sometía a sus alumnos. El resultado me deslumbró. Nadie me había dado unos números tan altos. Lo cual demostraba, que como sospechaba, la inteligencia de Fossi estaba muy por encima de la media universitaria. De ahí que mi respeto se sumara al de una amistad ya en aumento.

Escribo esta nota (después de abrir un correo en el que la rectora de la UCV publica una nota de duelo por el fallecimiento de Víctor Fossi) a bordo de un tren que hace la ruta Madrid- León, sin otro horizonte que el mar pardo de la paramera castellana. Al fondo, como en una de las novela de Azorín, yace un pueblecito amojamado en torno a su torre de espadaña, uno de esos pueblos de los que decía Fossi, buen viajero él, que eran en sí mismos la expresión de esa reconfortable manera de cómo la humanidad se ha ido agrupando para hacer llevadera la vida comunitaria.

Con Fossi pierde el país a otro de sus varones ilustres. Con la partida de Fossi, la arquitectura venezolana, hoy tan demediada, pierde a uno de sus referentes indicativos de que nada resulta permanente sin una planificación adecuada. Borges dijo un día de Lorca que era un andaluz profesional. De Fossi habrá que decir ahora que ya no está, que fue un zuliano profesional, además de uno de esos venezolanos con denominación de origen.

atanasio9@gmail.com