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Francisco Javier Pérez

Viajes lingüísticos de la arepa: Colombia

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La seña fundadora la da Rufino José Cuervo cuando en sus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, del año 1867, se ocupa de voces foráneas que han llegado para enriquecer el léxico del español de Colombia. El parágrafo 985 de esta obra ofrecerá la intención y las pistas documentales que le son útiles. En el primer caso, “voces cumanagotas o de otros dialectos cognados, de Venezuela”. En cuanto al segundo elemento, la referencia nominal de sus fuentes: los sabios misioneros franciscanos de Cumaná y el oriente venezolano; trabajadores lingüísticos del siglo XVII: Francisco Tauste, Manuel de Yangües y Matías Ruiz Blanco (al margen de su texto matriz, Cuervo afirmará que el jesuita José Acosta, en su celebérrima Historia natural y moral de las Indias, de 1590, ya se ocupa de la voz). Los va a conocer valido de las preciosas ediciones facsimilares que ha hecho a finales del siglo XIX el no menos sabio estudioso alemán Julius Platzmann, autor de la colección Algunas obras raras sobre la lengua cumanagota (1888). Finalmente, la explicación de Cuervo, escueta y suficiente, carga con una definición y sugiere una etimología: “pan de maíz: erepa, maíz”.

Sin pretender un recorrido pormenorizado de la lexicografía colombiana en relación al tratamiento que hace de la voz que estudiamos, sí resultará provechoso invocar lo que algunas obras de pretensión y calado diferentes pueden hacer para ilustrar el viaje que esta voz ha tenido dentro del rico español que se practica y desarrolla en tierras colombianas.

La primera, el Diccionario de la lengua española, obra de la Real Academia Española.  Conviene asentar el esquema descriptivo que esta voz ha tenido en el diccionario académico, pues ofrecerá algunas notas que han sido objeto de duras críticas debido a sus claros desajustes descriptivos. Es el caso de la definición que ha corrido sin mayores modificaciones hasta la edición 21 de este diccionario: “Pan de forma circular que se usa en América, compuesto de maíz salcochado, majado y pasado por tamiz, huevos y manteca, y cocido al horno”. Quedan a la vista las limitaciones de este párrafo en donde serían pocos los colombianos y menos los venezolanos que reconocerían en su descripción al alimento rey de ambas culinarias; el pan por excelencia. Además de no emplearse los términos propios de su confección (por ejemplo: en vez de “pilado” se habla de “majado”), se invocan ingredientes infrecuentes como el “huevo” y que, muy probablemente, su presencia aquí no sea sino el resultado de la lectura incorrecta o desubicada de la colombianísima y deliciosa “arepa de huevo”, que luego señalaremos. Felizmente, las ediciones posteriores del DRAE eliminaron los desaciertos y construyeron una definición, marcada para Colombia y Venezuela y para las Antillas, que, en líneas generales, sí resulta bastante representativa: “Especie de pan de forma circular, hecho con maíz ablandado a fuego lento y luego molido, o con harina de maíz precocida, que se cocina sobre un budare o una plancha” (siguen, sin embargo, sin permitirse que aparezcan las riquísimas arepas fritas con las que tantas veces nos deleitamos y que, como nota especial, resultan casi la única forma en que se elaboran y ofrecen hoy las arepas en las Islas Canarias).

Pero, dejando atrás los tópicos críticos en torno a cómo el más importante diccionario de la lengua trabaja la voz, es momento de mostrar las formas descriptivas que sobre la arepa exhiben el Nuevo diccionario de colombianismos (1993), dirigido por Günther Haensch y Reinhold Werner, los dos profesores de la Universidad de Augsburgo, que se empeñaron en alcanzar, aunque sin éxito total, la completa descripción de todo el léxico del español americano. El primer volumen del que se proyectaba serie de obras bajo el título abarcador de Nuevo diccionario de americanismos, sería el dedicado a la lengua de Colombia y lo publicaría, en el año señalado, el Instituto Caro y Cuervo. La definición que ofrece de arepa es: “Pan de maíz, de forma circular, cocido, molido y asado a la parrilla o en vasija de barro”. Válida, pero escasa, en el apartado de observaciones, intenta nuevos cursos: “Es semejante a la tortilla de México y Centroamérica”; y, justamente, el relato explicativo parece quebrarse con esta nota, pues el símil no surte el efecto deseado, sino que lo desvía hacia otra semántica. En otras palabras, una arepa colombiana es una arepa colombiana y una tortilla mexicana es una tortilla mexicana y, más allá de algunos semas no son alimentos similares. Para Venezuela, esto último es drástico; pero lo es también para Colombia. El diccionario de los lexicógrafos alemanes aporta, rotundamente acertado, otras acepciones y, especialmente, un conjunto de unidades fraseológicas que redondean el artículo arepa y que le dan variedad y sustancia, sustancia y variedad que tiene en sí el complejo mundo de la arepa en Colombia: arepa de choclo, arepa de huevo, arepa de laja, arepa de mantequilla, arepa de mote, arepa antioqueña, arepa ocañera.

Una pausa obliga a referir el sentido de la arepa de huevo como una de las creaciones más emblemáticas de la cocina popular colombiana. El diccionario de Haensch y Werner la define como: “La que se rellena con un huevo frito y se fríe luego en aceite”. Aquí, no se puede evitar la relación con el tumbarrancho que se cocina y dice en Maracaibo, cuya cercanía con Colombia es aquí algo más que un asunto geográfico. El potente alimento no es sino una arepa de doble fritura, pues, la arepa frita se rellena con jamón (mortadela), queso y algo de verdura (repollo, por ejemplo) y se rebosa con una mezcla de huevo y mostaza y se vuelve a freír, creando un alimento de muy rico sabor y pesada digestión. Su hermandad con la arepa de huevo luce evidente, más allá de los detalles, como procedimiento de cocción.

Nacida en Venezuela, la arepa llega a Colombia en un tiempo prehispánico imposible de determinar y se hace alimento propio y asidero de una idea de la vida. Esto último es tan cierto, que en la lengua coloquial y juvenil han prosperado creaciones que emblematizan, con la arepa y gracias a ella, expresiones que crean la equivalencia entre esta voz y el destino feliz de las personas: de arepa (que algo ha salido bien) y tener arepa (tener suerte y salir bien de situaciones peligrosas). Alimento sortario, es siempre lo bueno lo que se despliega por él y lo que se desprende de su feliz existencia en la vida y en la lengua.