• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

Vesania (locura furiosa)

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Titular de prensa: “Maduro ha reprimido más en un año que Chávez en doce”. Verdad. Lo dice Provea: ¡Guao! Pero no ha sido Maduro. Ha sido la Revolución. Pedro, Juan y el Hijo de la Panadera no son sino sus ejecutores aunque más de uno no crea en ella.

Las revoluciones, luego de una corta luna de miel, se vuelven paranoicas e inevitablemente desencadenan la secuencia de guillotinas, horcas, fusilamientos, cárceles. Cuestión de épocas, medios técnicos e imagen hacia el mundo. La conciencia mundial civilizada, sobre todo hoy, no siempre ha admitido ni admite sin más cualquier cosa.

El paranoico no es un loco que anda por el mundo sin saber lo que hace. El paranoico, individuo o régimen, está ciertamente trastornado pero no es irracional en todo. Sobre la base de sus inseguridades y conflictos internos, y a partir de ellos, se construye una realidad subjetiva, ajena a la que vive el resto de las personas, un delirio, y se instala en ella. Una vez instalado en ese delirio que constituye su propia y concreta realidad, sus facultades racionales funcionan como las de cualquier normal e incluso, en lo que se refiere a su delirio, con mayor agudeza, persistencia y organización. Los delirios paranoicos son muy variados. El de las revoluciones es el clásicamente conocido como delirio de persecución.

Parece que la revolución bolivariana se ha instalado ya en el suyo. Sus inseguridades y conflictos los está proyectando muy claramente hacia fuera de sí negándolos como propios y poniéndolos en el ambiente exterior cercano (oposición) y lejano (el imperio) poblado de personas reales que el delirio convierte en peligrosos, crueles y malévolos enemigos. Todos podemos ser uno de ellos. No tiene a su disposición para perseguirlos la guillotina ni, por ahora, los fusilamientos pero sí los juicios y las cárceles. No puede enviarlos a la cárcel por todo el tiempo que quisiera sin el juicio previo. Pero el juicio es algo hoy muy complicado incluso para los jueces más obsecuentes. Se necesitan pruebas y, cuando no se pueden mostrar físicamente, habrá que construirlas con los medios actuales como la semiótica, el análisis de textos y la hermenéutica, en busca de los significados subliminales, aunque no sirvan sino para fabricar una ficción.

El concepto de subliminal tiene su origen en el campo de la publicidad, pero la psicología social lo ha estudiado luego con detenimiento. De ella saca el DRAE la definición: “Dicho de un estímulo que por su debilidad o brevedad no es percibido conscientemente, pero influye en la conducta”. Se trata de una metáfora construida sobre la imagen de la puerta. En ésta limen es el umbral. Para entrar por ella hay que pasar sobre él. Lo que intenta hacerlo por debajo (sub) no entra. Nuestra capacidad de percepción tiene sus límites. El estímulo que no los respeta no es percibido pero está ahí y se lo puede identificar por los medios adecuados. Subliminal no hay que confundirlo con oculto, implícito, fantasioso o sobreentendido, que son los significados que la semiótica podría detectar. Lo subliminal está explícito, claro, al descubierto, pero imperceptible, como en un video una imagen real y clara que pasa muy rápido de modo que no se la puede percibir pero está. Su influencia en la conducta ha sido persistentemente negada por la experimentación y quizás resulte efectiva en casos muy raros e individuales, no colectivos. No puede tener valor de prueba, por ende.

Cuentan que un paranoico un día fue al psiquiatra el cual, vaya usted a saber cómo, le convenció de que sus miedos eran infundados. Al salir del consultorio, lo mataron. Pero no fue el criminal de su delirio. Fue otro.

 ciporama@gmail.com