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Leopoldo Tablante

Verdugos del agua

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Un trámite de extranjería me obligó hace años a pasar una consulta médica en un viejo hospital del distrito quince de París. En verano, fui atendido por un generalista vestido con húmeda camisa hawaiana y dientes picados, manchados de steak tartare y vino tinto. Me pregunto si la proverbial falta de higiene personal con que se asocia a Francia, y a Europa en general, tiene que ver con la precariedad de las instalaciones sanitarias con que están equipados muchos de sus edificios residenciales, sobre todo los más antiguos. ¿O será que esa precariedad traduce la indiferencia de franceses y europeos a los placeres de la higiene personal?

Entro a un apartamento de un suburbio parisino cercano al aeropuerto de Orly. Me piden quitarme los zapatos, empapados por un invierno que los ha convertido en limo por dentro y por fuera. Los dejo a la entrada, junto con los pares del resto de la familia. El edificio, construido a mediados de los años setenta, es una de esas obras de interés social salida de la cabeza de un arquitecto formado en la escuela de la ecología urbana. Está desprovisto de radiadores de calefacción instalados sobre las paredes, remplazados con tubos de vapor que discurren a ras de suelo. En cuestión de una hora, mis zapatos tendrán la textura del cuero curtido.

Como es invierno y se transpira poco, el sistema excretor hace su trabajo por vía urinaria. Y es entonces cuando reparo en que la tecnología de afuera no tiene nada que ver con la de adentro. Apenas tengo espacio para tenerme de pie, para relajarme y dejarme drenar. Todo movimiento debe ser fríamente calculado. Procuro disciplinar mi claustrofobia. La ama de casa es estricta y mantiene su baño bajo un orden delicado que puede desbaratarse con un soplo: el inodoro al lado de un lavamanos ínfimo, enfrente de una “esquina de ducha” limitada a un cuadrado de cerámica de sesenta por sesenta centímetros. Se me ocurre la idea extrema de ser sepultado vivo. Me llega a la mente aquella cancioncita de Sui Generis: “Y rasguña las piedras”.

Un baño así sólo puede salir de la mente de gente que no disfruta del agua, pienso. Recuerdo que uno de los reflejos que mejor caracteriza la vida urbana en Francia es la fugacidad con que las personas se asean, a veces menos de cinco minutos, la mitad del ideal de eficiencia militar. Y, a decir verdad, no todas las condiciones bacterianas aguantan semejante brevedad, la misma de otras actividades menos invasivas del roce social: por ejemplo, la obligación de fregar los platos. “Leopoldo, estás gastando demasiada agua”, observación que corresponde a mi tendencia a usar agua nueva para enjuagar la loza enjabonada en lugar de llenar un compartimiento del fregadero con agua caliente para reciclar el preciado líquido y la grasa desprendida de los utensilios precedentes.

Por momentos me cuestionaba mi posible indolencia veneca, pero el tiempo me ha hecho rendirnos justicia: nuestras costumbres en el plano de la higiene personal son mucho más razonables que nuestra falta de intuición y cultura políticas, que nuestra ineptitud financiera.

En este contexto, es gracioso recordar el orgullo de Víctor Hugo por el sistema de cañerías y desagües de París en Los miserables, un novelón lleno de partos y situaciones sépticas, de personajes desesperados que persiguen, sobreviven, huyen y transpiran, en el que lo más cercano a una ablución seria es el suicidio del comisario Javert en las aguas del río Sena.

Esta columna me sorprende en el compartimiento de un tren que transita entre Dijon y Lyon. Un adolescente, sudoroso y abrumado de equipaje, me pide cortésmente compartir el espacio. Pronto su presencia −que recuerda los 400 tipos de queso del país que me acoge− se acapara el oxígeno destinado a ser respirado por ocho pasajeros. Rasguño las piedras. La pausa vacacional del verano empeora la atmósfera. Me levanto y huyo. “¿Qué fue primero?”, me pregunto en mi carrera, “¿la mazmorra del agua clara o la hecatombe celular que visten sus verdugos?”.