• Caracas (Venezuela)

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Sergio Monsalve

Ver con los ojos del alma

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Castigo bíblico. Maldición. Fuente de inspiración para la tragedia, el humor, la publicidad kitsch, el golpe bajo. Abanico de opciones en cualquier ámbito de la cultura y la industria del entretenimiento. El universo es infinito. Pero debemos reducir el espacio e ir al grano. Hablamos de la ceguera y sus múltiples interpretaciones estéticas y éticas.

En Saramago no había lugar para las medias tintas. Era sinónimo de epidemia, del fin de la civilización, de la barbarie. Poca suerte corrió su adaptación a la pantalla grande, valga la acotación. Horror al vacío lo llaman algunos. Fobia a la oscuridad. Cliché de las películas de espanto y brinco al uso. Herencia tardía y degradada del expresionismo. Muy lejos de las pinturas negras de Goya. También de la obra de la fotógrafa invidente Sonia Soberats, dignificada con justicia por el documental El laberinto de lo posible, una de las cumbres de la no ficción en 2015. Dirigida por Wanadi Siso, la cinta dialoga con un dilema universal y lo resemantiza.

Expone el caso de la protagonista sin apelar a las fórmulas del género: exagerar la nota del drama, cargar las tintas de la peligrosa pornografía motivacional, banalizar la complejidad del tema, enfocar el problema desde una mirada condescendiente, lastimosa y paternalista.

Otros fracasaron en el mismo campo de acción, por apelar al recurso del chiste fácil o del chantaje lacrimógeno, como tantas odiosas telenovelas y comedias dizque políticamente incorrectas.

Revirtiendo la ecuación, aflora la sensibilidad del realizador Johan van der Keuken, al concebir la utopía de un cine en braille. Creado para enseñarnos a leer el vasto mundo perceptivo de quienes perdieron la facultad de observar la realidad de su entorno. Así registra la emoción, la sonrisa de una niña cuando palpa y descubre con el tacto la fisonomía de una especie de ave.

De igual manera, acontece la mágica espontaneidad y la iluminadora experiencia audiovisual de El laberinto de lo posible, cuyo acabado técnico y plástico suponen una declaración de principios. Especial atención a los siguientes detalles.

La edición por cortes directos, a la forma de un poético collage de flashes. Las pausas a través de fundidos. El meticuloso relato oral del personaje principal, secundado por un reparto coral de voces inolvidables. Ninguna entrevista sobra. Cada testimonio de vida enriquece la estructura polifónica del argumento. Ojo, porque tampoco se trata de una biografía ortodoxa, de un monólogo, de un teatro unipersonal.

A la historia de la cabeza del elenco la acompañan varias subtramas paralelas, unidas por el eje del guión de la pieza. Conocemos los obstáculos, las vicisitudes y las bondades de unos héroes anónimos, quienes no se dejan amilanar por sus aparentes limitaciones.

Los testimonios pueden servir de ejemplo para definir el concepto de resiliencia. Y de paso brindar una lección de constancia y entrega, a pesar de la adversidad. Ellos defienden sus derechos y demuestran su valor como seres humanos útiles a la sociedad.

Acertado mensaje contra la discriminación. Además, un selecto conjunto de especialistas reivindican la propuesta de la artista de la tercera edad. Describen la enigmática potencia semiótica de sus imágenes, cargadas de una irresistible dimensión abstracta y figurativa. Nos evocan la melancolía gótica de los maestros de la puesta en escena. Invitan al espectador a sumergirse en el placentero acto de la decodificación de las composiciones misteriosas. Resumen una lírica tributaria del lenguaje de la vanguardia (Arbus, Man Ray, Kertész, Kozaburo y Wall).

Mención aparte para la contundente intervención de Fran Beufrand. Precisa, elocuente y esclarecedora. La música de Nascuy Linares es la mejor partitura de su carrera.

Por último, Wanadi Siso logra con El laberinto de lo posible hacer de la humildad una virtud. De las ciudades a los pequeños pueblos, sabe distinguir la pureza y la frescura de los paisajes (urbanos o rurales).

Ilustra el proceso y el espíritu de superación de una mujer carismática, soñadora, librepensadora y de avanzada. Rompe esquemas, quiebra prejuicios. Lo reconfirma la calidad y la profundidad conceptual de su imaginería neobarroca.

Sonia Soberats, de 80 años de edad, contagia de ánimo y de ganas de luchar a la audiencia. Necesitamos a gente como ella.

Después de todo, la ceguera es una cuestión de mentalidad.

En consecuencia, a no conformarse con la fachada, con la superficie de las cosas.