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Fernando Luis Egaña

Cuando Venezuela era Venezuela

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“Cuando Caracas era Caracas”, escribió recién Rafael Poleo, al encabezar uno de sus polémicos “Corto y profundo”. Y agregaría al veterano editor: “Cuando Venezuela era Venezuela”, para expresar algunas ideas sobre ese país de posibilidades que se ha hecho tan inasible.

¿Estamos condenados a que la Venezuela del presente sea la Venezuela del futuro? No lo creo. Y por una razón de pura lógica. Hubo tiempos en que se logró formar un país mejor que el actual. Y aunque ese país fue dejando de ser para transmutarse en el de ahora, la experiencia demuestra que fue posible un progreso sustantivo, aunque también seguido de un deterioro sostenido.

Por eso muchas veces, muchos venezolanos tenemos la impresión de que este no es el país que tanta merecida consideración –y envidia– llegó a despertar en América Latina y más allá. El país inclusivo y hospitalario para con el inmigrante y el extranjero. El país festivo y ganado para la convivencia de su gente. El país que poco a poco fue construyéndose y que sabía permanecer abierto y dinámico, a pesar de las adversidades y de las muchas crisis. No un país idílico, claro que no, lejos de eso. Pero sí un país donde se podía vivir con la mirada en el futuro.

¿Dónde está ese país? No es fácil encontrarlo en el de los 25.000 asesinatos al año. O en el de la represión y el terrorismo del Estado. O en el que ha sido saqueado por comandos político-militares que han contado con reconocido apoyo popular. O en el país cuya cultura democrática es pisoteada sin descanso por una hegemonía despótica y corrupta. O en el país donde los jóvenes quieren irse para buscar un destino de provecho. Este país que tenemos en el presente es una caricatura menguada de sí mismo. Una fotografía real pero ripiosa y vencida por el descuido.

No es el propósito de estas líneas entrar en los porqués. Bien sabemos que las naciones tienen épocas de ascenso, de estancamiento, de caída y hasta de ruina. Y la época que padece Venezuela debe estar por los lados de la caída destructiva, por la sencilla razón de que ya nuestro país está dejando de ofrecer una vida humana a su población. Lo que se reparte es violencia, es odio político, es penuria económica, es resignación social, y todo eso deshumaniza, le quita humanidad a la vida personal, familiar y social. Todo eso acaba con la calidad y dignidad humana de una nación.

En esta Venezuela la gente sobrevive llena de temor. Las noches parecen desiertos y casi todo el mundo anda apurado para guarecerse temprano. Y repito casi, porque hay miles de bandas armadas que imponen su fuerza de muerte y se despliegan soberanas al amparo doloso y negligente del poder. Un poder que se ufana de su mandonería, de su continuismo, y de su control arbitrario de los recursos nacionales en nombre de ideologías oxidadas y propagandas fraudulentas.

Un poder que desprecia la democracia, a pesar de que utiliza sus ropajes para disfrazar su naturaleza despótica. Un poder al servicio de factores foráneos, como los hermanos Castro de Cuba, o las necesidades petrolíferas de China, que tienen nuestro potencial energético subordinado a sus intereses. Un poder que ha malbaratado la más auspiciosa posibilidad de desarrollo que haya contado Venezuela en toda su historia. La proporcionada por la prolongada bonanza petrolera mundial del siglo XXI.

Todo esto debe y puede cambiar. No para restaurar etapas o períodos que pertenecen a la historia, sino para desarrollar un país posible y promisorio para su pueblo. Y eso no se inventa del aire ni se crea de la nada. Necesita fundamentos. Por todo ello es que para pensar en un futuro afirmativo y sobre todo para construirlo, en necesario ponderar sin nostalgia y sin desprecio los tiempos de cuando Venezuela era Venezuela.