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Armando Durán

Otra Venezuela

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Hace un mes nadie se lo podía haber imaginado. Todas las encuestas registraban entonces una amplia ventaja de Nicolás Maduro sobre Henrique Capriles. Entre 15 y 20 puntos de ventaja, gracias a la larga sombra de Hugo Chávez, aún “vivo” según la abrumadora campaña orquestada por el PSUV para hacerle creer a sus partidarios que nada había cambiado con la desaparición física del líder. Arropado por esta ilusión milagrera, Chávez es Maduro, se trató de transmitir la impresión de que el 14 de abril sería una copia muy parecida del 7 de octubre.

Sin embargo, no ocurrió así. Dos factores decisivos impulsaron la loca y velocísima carrera de Maduro hacia la nada política. En primer lugar, su penoso desempeño como encargado de la Presidencia. Por esfuerzo propio, en muy pocos días, dilapidó la formidable herencia de Chávez gracias a una inaudita mezcla de insuficiencia, torpeza y falta de liderazgo. En un abrir y cerrar de ojos sencillamente le puso un punto final al proyecto que su promotor dejó a medio hacer. En segundo lugar, Capriles tuvo la intuición necesaria para descifrar correctamente las señales de lo que en verdad sucedía bajo el mando desafortunado de Maduro, y también tuvo la voluntad para imprimirles a su discurso y a su acción como candidato (por primera vez candidato opositor) la forma y el contenido de los nuevos tiempos que había abierto el súbito desenlace del drama personal de Chávez en su lucha de dos años contra la muerte.

El resultado del fracaso de Maduro y del éxito de Capriles marcó la diferencia y dio lugar a la crisis que a estas alturas representa la perfectamente cuestionable victoria del sucesor de Chávez por apenas 200.000 votos. Una diferencia de sólo punto y medio, que debe reducirse aún más tan pronto como se incorporen al caudal de votos emitidos los de muchos miles de venezolanos residenciados en el extranjero. En la práctica, y ese es el origen de la nueva crisis del chavismo, un empate técnico a pesar del ventajismo y los abusos de poder del régimen, que ponen abiertamente en entredicho la autoridad futura de Maduro ante su propia gente.

Esta realidad provocó el domingo un terremoto sin precedentes en el campo del oficialismo. En primer lugar, porque la mitad exacta de Venezuela rechazó de plano la victoria oficialista proclamada por Tibisay Lucena, de cuyo rostro, por cierto, había desaparecido la sonrisa de felicidad con que siempre había anunciado las estruendosas victorias de su jefe político. No resultaba fácil para el chavismo reinante aceptar así como así que sus peores temores sobre el futuro del “proceso” se hicieran pasmosa realidad tan de repente. De ahí las expresiones descompuestas de los pocos dirigentes que acompañaron a Maduro la noche del domingo en el improvisado y escuálido acto organizado por Jorge Rodríguez para emular la multitudinaria concentración popular con que el pueblo chavista celebró la victoria del No en el referéndum revocatorio de 2004. ¿A qué velocidad, parecían preguntarse consternados, se erosionará a partir de hoy lo poco que le queda a Maduro del endoso de Chávez?

El desastre se agudiza por la respuesta de Capriles al anuncio del CNE sobre la pobretona victoria de Maduro; primera vez desde 1958 que un candidato se rebela contra el CNE y desconoce el triunfo del otro. Ya no le bastará a Maduro recurrir a grotescas ocurrencias como la del “pajarito chiquitico” para eludir la catástrofe total. Tampoco podrá, por muy armada que esté la “revolución”, ahondar del todo en la decisión de abandonar las más mínimas formalidades democráticas con la finalidad de afianzar su victoria a como dé lugar.

Desde esta perspectiva, ¿es legítima su proclamación oficial como Presidente de la República antes de conocerse el resultado de las auditorías? Y luego, superado al fin este escollo, ¿qué hará Maduro? ¿Seguirá dando traspiés en una travesía sin rumbo hasta que un día todo termine abruptamente, o aceptará abrir los espacios a otros militantes chavistas con mayor claridad para no insistir tercamente en el error; reformará las relaciones políticas con la oposición y el sector privado de la economía; tomará medidas que desmonten el disparate creado por Jorge Giordani y compañía? En este punto, estas interrogantes cruciales, provocadas por la aplastante derrota política de Maduro ponen en evidencia que el chavismo sin Chávez es una quimera.

Entretanto, pase lo que pase, lo único cierto e inevitable es que Venezuela ingresa hoy en una nueva y muy distinta etapa de su proceso histórico.