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Orlando Luis Pardo Lazo

Venezuela, vida o abismo: no la abandonemos ahora

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Los dictadores de izquierda jamás renuncian. Lo dice una asignatura asesina llamada Historia Universal.

Las dictaduras de la izquierda latinoamericana no tendrían por qué ser la excepción. Instauran sistemas eternos como la dinastía Castro, para humillación del pueblo cubano. O imponen su festín de crímenes antes y después de ser derrocadas del poder, como en el Chile del régimen radical de Salvador Allende. En ambos casos, se encarece criminalmente el precio de cualquier cambio.

Venezuela se debate hoy en las calles entre estos dos límites. Los traspasó ya a los dos.

La injerencia infame del castrismo incubó allí la manipulación de masas, la siembra de cizaña de las clases irreconciliables (que es la maldad inmanente del marxismo), el victimismo como justificación de la impunidad, el crimen político disfrazado de accidente aéreo o huelga de hambre o asalto delincuencial (dentro y fuera de las fronteras nacionales),el autogolpe permanente de Estado, la noción de un archienemigo foráneo, las coacciones y chantajes como técnica de gobernabilidad, una legislación por encima de toda legalidad, hasta caer en ese medievalismo morboso de un caudillo consagrado por los huesos del Libertador.

Da pena. Da vergüenza propia, en tanto latinoamericanos amantes de la concordia y el progreso, que al final el castrismo se extienda desde Las Antillas para caer, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Una invasión que es ahora a costa del carnaval populista de unos programas sociales obligatoriamente gratuitos en su efectismo teatral. Pero, como hoy ya es oprobiosamente ostensible para el mundo, sigue siendo una avalancha que no abandona su costumbre bárbara de votar con balas y más balas (preferiblemente en las cabezas de los votantes).

En el caso de Diosdado Cabello y la figura presidencial de Nicolás Maduro tras la que este ciudadano se escuda, sus tropas de asalto relámpago —los “colectivos” de malandros, entrenados y armados por el Estado a expensas del presupuesto público— remiten al peor estilo de los escuadrones de Camisas Negras o las SS de la Europa genocida, que décadas atrás soñara con un mundo bajo un mando único a perpetuidad.

De ahí acaso la obsesión obscena del oficialismo bolivariano, incluidos los partidos comunistas de la región —con énfasis en la complicidad chilena—, en prodigar a diestra y siniestra el epíteto de fascista: ya sabemos que el ladrón siempre grita “ataja a ese, que es el ladrón” para distraer así la atención de sus propias fechorías.

Ni estudiantes ni exiliados, ni diputados ni ministros, ni opositores ni delatores, ni top-stars ni generales están a salvo de estos hampones sin nacionalidad. Técnicamente, con demasiadas nacionalidades, pues los rebaños de motorizados —de marca Suzuki y Geely en Cuba, por ejemplo— son la táctica operativa de la policía política en la isla, como modus operandi en esta nueva cruzada sin retorno de la izquierda totalitaria: eternidad o muerte, compañeros.

En efecto, el castrismo ha apostado hasta su carencia de alma a la sumisión socialista de Venezuela, por lo menos hasta que mueran Fidel y Raúl. Y después su heredero de inspiración putiniana Raúl Castro Espín.

Para ello, a la represión ruin contra inocentes, se suma ahora un complot internacional sobre la Venezuela amada hasta el dolor. Desde el Asia autoritaria se le han ofrecido los rescates financieros a esta dictadura en ruinas que fue una economía de excepción. Desde la Europa civilizada se le venden las armas para el genocidio, junto a consejillos sobre derechos humanos como compensación. Desde la Norteamérica cómplice se asegura en privado la no intervención de las democracias del hemisferio. Borrón y cadáver nuevo.

49,12% del pueblo venezolano —porcentaje certificado por el órgano electoral chavista en las elecciones de 2013— está, pues, indignado pero indefenso ante un abusivo ejército de intervención estatal. Es indignante la insolidaridad de los mil y un dignatarios de Occidente libre, que ya deberían haber cerrado filas con el estudiantado venezolano para evitar una Tianamén latinoamericana, vorágine vil que tanto le convendría al castrismo para entronizarse.

Los pinos nuevos de nuestra América están siendo masacrados por reclamar al menos ese 49,12% de patria que les corresponde por derecho propio. El precio de no lograrlo será perder 100% de la patria de todos para siempre (dentro y fuera de las fronteras nacionales). De la debacle, directo a un despotismo irreversible Hecho en La Habana, con metástasis no sólo en Moscú sino en Irán y China y Corea del Norte.

Por Dios. Un error en Venezuela es un error en América, es un error en el futuro del mundo.