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Orlando Luis Pardo

Venezuela, una verdad entre la virtud y la venganza

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El pueblo cubano quedará en la historia como el pueblo que más hizo por la desintegración latinoamericana. Disfrazado de odio ideológico al capital, hincamos hasta la médula el odio fratricida en nuestro continente. Esa culpa cubre hoy varias generaciones dañadas antropológicamente de manera irreversible. No hay perdón capaz de librarnos de esa responsabilidad criminal.
Desde enero de 1959, una revolución de carácter burgués y prodemocrático, con marcados tintes de terrorismo urbano y cierto protestantismo a la cubana, fue reencauzada por Fidel Castro como un proceso agrario y antiimperialista, en definitiva trocado en dictadura del proletariado y en alianza a ultranza con Moscú en el contexto de la Guerra Fría.

Estados Unidos nada hizo para evitar la radicalización artificial de la revolución. Antes bien, con mucho de arrogancia y un toque de ignorancia, propiciaron el victimismo con que los cubanos justificamos un régimen de injusticia e impunidad: masivos programas sociales, pero no para aquellos seres humanos que contaran con una opinión (da igual si a favor o en contra, la disciplina ante el despotismo fue siempre la clave para sobrevivir en tiempos de revolución).

Así, el castrismo costó miles y miles de vidas no solo a sus opositores (muchos de ellos armados), sino también a los revolucionarios cubanos, la mayoría ejecutados casi extrajudicialmente –a muchos se les juzgaba después de fusilados– tan pronto como manifestaran el menor síntoma de disentir ante el discurso totalitario oficial.

La sociedad cubana se desquició en unos meses. No quedó prensa alguna. Ni religión confesable en público. Ni educación independiente a la impuesta por el Estado de manera gratuita. Tampoco salud personalizada. Ni marcas comerciales. Ni “derechos humanos”, un término que todavía hoy suena a insulto dentro de Cuba. Se abolió todo cambio de dinero internacional. No pudimos salir ni entrar del país. Ni llamarnos por teléfono o recibir una carta sin ser despedidos de nuestros trabajos.

Los que pudieron huir, huyeron. Todavía estamos huyendo. Ese es nuestro permanente plebiscito ante un gobierno que no escuchó jamás a su propio pueblo: la fuga como reacción a una fidel-idad asfixiante. Los que quedaron dentro de la isla, callaron o fueron a la cárcel con condenas más largas –y con torturas más crueles– que la que convirtió en icono mundial a Nelson Mandela, por ejemplo.

Los cubanos no castristas nunca fuimos iconos de nada. Éramos simplemente “gusanos”, “apátridas”, “escoria”, los “lumpen” del “primer territorio libre de América”. Especialmente en la academia norteamericana, donde el castrismo desde el inicio ha sido lo “políticamente correcto”, los más grandes intelectuales cubanos, como el exiliado y a la postre suicida Reinaldo Arenas, no tuvieron acogida alguna.
Enseguida le impusimos la muerte a Asia, a África, a América. Intentamos incendiar 1.959 Vietnams en el planeta entero, de ser posible con misiles nucleares instalados en Cuba de espaldas al pueblo cubano. Invadimos naciones soberanas, como Venezuela, y traumatizamos para siempre las frágiles democracias del hemisferio, en aras de una toma violenta del poder, en alzamientos o populismos que implicaran el cadalso de los enemigos de clase.

A la vuelta del tiempo, cuando fue evidente nuestro fracaso con la caída del campo socialista global, usamos el dinero de otras potencias genocidas –como Libia, Corea del Norte e Irán– para fomentar las democracias falsamente socialistas del siglo XXI. Así, le tocó por fin su turno a Venezuela, en el corredor castrista de la muerte muchas décadas atrás, como bien argumentó días atrás el general Ángel Vivas atrincherado en su hogar.
El pueblo venezolano dormía, como tantos en la región. Además, se trataba de una nación que evolucionaba en su incesante clamor por un sistema social más justo y por menos demagogia política, esa tara que arrastramos en Latinoamérica desde que la independencia nos legó su ristra retrógrada de caudillismo.
Los cubanos libres, en Cuba y en el exilio, deploramos de Hugo Chávez desde antes de su elección triunfante. Nunca creímos en su sonrisita cínica. Ni siquiera confiamos en su más transparente elección. Los cubanos todos sabíamos que la mano matarife de Castro no falla. Pero el mundo nos tildó entonces de reaccionarios, de “batistianos” (medio siglo después de Batista), y de “asalariados de Washington” (como, en efecto, muchos no tuvimos más remedio que hacer, por carecer de patria a perpetuidad). Y, aún peor, se nos escupió en la cara el estigma de ser los traidores intestinos de la causa universal de la revolución.
Hoy, Venezuela en plena calle “ha dicho basta y ha echado a andar”, para escarnio de Ernesto “Ché” Guevara, Salvador Allende, y otras víctimas del castrismo aún no reconocidas como tales. En Venezuela estalla una marea popular que no es política, sino de resistencia fundacional. Allí donde fallaron los dictadores y los demócratas, el pueblo venezolano captó que estaba ante su última oportunidad. Las alternativas del chavismo con o sin cáncer se fueron haciendo obvias para los venezolanos con una década de retraso: castrismo a perpetuidad o castrismo a perpetuidad. De ese mongolismo monolítico ya no saldrán, si no se salen ahora.
Los venezolanos son gente linda y libre, como éramos los cubanos. Es ahora que han de romper las cadenas de su cansancio constitucional. El castrismo nunca estuvo tan en peligro de comenzar, por fin, a desaparecer, con o sin Castros octogenarios dictando sus ordalías de muerte desde una Habana inhumada, inhumana.
Es ahora o ahora tu libertad, Venezuela aún viva de milagro en este trance terrible donde hasta la venganza parece virtud.