• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

En Venezuela el semáforo opina

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I.

No hay que ser sociólogo ni nada parecido para saber que las sociedades funcionan gracias a la existencia de normas, imprescindibles para modular la convivencia común. Ni tampoco hay que serlo para percibir que entre nosotros se está perdiendo el sentido de las reglas. Vivimos en una suerte de desbarajuste colectivo, remedo de la caimanera deportiva: reglas imprecisas y cambiantes, ideadas de acuerdo a los intereses del dueño del balón o del más grandote. En un lenguaje más atildado tal vez sería mejor señalar que hay un déficit en la regulación social.  Es como si no hubiera capacidad de crear un orden pacífico vinculante para todos. Las reglas se han degradado, parecieran tener cada vez menos peso. En suma, se ha ido extraviando el significado de la raya amarilla, la que indica lo que se permite y lo que queda prohibido. Si se me permite una cierta exageración, pareciera que estamos a punto de considerar que el semáforo ha sido programado para dar una opinión que se acoge o no, según lo apurado que se encuentre cada conductor. La luz roja no encierra un mandato, apenas una sugerencia.

II.

La violencia es, desde luego, el síntoma más visible del desacomodo colectivo.  20.000 asesinatos al año representan un síntoma terrible, y no mencionemos secuestros, robos y otras formas de violencia, parte también de un escándalo que nos escandaliza cada vez menos. Se nos ha vuelto un dato del paisaje. Pero no es la única señal de la sociedad desencuadernada que ahora somos.  El debilitamiento de las normas refleja un estado general de cosas, que se pone de manifiesto, en distinto grado, en casi todas las parcelas de la vida nacional. Y desde el gobierno no se contribuye, ciertamente, a poner orden, al contrario, es fuente de desorden (la economía es un aspecto muy claro al respecto). No produce una confianza social básica y con ella la seguridad imprescindible a fin de que transcurra normalmente la interacción social.

El gobierno expropió varias de las instituciones estatales en donde se fabrican y aplican las normas. Estas se crean, se cambian, se derogan e interpretan en el marco de una legalidad ad-hoc, en nombre de la revolución, pasaporte moral que permite muchas cosas que no se debieran permitir. Los ejemplos sobran y son conocidos. Muestran la enrome precariedad de la institucionalidad encargada del arbitraje colectivo. Para no aburrir con un relato demasiado extenso, cabe recordar  la última decisión del TSJ amputando el derecho a manifestar.

III.

Así, la  vida de todos se ha hecho poco predecible, carecemos de las certezas básicas fundamentales. Hoy en día, lo que es puede no ser, lo que no es puede que sea. Todo es sobresalto y sorpresa, ocurrencia de última hora. Cada día uno sale a la calle con el bolsillo lleno de interrogantes en plan de ya veremos qué pasa, al encuentro de un país habitado por gente desconfiada, visto que son débiles cánones que ajustan y ordenan nuestras expectativas y comportamientos, es decir, hay un déficit de capital social y hemos bajado en los niveles de cohesión. Faltan, pues, pautas estables cuyo incumplimiento ocasione una sanción. Hay una urgencia de certezas (saber a qué atenerse) y de seguridad (saber que eso a lo cual puede uno atenerse debe ser cumplido). En suma, tenemos un país en el que la vida de cada quien es casi una pura eventualidad.

Harina de otro costal

En materia de fútbol español soy del Atlético de Madrid, que es algo así, me parece, como ser de los Tiburones de La Guaira. Esta temporada mi equipo se encuentra a punto de ganar la liga y quién sabe si hasta la misma copa de Europa. Por razones que no vienen al caso, descubrí que en la primera división de fútbol de la India hay un equipo que se llama Atlético de Madrid Calcuta. Es un franquicia propia de estos tiempos de “globalonización”, término mucho más exacto, por cierto, que el de la globalización acuñado por economistas y afines. Desde que la televisión reemplazó al estadio, los clubes y los fanáticos se han transnacionalizado. La Aldea Global de la que habló el científico canadiense McLuhan es, en verdad, la Aldea Balón.