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Rodrigo Pardo

Venezuela sin salida visible

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Las protestas crecen y se extienden en las calles de Venezuela. La crisis se le está escapando de las manos al gobierno de Nicolás Maduro. Ni la violenta represión ni un tímido intento de diálogo logran sofocar el descontento. La oposición está dividida y no parece capaz de llegar al poder. Desde el 12 de febrero, cuando estallaron protestas, han muerto 41 personas, hubo unos 550 heridos y más de 2.000 han sido detenidos.

El chavismo controla los tres poderes del gobierno y la mayoría de los medios, y no hay elecciones a corto plazo que puedan romper la impasse y resolver una lucha por el poder que sigue acentuándose.

Venezuela es el país con la inflación más alta del mundo. Los comercios están desabastecidos de productos esenciales. Los índices de criminalidad callejera no tienen antecedentes. Y en vez de enfrentar los problemas, Maduro –que recién ha cumplido un año en el poder- denuncia que las protestas son parte de un intento de Estado, algo poco creíble y menos demostrable. Pero tres generales de la aviación fueron detenidos, los medios nacionales y los extranjeros son censurados, y se restringe el acceso al papel de diarios.

Los venezolanos están acostumbrados a la retórica más encendida, la hipérbole desbordada y las amenazas sin consecuencias. Pero la crisis es distinta hoy porque refleja la división que comenzó a hacerse visible desde la muerte, hace un año, de Hugo Chávez, elector en sus últimos días de Maduro como su sucesor.

Enseguida Maduro derrotó por una precaria diferencia de votos, a Henrique Capriles Radonsky, candidato único de la oposición, un joven de gran carisma, moderado y enérgico. Y más tarde, en diciembre pasado, fortaleció su mayoría en elecciones locales.

Sin embargo no hay ninguna señal de que Maduro tenga los instrumentos, el apoyo o las ideas que hacen falta para detener la espiral de violencia en las calles y la parálisis de las instituciones. Y aunque ha contenido la lucha interna en su partido, su posición no está consolidada. Nuevo en el cargo, en medio de crecientes problemas económicos y políticos, todavía tiene que probar que es capaz de cumplir la tarea que le encomendó Chávez.

La oposición, por su parte, aprendió las lecciones de sus fracasados intentos por sacar a Chávez por medios no institucionales, como el fallido golpe de Estado de 2002. Con paciencia logró construir una coalición y competir en elecciones, terreno en el que Chávez era imbatible por su carisma, su gasto descomunal en programas sociales y su uso descarado de los instrumentos del estado.

Pero la oposición está divida en sobre qué hacer. Capriles insiste en la lucha dentro de los canales institucionales, más larga y de cuestionable eficacia para sacar al gobierno. Por otra parte, Leopoldo López y María Corina Machado, dos líderes de la protesta, son más impacientes. López fue detenido en forma injusta y teatral, y Machado fue destituida como congresista, de manera inconstitucional, por criticar al gobierno ante la OEA (Organización de Estados Americanos), usando el asiento de Panamá, cuyo gobierno está en conflicto con el venezolano.

La actitud de la OEA y otras organizaciones internacionales, y la de gobiernos extranjeros no ha tenido ninguna eficacia. Venezuela logró impedir que la OEA (Organización de Estados Americanos) enviara una comisión de cancilleres a evaluar la situación. Por su lado, la Unión de Naciones Suramericanas, organización de países con distintos grados de simpatía hacia Maduro, reclamó abrir un dialogo con la oposición con la mediación de un emisario papal y los ministros de relaciones exteriores de Colombia, Brasil y Ecuador. Los primeros encuentros entre el gobierno y la oposición han aliviado las tensiones pero nadie espera una solución definitiva de la crisis.

En la comunidad internacional nadie quiere pagar un precio por involucrarse más. Aunque no comparten el creciente autoritarismo del gobierno de Maduro, Colombia y Estados Unidos están limitados por sus intereses comunes con Caracas. Brasil no quiere quedar envuelto en una intervención que no le reportaría un beneficio seguro. Y muchos de los países de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de nuestra América, bloque regional formado por Chávez, son beneficiarios del petróleo o bien aliados especiales de Venezuela.

Mientras tanto, el gobierno y la oposición parecen no tener otro camino que la confrontación, con todas las consecuencias políticas, económicas y humanas que eso implica, y sin salida a la vista.

Rodrigo Pardo, ex ministro de relaciones exteriores de Colombia, es director de noticias de RCN Televisión, Colombia.

Copyright: Project Syndicate