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Fernando Luis Egaña

Venezuela prisionera

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¿En Brasil hay presos políticos? No. ¿En Costa Rica hay presos políticos? No. ¿En Uruguay hay presos políticos? No. ¿En Chile hay presos políticos?  No. Y si continuamos haciendo la misma pregunta respecto de casi todos los países de América Latina, la respuesta seguirá siendo la misma: no. 

Hoy en día, a estas alturas del siglo XXI, en muy pocos países de América Latina hay presos políticos. La vieja tara de encarcelar a los ciudadanos por sus ideas críticas al régimen de turno quedó para la mala historia en la mayor parte de nuestra región. Hay notorias excepciones. Una de ellas es la Cuba sojuzgada por el castrismo. Otra es la Venezuela enjaulada por la hegemonía roja. 

En ese sentido, siempre es necesario recordar que cuando Chávez llegó a Miraflores, en 1999, en Venezuela no había presos políticos, ni exiliados políticos ni periodistas o medios que se sintieran amenazados por sus ideas políticas. Recordado esto, también es necesario reiterar que a lo largo del presente siglo esa realidad fue cambiando para muy mal, hasta el punto de que el Estado venezolano es reconocido por la persecución política, por el exilio político y por el acoso mediático.

De hecho, cuando las dictaduras militares de derecha y de izquierda en gran parte del continente, perseguían y encarcelaban a sus nacionales por oponérseles, por allá en las décadas de los años sesenta, setenta y ochenta, una de las naciones escogidas para buscar y encontrar refugio y solidaridad era precisamente el nuestro. ¡Y cómo cambian los tiempos!, porque el que Venezuela comparta con Cuba el desmérito latinoamericano de ser el país de los presos políticos es un “logro” exclusivo de la “revolución”.

El caso de Iván Simonovis da suficiente cuenta de ello, así como también los casos de Leopoldo López y los alcaldes Ceballos y Scarano, entre tantos otros de presos políticos, incluidos numerosos estudiantes y dirigentes sociales. Ya a algunos se les ha “concedido” una libertad restringida y con limitaciones de derechos, para decirlo de manera leve. Y a otros se les ha torturado; sí, torturas en la Venezuela del siglo XXI. Si esto no es un retroceso barbárico, ¿qué es?

El diálogo configurado por Unasur tuvo por tema principal la vergonzosa existencia de presos políticos en el país. Y nada. La hegemonía no quiere ni hablar del asunto. Tan es así que el diputado Edgar Zambrano lleva contabilizadas 51 solicitudes de audiencia al señor Maduro, a fin de plantear el tema de los presos políticos, y ni siquiera un acuse de recibo. Los máximos voceros del poder establecido alegan burlonamente que no hay presos políticos, sino políticos presos, como si en este caso el orden de los factores alterara el producto...

Las “instituciones” llamadas a defender los derechos y garantías de los venezolanos ante los abusos del poder son parte esencial del engranaje de ese mismo abuso de poder, que, en verdad, es mucho más que abuso, es asalto vandálico a través de la represión política, judicial, comunicacional, policial, militar y paramilitar.

Y lo más grave no es solo que haya muchos presos políticos, exiliados políticos y perseguidos políticos por la hegemonía. Es que nadie está a salvo en su libertad, en la medida en que la hegemonía así se antoje. Lo más reciente es la persecución de dirigentes políticos, académicos, editores y líderes estudiantiles, a cuenta del cuento del decimotercer intento de magnicidio con golpe incluido al señor Maduro.

La hegemonía ha montado una jaula en Venezuela y la tiene prisionera. ¿O no?