• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Beatriz de Majo

Venezuela: una papa caliente

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Una papa caliente tiene el gobierno de Colombia en sus manos en lo referente al nuevo y erosivo episodio que está teniendo lugar entre Venezuela y Estados Unidos. Asumir una posición en torno a lo que  viene ocurriendo entre dos de los países más cercanos al devenir colombiano va a exigir de sus  líderes dotes estratégicas y diplomáticas de muy alto performance, si desean resguardar a su país de los coletazos de esta mayúscula crisis, por partida doble.

En esta hora y punto de la coyuntura colombiana, lo que los personeros gubernamentales quisieran es no tener que mirar para los lados, ignorar las decisiones presidenciales gringas que involucran a su país vecino y hacer como que no ocurrieron, al propio tiempo que Santos le pasa la mano por la cabeza a Maduro y que, por debajo de la mesa, estrecha la de su colega norteamericano.

Colombia tiene el plato demasiado lleno. El presidente tiene su más caro proyecto, el de la pacificación y el silencio de las armas, pendiendo de muchos elementos críticos que requieren de una atención constante y dedicada, además de una filigrana política que no admite roces de ningún tipo con su interlocutor, las FARC. Ya las tratativas se han puesto a peligrar en más  de una ocasión por la irreductibilidad de los guerrilleros.

Las concesiones han sido tantas por el lado del gobierno que han despertado una avalancha de críticas en el seno de los opositores políticos al santismo, pero, peor que ello, le ha ganado una caída fenomenal en el índice de favorabilidad nacional. Puede que Santos esté obcecado por conseguir, a cualquier precio, una paz que lleve su sello, pero el hombre es suficientemente astuto para saber que el reconocimiento de los suyos es mucho más necesario que los aplausos internacionales, si desea mantener algo de vigencia y capital político futuro en  su país. En los últimos días el tratamiento del tema del castigo, necesario para los responsables de la guerra intestina de Colombia, está en el tapete de las conversaciones habaneras como un tema crucial. Y tiene que ver no solo con el tenor de las sanciones a aplicar sino quiénes serían los sancionados.

La fortaleza guerrillera ha sido tanta que ya le ha hecho digerir a los negociadores oficiales que si hay penas para los terroristas insurgentes, es igualmente necesario un estatuto legal que, por igual, disponga penas para los militares violadores de derechos humanos y para quienes financiaron la violencia guerrillera.

Igualmente álgido en el escenario colombiano es el tema económico. El equipo del presidente ha logrado no solo mantener a Colombia con la cabeza fuera de agua durante las turbulencias mundiales que han sido las secuelas de la crisis financiera de 2008. Durante la última presidencia de Uribe y las de Santos, el país ha consolidado una economía vigorosa y pujante, la más estable y exitosa del conjunto latinoamericano. En esta tarea han contado con el concurso muy activo de Estados Unidos, que ha encontrado en el país vecino el mejor aliado comercial y particularmente activo en el  terreno de las inversiones. Ello sin referirnos al hecho de que el concurso estratégico y militar de los norteamericanos los ha apuntalado en el fiero combate que las fuerzas armadas han continuado librando para debilitar al frente terrorista guerrillero y controlar el narcotráfico.

La polvareda que ha generado la diatriba entre Caracas y Washington no permitirá esta vez que las naciones del vecindario asuman una posición de medias tintas como la protagonizada por Juan Manuel Santos hasta el presente, al menos en lo atinente a Venezuela. Su solidaridad con Norteamérica siempre ha sido explícita, pero no sin costo cuando ella es observada de este lado del Arauca.

Esta es la hora de las verdades. Es la hora de las chiquiticas, también para Colombia.