• Caracas (Venezuela)

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Alexander Cambero

Venezuela, un país de pocas sonrisas

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Tenemos una nación con pocos eventos felices. Las sonrisas han desaparecido de la mayoría de los rostros, vemos lánguidas muestras de una insatisfacción que se tuesta en el alma. Sombrío, se asoma un horizonte con nubarrones y relámpagos dispersos. Estamos cargados de tantas situaciones desgraciadas que lo mejor que podemos ofrecer está sometido al desiderátum de una realidad que se presenta como un desafío al cual vencer. Los éxitos son pocos y los fracasos se multiplican de manera lamentable. El régimen solo maquilla cifras para ocultar la manera grotesca como un país con enormes perspectivas de crecimiento sucumbió en manos de unos empíricos funcionarios de la desdicha.
Observamos con estupor cómo crece la violencia. Las balas hacen su festín los fines de semana, los episodios de sangre son cruentos y han transformado la tranquilidad nacional. Todo el mundo está en la mirilla de los asesinos. Nadie tiene la plena seguridad de encontrarse en buen resguardo cuando la máquina del crimen acciona su dispositivo mortal. Son miles de historias en donde mueren inocentes en esta suerte de guerra sin cuartel que se libra todos los días. En esta área el fracaso gubernamental es clamoroso, más de 24.000 asesinatos nos colocan como una de las naciones más violentas del mundo. Quien no ha sufrido un caso de estos vive encerrado o bajo la presión de no poder disfrutar de la vida a plenitud. Esto conlleva serios problemas psicológicos que hacen que tengamos ciudadanos temerosos, incapaces de poder desarrollar todo su potencial debido al miedo de poder ser asesinado. Esta condición contribuye a que nos volvamos recelosos, pensando en que es preferible estar seguro en casa que terminar como huésped de un ataúd. Se llenan los consultorios de gente que trata de encontrar en psicólogos y psiquiatras la cordura que se perdió en las calles. Al final, una pequeña luz en medio del oscuro túnel revolucionario: el transiberiano de nuestras vidas.
Nos hemos llenado de colas espectaculares. Rostros compungidos esperando el milagro de un producto en la asolada canasta familiar, horas de sacrificio extremo para lograr que algún paquete de harina de maíz, rollo de papel higiénico o la generosa presencia del pollo brasileño nos convierta en sobrevivientes del régimen. Es la pesadilla que trae consigo un proceso revolucionario que arruinó a nuestra patria, humillándola con este trofeo a la ineptitud. Se mueven como hormigas persiguiendo la comida, casi es un asalto violento cuando todos se arremolinan para alcanzar la presa. Después culpan al sector privado de su propia incapacidad. Es la muestra más real de cómo el socialismo es solo una doctrina fascinante en la teoría, pero inviable en la realidad.
La nación con mayor perspectiva del continente está arruinada. No solo es el aspecto económico que descubre una dramática realidad, ocultada por los precios petroleros que sirven para remendar el capote. Han pulverizado nuestras reservas hasta llevarlas a cifras caóticas. La crisis se ha multiplicado y la pobreza extrema crece, más allá del eficaz cosmético oficial. El pueblo sufre un desmedro en su calidad de vida. Todo está paralizado, no existe una política real que indique que podamos salir prontamente del atolladero. Al régimen le interesa destruirnos para, con los recursos del Estado, manipular a la gente con su necesidad. Buscan transformar el hambre nacional en un arma que los sostenga en el poder. Mientras tanto vemos un pueblo triste que subsiste atrapando migajas que logra conseguir en las kilométricas colas. Ahora somos un país de ciudadanos desperdigados por el mundo, gente que huye ante la cruel realidad que soportamos estoicamente. Con semblantes de los que también se marchó la sonrisa hasta escenarios profundos del alma abrumada, misterios hondos del socialismo. Hace falta un sacudón para que vuelva la posibilidad de cambiar.