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Diario La Nación | Argentina

Venezuela y la oportunidad del diálogo

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Las protestas pacíficas venezolanas contra el régimen de Nicolás Maduro comenzaron hace más de dos meses. Los estudiantes han actuado en ellas con una valentía y un coraje cívico dignos de elogio, incluso a pesar de la violenta e ilegal actuación de los grupos paramilitares de matones, organizados y desplegados por el gobierno bolivariano para tratar de diluir así las graves responsabilidades que pesan sobre sus hombros por la ilegal e inhumana represión ocurrida.

No obstante, la posibilidad del diálogo siempre estuvo latente. Lo cierto es que la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) ha sido exitosa en su misión de reunir a las partes para comenzar a dialogar, en principio, porque es cierto que la desconfianza generada por su pasado desempeño no le permite ser vista como un mediador leal, independiente e imparcial.

La oposición venezolana propuso tempranamente que la mediadora en el conflicto que divide a la sociedad venezolana fuera la Iglesia Católica, apostando así a la influencia y capacidad de persuasión del papa Francisco y sus colaboradores. El gobierno de Maduro, inicialmente renuente a recurrir a esos buenos oficios, terminó aceptándolos, presumiblemente para fugar hacia adelante y detener, al menos por un rato, las protestas de su pueblo.

Para conversar es necesaria la igualdad entre las partes: un diálogo real supone evitar los conocidos y poco constructivos monólogos de Maduro, y que estén todos dispuestos a admitir que nadie es dueño de la verdad. Por eso hay algunos pasos previos que aún deben darse: la liberación inmediata de todos los presos políticos -aquellos que hoy enfrentan grotescas parodias de juicios- y la disolución de los perversos grupos armados de matones entrenados para el choque y la violencia (los llamados "colectivos"), que Maduro parece haber utilizado hombro con hombro con sus fuerzas de seguridad, según lo certifica la dura descripción de la realidad de la reciente carta pastoral de la Conferencia Episcopal de Venezuela.

También es necesario pensar en la creación de una Comisión de la Verdad, que debería tener como misión investigar lo sucedido y determinar las responsabilidades consiguientes: por ejemplo, la de aquellos funcionarios que, como la defensora del pueblo, han avergonzado a su país y a toda la región al defender increíblemente el uso de la tortura como método presuntamente legítimo "para obtener información".

La Iglesia Católica ha sido exitosa en la promoción de un mecanismo de diálogo, el paso inicial imprescindible, pero no ha comprometido todavía su mediación o facilitación en la emergencia, por prudencia y para poder ser efectivamente útil. El actual secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, ha sido nuncio apostólico en Venezuela y por ello su consejo al Pontífice será seguramente decisivo en la definición del rol que, en más, pueda jugar la Iglesia Católica en impulsar una salida sensata de la profunda crisis venezolana.

Si bien el diálogo ha comenzado y las partes sólo han reafirmado sus pareceres, lo han hecho en torno a una misma mesa y frente a las cámaras de televisión, en un país en el que Hugo Chávez logró silenciar a los medios disidentes y reemplazarlos por sus propios corifeos, empeñados en cantar loas interminables al gobierno.