• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Antonio Sánchez García

Venezuela y la “objetividad” de los medios internacionales

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

A Idania Chirinos


“Cuando se declara la guerra, la verdad es la primera víctima”

Lord Ponsonby: Falsehood in Wartime: Propaganda Lies of the First World War (1928)


1

Sigo a diario la información que sobre la crisis que nos afecta a los venezolanos se difunde a través de los medios impresos y televisivos en el mundo. Soy atento lector de El País, El Mundo, ABC y La Vanguardia, de España; La Tercera, La Segunda y El Mercurio, de Chile; Clarín, de Buenos Aires; Fohla de Sao Paulo y O Globo, del Brasil; Excélsior, de México, y otros principales periódicos de habla hispana. Sin contar tres esenciales referencias periodísticas para seguir las matrices de opiniones que se generan a través de sus informaciones, reportajes y líneas editoriales: The Washington Post, The New York Times y Le Monde.

Los problemas vividos en Venezuela por los dos más importantes medios televisivos de noticias en nuestra región –NTN 24 y CNN en español– me han obligado, asimismo, a seguir sus reportajes y noticieros para constatar la veracidad de las acusaciones de parcialidad y sesgo esgrimidas por el gobierno venezolano para sacar del aire a la primera y mantener en la parrilla de las cableras del país a la segunda. Expropiados, cerrados, comprados o asfixiados mediante la censura y la autocensura todos los canales de televisión del país y fuera del aire NTN24, CNN en español es la única vía de información que permanece activa para medio enterarnos de lo que nos acontece en el día a día y el hora a hora a los venezolanos. Para saber qué pasa en Venezuela los venezolanos debemos ir, metafóricamente, a Atlanta. Una censura brutal que padecemos, y es importante señalarlo para que se vea la inmensa trascendencia que tiene para nuestro presente y nuestro futuro la verificación de la llamada “objetividad periodística”, la más poderosa castración comunicacional e informativa que haya sufrido país y pueblo alguno de la región, con excepción de Cuba, en el presente, y las dictaduras del Cono Sur, en el lejano pasado.

Salvo contadísimas excepciones, observo en todos dichos medios la presencia explícita o implícita de prejuicios consciente o inconscientemente convertidos en velo que nubla la verdad de lo que sucede en Venezuela. ¿Cuáles son esos prejuicios, propios de la hegemonía dominante de la izquierda preconciliar que trasmina toda la cultura de Occidente y particularmente la de nuestra región? Los que sintetizados dan por resultado final que en Venezuela se vive un “violento enfrentamiento” bajo la dialéctica de la “polarización” entre ricos y pobres; clase alta/clase media contra clase media baja/clase baja; geográficamente ubicadas en las coordenadas este/oeste de Caracas e ideológicamente articuladas entre izquierda y derecha del espectro político.


2

Insólito: en ninguno de dichos medios se hace mención del hecho innegable de que por sobre todas esas cómodas categorías antinómicas fáciles de digerir por el lector o el televidente apresurado se esconde la más esencial de todas ellas, la más de las veces aviesamente solapada por sus corresponsalías: que en Venezuela se vive un enfrentamiento entre dictadura y democracia, entre constitucionalidad o inconstitucionalidad, que en  nuestro país prácticamente no existen partidos de derecha, como se los entiende en España, en Colombia, en Francia o en Chile. Que los más destacados líderes de la izquierda socialista –de Pompeyo Márquez a Américo Martín– son activos dirigentes opositores y que Leopoldo López, el líder incuestionable de la militancia opositora de la actualidad, se proclama “socialdemócrata”. ¡Vaya derecha! Que el capital financiero ha crecido exponencialmente haciendo más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Que se han evaporado más de 2 millones de millones de dólares y que ha surgido una nueva burguesía superpoderosa al abrigo del régimen imperante. Dejando prácticamente sin cobertura el robo, exacción, asalto o como quiera llamarse de 30.000 millones de dólares. ¡Vaya ricos! La guinda de la torta: el líder del reclamo nacional, multirracial y multiclasista no es un joven político casado y padre de dos hijos dedicado en cuerpo y alma a la liberación de su Patria: “Es el hijo de una acaudalada familia”. Cosas veredes…

Imposible encontrar en El País de España o en Le Monde, de Francia, una información sobre la brutal represión de fuerzas militares, paramilitares y hamponato motorizado contra los inermes manifestantes y habitantes de Chacao o Altamira sin que se mencione que dicha acción “de las fuerzas del orden”, producto de “violentos enfrentamientos” no se haya celebrado “en el barrio de clase media” del “este de Caracas”. ¿Algo que objetar a verdades tan obvias? Solo un lector avisado puede leer el mensaje sin llegar a su contenido subliminal que consciente o inconscientemente el corresponsal o redactor de la noticia le ha hecho llegar a quien no tiene el menor antecedente histórico de lo que ha llegado a ser esta grave crisis de excepción que atribula a nuestra sociedad. Y sus características sociales. La verdad verdadera no es el objetivo de la objetividad mediática: es la noticia. Mientras más turbia, más amarilla y más digerible, mejor.


3

Fernando del Rincón, una estrella mediática de nivel continental del más afamado canal de noticias del hemisferio –CNN en español–, al que se le agradece el loable esfuerzo por poner en su punto de mira la crisis que sufrimos, dio muestra palpable de ese clásico equilibrio de la llamada “objetividad periodística”, en rigor y ante casos de conflicto, darle voz en igualdad de condiciones a los contendientes. No importa si las palancas del poder: el control de las fuerzas armadas, del Estado en su conjunto y lo que linda en el delirio la disposición excluyente de los medios y el derecho de vida o muerte sobre quienes considere sus enemigos, sea el monopolio exclusivo y excluyente de uno de dichos contendientes. Así disguste decirlo en voz alta: una dictadura.

Así, llevado por su salomónico principio del equilibrio informativo, Del Rincón pone frente a frente a representantes arquetípicos de las dos partes, para que ventilen sus diferencias ante una teleaudiencia ignara de lo que ambos personajes significan en medio de esta crisis existencial de la que tampoco tienen clara noticia. De un lado un general de la República, dado de baja por oponerse a que las fuerzas en la que hace vida profesional sean dominadas y controladas por las fuerzas armadas de un país extranjero –Cuba– y el cual, juzgando que su juramento constitucional le exige defender por sobre todas las cosas y sus personales intereses la soberanía de la patria que ha jurado defender, ha ventilado el caso ante la justicia militar. Y que, del otro lado, se encuentre el jefe y fundador de un grupo terrorista y paramilitar, los llamados Tupamaros, de cuyas acciones amedrentando, persiguiendo, hostigando e incluso asesinando civiles hay testimonios gráficos y televisivos a manos llenas.

Cierto: el general en retiro se ha hecho fuerte en su casa, sita “en el Este de Caracas, en un típico barrio de clase media”, y esgrimiendo un fusil ametralladora de alta potencia ha gritado a los efectivos armados que venían a aprehenderlo, sin mostrar orden de allanamiento ni identificación alguna, pudiendo haberse tratado de agentes de los servicios de inteligencia cubana, que: “Yo no me entrego a fuerzas armadas controladas por un país extranjero”.

Del escogido “interlocutor”, un sujeto conocido en los bajos fondos de la ultraizquierda venezolana como el Gato, se pudo sacar en claro tanto como lo permitía el primitivo y gutural manejo de su escaso dominio idiomático. No era más que lo que en el argot callejero venezolano se llama “un malandro”, un forajido armado hasta los dientes y provisto de antecedentes marxistas leninistas que forma parte de las bandas armadas que Nicolás Maduro y su gobierno denominan “colectivos” y a los que en su última alocución por cadena nacional, celebrada este 5 de marzo, ordenara salir a cazar opositores, dándole luz verde para cometer los desafueros, destajos y asesinatos que, en efecto, comenzaron de inmediato a efectuar. Acelerando sus motos de alta cilindrada –regaladas por miles por el gobierno a sus seguidores–, gritando y disparando a los edificios de “barrios de clase media media” en urbanizaciones ni tan de clase media. Faena complementada con tanquetas antidisturbios que acompañados de música del cantante Alí Primera anunciaron por los altavoces que los vehículos estacionados en las proximidades recibirían su merecido, pasándoles por encima en una auténtica noche de Walpurgis.


4

Ciertamente: sucedió en un barrio de clase media. Al que suelen asistir a protestar jóvenes de los sectores populares de Caracas. Puesto que matones del gobierno que controlan los barrios en los que habitan los sectores más desvalidos de las grandes ciudades venezolanas obligan a sus desprotegidos moradores a encerrarse en sus modestos sucuchos en cuanto oscurece, so peligro de ser asesinados. Como los más de 25.000 venezolanos que fueran asesinados en el año 2013. Y los más de 200.000 acumulados desde que los venezolanos cometieran uno de los más grandes errores políticos de sus vidas: elegir a un teniente coronel golpista, inescrupuloso y enfermo de megalomanía. Cuya muerte y desaparición ha terminado por hundir a Venezuela en las profundidades tenebrosas de una auténtica pesadilla.

Pude haber llenado este reclamo a los medios internacionales con citas a destajo. Para quienes lo deseen o requieran, están a la orden. Pero no puedo terminar sin hacer mención de uno de los más ominosos desafueros cometidos por un corresponsal caraqueño de uno de los más importantes medios extranjeros: posiblemente consciente de que escribía para españoles y no para venezolanos, que conocen a la pieza y saben qué puntos calza, se permitió calificar al peón clave de la persecución judicial y extrajudicial a la oposición venezolana desde hace más de 10 años, militante furibunda desde la universidad de uno de los grupos más radicales de la ultraizquierda venezolana, a la que los sectores democráticos le deben un sepulcral silencio sobre los más aterradores crímenes de esta, con razón calificada como la de Hitler, “justicia del horror”, la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, de no ser más que una mera “simpatizante” del chavismo. Valiente “simpatizante” que no le ha dado curso a ninguna de las causas solicitadas por las fuerzas democráticas.

Así se escribe la historia de estos desaguisados. Como diría Hamlet: “El resto es silencio”.