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Venezuela, la hora de la sensatez

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Al diálogo en Venezuela se le agota la gasolina. Si en los próximos días el gobierno de Nicolás Maduro no cumple lo prometido, o hace un gesto significativo, la oposición no volverá a la mesa, según amenazó. Unasur, que a través de los cancilleres de Colombia, Ecuador y Brasil, más el nuncio del Papa, ha hecho notables esfuerzos por destrabarlo, lleva varias jornadas buscando acercamientos.

Al comienzo del proceso había avances: se hizo una revisión médica del excomisario Iván Simonovis –emblemático preso político, detenido hace 10 años, acusado de homicidio durante el breve golpe de Estado que tumbó a Hugo Chávez en 2002– y se activaron conversaciones en la Asamblea Nacional para la elección de nuevos representantes en el Poder Electoral, la Contraloría y la Defensoría, cuyos períodos están vencidos y que han demostrado estar muy vinculados al gobierno. También se habló de instalar una comisión de la verdad imparcial que investigue los 42 muertos y 800 heridos que han dejado los choques desde el 12 de febrero.

Pero en dos semanas estos avances quedaron en nada. Los portavoces del gobierno –como el ministro de Interior y Justicia, Miguel Rodríguez, y el presidente del Legislativo, Diosdado Cabello– han demostrado el poder que tiene el ala más radical del chavismo al desestimar los compromisos iniciales. Arreció la represión de las protestas, se congeló el tema Simonovis (apenas si se tocó el de Leopoldo López) y el oficialismo decidió hacer una comisión de la verdad, pero integrada solo por ellos.

La oposición ha dicho que no estará en la mesa para siempre y asegura que una parte del gobierno quiere avanzar –entre ellos, Maduro–, pero no tiene juego frente a los ‘hombres fuertes’ del chavismo radical. Mientras tanto, las razones de fondo del descontento siguen sin freno: la inflación de más del 60%, la escasez, la inseguridad, la represión y las denuncias de injusticias y torturas.

Es urgente que los líderes del gobierno y la oposición lleguen a puntos mínimos de convivencia, no solo porque la convulsión social puede llevar a extremos aún más intolerables, sino porque la economía del país está cada vez más cerca del colapso. El pueblo venezolano no lo merece; llegó la hora de la sensatez.