• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Beatriz de Majo

Venezuela y el escenario electoral colombiano

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Todo el mundo se pregunta cómo nos irá a los venezolanos con el nuevo presidente de los colombianos. La variación que pueda haber en la relación es clave para ambos países por distintas razones.

De ser Santos el seleccionado para repetir, le conviene a este mantener el statu quo con Venezuela, aunque a su país la aparente buena relación entre los dos presidentes no le haya redituado buenos beneficios. Si vemos las cosas de cerca, hay que considerar que buena parte de la deuda de Venezuela con Colombia está aún sin pagar y a ella se han sumado nuevas, entre otras la de Avianca. La cifra monta a varias centenas de millones de dólares difíciles de deleznar. Pero, peor que eso, el comercio bilateral –léase las exportaciones colombianas a Venezuela que es lo único que tradicionalmente ha contado– se ha “descolgado” de 7.300 millones de dólares en 2008 a cerca de 1.000 millones este año, a pesar del afecto mutuo declarado por los dos homólogos de Miraflores y Nariño. Como si lo anterior fuera poco, a las importaciones del país vecino se las hostiga en la frontera venezolana y las aduanas bolivarianas les aplican requisitorias mucho más severas que a las de otros países. Sin embargo, exhibir unas relaciones calmadas con el vecino le sirve a Juan Manuel Santos para no tener un motivo de urticaria en las negociaciones de paz con las FARC y para mostrar al mundo un talante conciliador.

A Zuluaga las relaciones con Venezuela le importan en la medida en que la revolución bolivariana o el “castro-chavismo”, como lo llaman ahora en suelo vecino, no intenten replicarse más allá de la frontera del Arauca. No creo que le quite el sueño que el narcotráfico venga a refugiarse en suelo nuestro, pero sí que la guerrilla se mantenga activa como consecuencia de la buena pro y de los dineros de tal castro-chavismo. Veríamos al nuevo mandatario, como lo ha prometido, acudir a los organismos internacionales que velan por la democracia, la paz del continente y por los derechos humanos para replantear temas espinosos sobre sus transgresiones en Venezuela, a los que la comunidad de naciones prestará más atención de la que les presta hoy. Tampoco sería raro, dado el talante agresivo del gobierno de Caracas y su incapacidad de relacionarse con quien les adversa, que la designación de este líder uribista traiga como consecuencia la declaratoria de una nueva crisis y otra brecha de distancia o de conflicto a sobreponer.

¿Qué nos conviene a los venezolanos, entonces, que ocurra en la segunda vuelta de las elecciones colombianas? La verdad es que nuestro país, en la hora actual, se encuentra en el peor de los mundos. Un status quo con Santos nos servirá apenas para que Colombia siga acogiendo de buena gana a los inversionistas pequeños y medianos que a diario huyen de nuestro país. Pero no para mucho más. Colombia bajo la conducción de Juan Manuel Santos no ha sido capaz de alzar su voz contra los desafueros antidemocráticos venezolanos, y ello a pesar de que conocen más de cerca que ninguno la represión, las violaciones de los derechos fundamentales y la perversa concentración de todos los poderes. Sus actuaciones en Unasur y la OEA así lo certifican. ¿Es ese el socio que necesitamos del otro lado de la frontera?

De ser Zuluaga el ungido por la voluntad popular, Bogotá pondrá en el ventilador global los problemas que nos aquejan porque una perversa metástasis de los dramas venezolanos le haría mucho daño a Colombia. Eso ocasionaría la perversión de las relaciones políticas entre las dos naciones de manera sensible o fatal y las económicas –que ya sabemos que son flacas– seguirán la indetenible picada que se inició desde la época de Hugo Chávez.

La batalla electoral está planteada como un “final de fotografía” en el que la decisión del electorado puede inclinarse a favor de cualquiera de los dos candidatos. El ganador se enfrentará a un país harto complejo con solo la mitad de los votantes de su lado. El presidente electo tendrá el plato lleno con sus propias turbulencias. Venezuela, en ese mapa, no jugará, sin duda, un papel de mucha relevancia.