• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Edgar Cherubini

Venezuela y el “efecto Lucifer”

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Daniel Cohn-Bendit se declaró solidario con las protestas populares en Venezuela luego de hacer una crítica demoledora del régimen de Maduro a quien calificó de alguien capaz de traicionar a su patria y a sus compatriotas, cuando acertadamente afirmó que “es el hombre de Cuba, como Yanukovich en Ucrania era el hombre de Moscú”. (Europe 1, À l'ombre de l'Ukraine, le Venezuela, 24/02/2014). El otrora “Dany el rojo”, líder estudiantil de la Revolución de Mayo de 1968 y actualmente diputado en el Parlamento Europeo, también apunta sus baterías contra esos grupúsculos de la izquierda francesa que aún apoyan al chavismo: “Parece no molestarles que la prensa sea atacada, la libertad confiscada y que la corrupción campee. Frente a ese nuevo alzamiento popular de las últimas semanas hacen como si no existiera”. Esto no debe extrañarnos, pues lo mismo ocurrió luego de las revelaciones de Khrushchev en 1956 sobre los horrores del estalinismo, produciendo en muchos dirigentes e intelectuales de izquierda una negación psicótica de la realidad, avalando por igual el sojuzgamiento de los países del Pacto de Varsovia a la URSS, la invasión de Hungría (1956), el aplastamiento de la Primavera de Praga (1968) o la invasión de Afganistán (1980), por mencionar algunas reincidencias. Esa izquierda francesa a la que se refiere Cohn-Bendit está representada en el Front de Gauche, que engloba al Partido Comunista Francés y a una diversidad variopinta de organizaciones e individualidades. Los que se despojaron de esa distorsión cognitiva sobre Stalin corrieron presurosos a cantarle alabanzas a un nuevo tirano comunista, tal fue el caso de Sartre, quien en 1960 viajó a Cuba a rendirle pleitesía a Fidel Castro a los catorce meses de instaurada la revolución.

 

El mal de la inacción

Junto con los “guardianes del templo” comunista que representan un débil y marginal 11% del electorado francés, convive una liga de intelectuales desprovistos de toda ética política. Escudados en las banderas de la deconstrucción colonial, el tercermundismo y el antiimperialismo, sin mencionar su odio a Israel, colocan en la mesa del juego político una desatinada apuesta de todas sus fichas a una marea de fondo antidemocrática y antioccidental en Latinoamérica, orquestada por regímenes dictatoriales como el de Cuba y Venezuela, liados en una danza de la muerte con la nueva internacional comunista que es el Foro de Sao Paulo, grupos terroristas como Hezbolá y narcoguerrilleros como las FARC, que campean en esos tristes trópicos.

Son capaces de rasgarse las vestiduras, marchar y protestar contra la globalización, pero incapaces de mencionar una palabra sobre los crímenes cometidos por el régimen chavista, los presos de conciencia de la aberrante dictadura cubana, los campos de concentración de las FARC o el desastre ecológico y humanitario en la Amazonia brasileña durante el gobierno de Lula, entre otros desmanes.

Sin duda, el tercermundismo, que según Pascal Bruckner es la “militancia de la expiación”, hoy se ha convertido en una apuesta temeraria por el “se vale todo” del socialismo del siglo XXI. 

En la compleja geopolítica del presente, algunos promotores del tercermundismo llegan a traicionar sus propios valores, mientras otros mantienen un silencio cómplice dentro del political correctness de los sistemas democráticos donde viven, sin temor a ser perseguidos por expresar sus ideas en libertad.

Amancebados con los regímenes de Cuba y Venezuela, lo que ha privado es la transacción, el utilitarismo, el cinismo o la simple perversidad, pues nos negamos a creer que se trata de idealismo o miopía, pues la llamada “revolución bolivariana” está a mucha distancia de la práctica del socialismo democrático moderno del que tanto disfrutan, debaten y conversan cobijados puertas adentro en los bistrots o desde sus púlpitos en prestigiosas universidades. 

Es una pulsión que florece y da sus frutos en el terreno del cinismo o de la psicología clínica, pues apoyan a regímenes que han borrado los límites entre partido, gobierno, Estado y nación, tomando por asalto las instituciones y demoliendo todo concepto de democracia, entre otros desgarramientos que ocurren en esas latitudes a las que viajan de vez en cuando en sus “tours revolucionarios”, eso sí, con boleto de regreso.

Seducidos por la fascinación hacia sus líderes carismáticos y sus mesiánicos desvaríos, avalan toda clase de crueldades. Como bien lo afirma Mark Lilla (La seducción de Siracusa): “Las doctrinas del comunismo, del marxismo en todas sus barrocas mutaciones, del nacionalismo, del tiers mondisme, en ocasiones animadas por el odio contra el poder despótico, fueron todas capaces de generar feroces dictadores, pero también de cegar a los intelectuales ante sus crímenes”.

Si bien el régimen chavista se muestra hoy en su naturaleza totalitaria sin ningún pudor, no menos funesto es el silencio cómplice ante su despotismo. Como bien apunta el psiquiatra Philip Zimbardo (The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil, Random House, 2007): “El mal de la inacción o del silencio es una nueva forma del mal, que apoya a aquellos que perpetran el mal”.