• Caracas (Venezuela)

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La base de datos de patentes de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), denominada “Patentscope” (http://www.wipo.int/patentscope/es/) comprende hoy 55 millones de documentos de patentes a las cuales todo investigador, empresario, ministerio e inventor independientes puede acceder gratuitamente. Aquellos que debaten que hoy no hay acceso al conocimiento o a la cultura deberían pensarlo otra vez. Nunca hubo en el mundo más información y mayor acceso gratuito que en la era digital. Patentscope es solo una muestra de lo disponible en el mundo del conocimiento. Si existe dicho acceso es porque la contrapartida al otorgamiento de un derecho exclusivo al titular de una patente es la divulgación de la misma para generar más innovación y más conocimiento.

Y es, consecuentemente, a la sociedad del conocimiento a la cual Venezuela debe sumarse. Acá no hay ideologías que valgan ni excusas atendibles. Cualquier proceso no contaminado y desapasionado de observación y razonamiento objetivo determinaría, sin duda alguna, que es la única opción realista. Muchos pensarán que es una capitulación, pero, lejos de serlo, es una demostración de pragmatismo y de adaptación a un mundo cambiante, el cual, por momentos y por caprichos, a veces nos deja en el andén de la historia. China lo hace. Cuba lo hace, Vietnam lo hace. Corea del Norte no lo considera. Hay que elegir.

Herético como pueda parecerles a algunos sectores, hoy lo más aterrizado es firmar acuerdos de libre comercio que nos permita ingresar a mercados con bajos o sin aranceles y sumarnos a cadenas productivas de valor para insertarnos, con uso intensivo de propiedad intelectual venezolana, en sectores donde el país tenga ventajas competitivas. Así como la globalización no tiene por qué gustarnos, sino aprender a manejarla, la firma de tratados puede, o no, ser compartida por todos y saber reconocer que la PI no es la panacea que soluciona todo y mucho menos la reazi de todos los males que algunos pregonan, hoy es la realidad, reitero, de Cuba a Estados Unidos y de China hasta Chile. Quedarnos en materias primas sin valor agregado cuyos precios son cíclicos es un ejemplo demasiado doloroso como para repetir.

Venezuela tenía investigación de nivel mundial. Desde el IVIC a la Universidad Central pasando por universidades privadas y lo que hoy está siendo patentado en otros países por ex becarios de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho donde decenas de miles de venezolanos se formaron en los mejores centros de excelencia del mundo. La creatividad no tiene ideología. Mejora la calidad de vida de todos. No sabe diferenciar entre aquellos que tienen y no tienen. Genera riqueza que amplía la base tributaria, atrae inversiones, genera trabajos especializado, distribuye el ingreso, crea PYMES. 

De hecho, antes del vencimiento del derecho exclusivo es, por ejemplo, que la industria de los genéricos puede comenzar la tarea de producir esos medicamentos utilizando la información de las patentes, los cuales serán porcentualmente mucho más asequibles para el público en general. Hoy los avances en la investigación y la disponibilidad de nuevos fármacos, originales o genéricos, han permitido salvar vidas, así como mejorar y extender la esperanza de vida de la población mundial en general. Los genéricos necesitan de las patentes para existir. ¿Que necesitamos mayor acceso? Sí. ¿Que debemos buscar fórmulas más creativas de tenerlo sin entrar a debates fútiles? También. Pero siempre recordando que es el Estado el responsable de la salud de los venezolanos y no una firma farmacéutica.

En mi última visita a Cuba como director para América Latina y el Caribe de la OMPI tuve el encargo de nuestro director general de hacer entrega de una medalla a la innovación a un instituto y sus investigadores que habían descubierto y patentado un biofármaco que previene la amputación del pie diabético. Terminada mi breve charla me di vuelta y me encontré de frente con el Dr. Fidel Castro-Díaz Balart, hijo de Fidel Castro y quien funge como asesor en ciencia y tecnología del Estado. Recuerdo con meridiana claridad que solo extendí la mano y cada palabra que me dijo: “A las patentes no hay que quererlas ni odiarlas. Hay que usarlas”. Esta en la primera página del Granma.