• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Francisco Javier Pérez

Venezuela no declarativa

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El comentario busca propiciar una reflexión de iluminación. La palabra ha tomado una tal entidad en el tiempo presente que todo (o casi todo) nace como lenguaje y muere como tal. Lo que parece tener valor indiscutible es el decir por encima del hacer. Desquiciando el fundamento que señala las capacidades del lenguaje para fundar la realidad, ésta se menoscaba para ganar terreno en los espacios de la palabra visible (una pérdida de audibilidad, su vehículo físico natural) y convertirse así en instrumento torcido de los medios de comunicación o en recurso de publicidad o propaganda.

Día a día nos confrontamos con los voceros del decir patriótico, con los amadores supremos de la nación, con los entregados al engrandecimiento del país, con los paradigmas del altruismo más poderoso, con los desprendidos que darían hasta su vida por hacer que estuviéramos mejor, con los desgarrados por la situación en que vivimos, con los pasionarios que sufren como los que más ante el dolor de los otros, con los desinteresados frente a los réditos de toda índole, con los paladines de la misericordia, con los héroes del altruismo y, en suma, con los hacedores de patria, seres todos exhibidores de un amor tan desmedido y desmesurado por lo venezolano que es imposible permear en lo más mínimo esas pasiones. Sin importar si esos mismos arrebatos, pasiones, amores, desintereses, desgarros, desprendimientos, caridades y entregas serán o no correspondidas (en la mayoría de los casos, la respuesta es no), viven y mueren ganados por un espíritu de declaración ultra, ultra, ultra todo lo ya dicho (un ultra de ultras), que parece imposible superar tanto todo superlativo e hiperbólico.

El meollo radica en la declaración pública, en lo que digo sobre, y no tanto en la realidad de lo que manifiesto y, menos, en la verdad de la ejecutoria cumplida sobre lo que digo. Es el triunfo de la palabra como ente de convencimiento y no como referencia verdadera. La palabra como coerción programada y manipuladora para que quede en frase lo que no puede existir en realidad. Cuenta más lo que señalo como vacía espiritualidad nacionalista que los logros auténticos que, señalados o no, siempre quedarán allí como monumento y documento de las tareas cumplidas.

Las anteriores reflexiones cobran fuerza cuando se evalúa la necesidad que tienen los hombres públicos (especialmente los políticos, pero no solo ellos) de reafirmarse por la palabra. Cuando las obras escasean o no existen, es la palabra la que debe ocupar el lugar de las obras. El poder de la palabra no necesita confirmación. Si digo en público que la obra se ha hecho, ya está hecha. Si comento que la obra será la más grande del continente, así será. Si escuchamos decir que alguien ha robado, ya ese alguien es un ladrón, sin importar si eso es verdad o no. Es la declaración la que cuenta y la que nos sirve de vehículo para enaltecer o enmendar. También, nos sirve la palabra para acabar con la reputación de los otros.

Venezuela pasó de ser un país de obras a un país sin obras. La transformación corre paralela con el paso del país no declarativo al del país declarativo. Nuestro siglo XIX fue declarativo en exceso, pues había que crear el panteón heroico y solo se podía lograr eso con el lenguaje de la epopeya. Sobre el gran Eduardo Blanco, uno de nuestros grandes de la palabra, cae como una lápida esa responsabilidad que él no inventó, sino que fue llamado a concretarla en texto. Las primeras décadas del siglo XX fueron también declarativas, pues las dictaduras no tienen otro recurso que la propaganda. Nunca el “amor al país” tuvo tanto espacio entre nosotros que durante las dictaduras iniciales del siglo pasado. Las obras, sin duda necesarias, llevaban nombres ampulosos (v.g. el “Gran ferrocarril de Venezuela”, que no llegó a ser ni grande ni de toda Venezuela; fue, más bien, tren y pequeño). No importaba, pues la declaración había sido hecha y eso bastaba. Por este camino discurrirán todas las dictaduras que en Venezuela han sido. Luego vivimos los tiempos ampulosos del país saudita (la “Gran Venezuela”), que no hicieron más que continuar la tendencia palabrera (aunque no hay que dejar de reconocer la hechura de grandes obras para el país y la consolidación de brillantes proyectos de modernización; en cierta medida, una continuidad en trabajos de envergadura que buscaban emular los de la dictadura de Pérez Jiménez). La fraseología declarativa grandilocuente fue cansona por vacía y triste por mentirosa. El hoy del país no hace sino confirmar la insistencia declaratoria y la nefasta realidad de atraso que esa insistencia esconde.

Sin embargo, hubo siempre una Venezuela no declarativa y a ella quiero referirme. Una Venezuela del hacer sin decir. Una Venezuela de la sencillez y la modestia. Una Venezuela llana y con los pies sobre la tierra (y no aludo a la campechanería del pueblo, sino a la sencillez de nuestra sociedad). Una Venezuela en donde cada quien hacía su parte sin decir que la hacía. Una Venezuela que creía en el bajo perfil y no en la propaganda. Una Venezuela en la que los entes públicos no necesitaban de la publicidad, pues, simplemente, hacían lo que les tocaba. Una Venezuela en donde Venezuela no era noticia, simplemente era.

El espíritu no declarativo ha exhibido sus mejores saldos lejos de la vida pública y a kilómetros del narcisismo nacional. Escritores emblema, científicos notables, artistas irrepetibles, constructores silenciosos del país físico y espiritual, prelados de la acción social, servidores públicos auténticos, hombres y mujeres de familia y de bien, trabajadores responsables, empleados orgullosos por la misión bien cumplida, etcétera, etcétera, fructificaron en un país que tenía fe en la obra por la obra misma. Cada uno en su lugar y todos en un mismo lugar en pro de Venezuela conquistaban su felicidad para ellos y se la daban al país con la satisfacción de haber hecho un aporte específico y palpable, sin excusas ni justificaciones y sin engreimientos ni echonerías. Sabiendo que se hacía patria sin declarar que se hacía, el país fue creciendo en grandes obras y en grandes iniciativas de crecimiento en todas las áreas que componían la vida nacional.

La Venezuela no declarativa, esa que hizo del pudor, de la discreción y de la buena educación los mejores botones de su vestuario, gestó un país de hacedores y no uno de mentirosos y falsarios, como vendría después, que poco o nada hicieron pero que declararon mucho sobre lo que iban a hacer y no hicieron.

El país de hoy necesita volver a ese tiempo de la no declaración. Momento en donde el comedimiento y el callar tenían un valor. No otro que el de la modestia verdadera. No otro que el del compromiso con las instituciones y las empresas (grandes o pequeñas, nacionales o locales). No otro que el de la sobria compostura. No otro que el del respeto hacia los otros que no tienen por qué soportar la vanidad y el maltrato del que declara y declara y declara qué y cuán grande es y cuánto y cuánto le debemos.

Mientras llega el momento de cambiar, quiero declarar que el país no declarativo era un gran país.