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Edgar Cherubini

Venezuela, un “País Potemkin”

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La expresión Pueblo Potemkin o Potemkin village, tiene su origen en la Rusia de Catalina la Grande y hace alusión a pueblos y villas inexistentes. En la primavera de 1787, la zarina anunció una inminente visita a Crimea para verificar el desarrollo del que tanto le había comentado su favorito, el mariscal Gregori Potemkin, designado durante la invasión como regente de esa provincia. Potemkin, hizo refaccionar y pintar las fachadas de edificaciones en ruinas y ordenó edificar en la lejanía decorados a lo largo de la ruta de la comitiva, para representar pueblos, graneros repletos de trigo, escuelas, hospicios y rebaños. En realidad eran meros escenarios que encubrían la verdadera situación miserable de la región. De allí que dicha expresión significa “una cosa muy bien presentada para disimular su desastroso estado real”.

Otro ejemplo interesante de esta modalidad, es el pueblo de Kijŏng-dong en la zona desmilitarizada entre Corea del Norte y Corea del Sur. La propaganda oficial del gobierno norcoreano, en su estilo orwelliano, lo llama “Pueblo de la Paz”. Se trata de una granja colectiva de 200 familias que se alojan en un conjunto de modernos edificios, equipados con un nivel de servicios fuera de lo común para una zona rural. Los lugareños disponen de guarderías, escuelas, un hospital y un club deportivo. Empleando potentes altavoces orientados hacia el sur, los guardias de las garitas solo observan las fachadas y escuchan las voces que a lo lejos hablan de las actividades de una población trabajadora y feliz. Pese a que no puede ser visitado, se trata de la única localidad norcoreana visible y audible por los observadores occidentales. En realidad es un pueblo fantasma habitado por una docena de operadores que encienden y apagan las luces y el sistema de sonido. Un parque temático a lo Disney, para representar el progreso de los campesinos norcoreanos bajo la feroz dictadura.

Es imposible evadir las analogías con Venezuela. La ironía de los “ejes de desarrollo”, la “producción endógena”, “Las centrales azucareras revolucionarias”, “El río Guaire potable”, “El hombre nuevo” y el “país potencia” que tanto anunció Chávez y ahora Maduro, ha puesto al descubierto el método Potemkin a una escala novedosa.

“El turismo revolucionario” organizado por el régimen para los militantes de la izquierda francesa o periodistas extranjeros que desde otras latitudes visitan el país para observar el desarrollo de las comunas de la “Revolución bonita”, tiene un proverbial parecido con la estratagema que utilizó el régimen Nazi en el campo de concentración de Theresienstadt, llamado cínicamente “El Paraíso”, diseñado para ser inspeccionado por la Cruz Roja Internacional. La realidad es que éste era un “Pueblo Potemkin”, una estación de relevo que alojaba a los prisioneros en la ruta hacia Auschwitz-Birkenau, donde exterminaron a más de un millón de judíos.

 

Según los portavoces del gobierno, en el rimbombante “Socialismo del siglo XXI”, no hay ninguna crisis y los venezolanos viven en una envidiable democracia. En esta trampajaula para incautos, ya que esto no es socialismo ni revolución sino un asalto armado a las riquezas del país, la realidad es que los medios son instrumentos de propaganda ideológica de la dictadura militar, disfrazada a ratos de democracia por mera conveniencia táctica, que bajo el tutelaje cubano implantó Chávez y continúa Maduro. Un “Show de Truman” que a través de la hegemonía comunicacional, el régimen proyecta una “verdad oficial”, fabricando una realidad ficticia, dando continuación al reality show aderezado con arrogancia, agresividad y cinismo, que Chávez animó durante los años de su mandato. Una revolución mediática que construyó un “País Potemkin”.

Ante el desastre nacional, se promueve un diálogo o mejor dicho, un desesperado llamado a negociar una salida para detener la espiral de odio, violencia y destructividad que viven los venezolanos, pero este no llegará a feliz término si no se establecen unas reglas de juego inquebrantables que partan de una premisa fundamental: respetar y aplicar la Constitución ante las demandas de la mayoría de los ciudadanos. Pero después de haberla violado sistemáticamente durante 17 años, parece una misión azarosa sentarse a dialogar con los victimarios. En este entorno enrarecido, existe la percepción de que utilizarán el señuelo del diálogo para legitimarse internacionalmente, ganar tiempo para controlar los desacuerdos entre facciones, desactivar el pronunciamiento de la OEA y retrasar la activación del referéndum revocatorio para mantenerse en el poder.

Lo que realmente interesa solucionar son las causas del desastre nacional y plantear el urgente cambio de rumbo de manera de poder reconstruir el país en democracia, pero eso es justamente lo que el gobierno eludirá valiéndose de simulacros. Como el síndrome Potemkin invade todas las esferas de la vida nacional, en las últimas semanas se ha creado un escenario para convencer a los opositores optimistas de que “los militares van a permitir la transición a la democracia”. De este predicamento se hacen eco figuras del régimen y de la oposición, analistas, periodistas y espontáneos de Internet. Se trata de otro decorado que nos tratan de vender como real. En la jerga legal norteamericana, la expresión Potemkin village, también es utilizada por juristas cuando un argumento legal se construye sobre bases dudosas o falsas premisas: “Algo que a primera vista parece muy bien acabado y deja a todos impresionados, sin embargo le falta la substancia principal”.

Los militares de izquierda, ahora con el general Padrino a la cabeza, inspirados en un nasserismo de vieja data en Venezuela, han tomado el control total del gobierno y de la estructura estatal. Esto es lo más peligroso que ha podido ocurrir, ya que de darse la transición bajo sus condiciones, pretenderán continuar manejando el Estado paralelo que han creado, incluyendo la administración de los recursos energéticos y todos los negociados que realiza el país. Hasta Almagro se ha roto las vestiduras declarando que Maduro ya no gobierna y quienes mandan son los militares. Sin embargo, no ha habido un pronunciamiento firme de la Asamblea Nacional, ni de los portavoces de la oposición ante tamaña aberración del Ejecutivo, otorgándole superpoderes al ministro de la defensa y al estamento militar para gobernar Venezuela. ¿Una facción de opositores Potemkin? Es muy probable que Padrino y unos cuantos negociantes sagaces y voraces sean los verdaderos interlocutores detrás de la pretendida mesa de diálogo, buscando arrimar las sardinas para sus respectivas brasas.

En relación al optimismo que se ha desatado con los militares como agentes de la transición, el escritor francés Georges Bernanos dijo en una oportunidad: “Los optimistas son unos imbéciles felices, los pesimistas son unos imbéciles infelices”. A propósito de esta frase, comparto el comentario que hiciera Alain Finkielkraut : “Yo estoy sin duda más cercano a los segundos, aunque trato de no ser un imbécil”.

 

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