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S:D:B Alejandro Moreno

Venezolano no se suicida

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La afirmación es muy absoluta para ser totalmente verdadera, pero se aproxima notablemente a los datos que aparecen en el estudio de la OMS publicado hace unos meses.

Encabeza la lista de países con la mayor tasa de suicidios por cada 100.000 habitantes Lituania con 61,3, seguida de Rusia con 53,9. De los 10 primeros, 7 pertenecen a Europa oriental, todos países que estuvieron bajo regímenes comunistas. Como los de Europa occidental tienen tasas más bajas, el promedio europeo cae a 23,2. Ahora bien, el promedio latinoamericano es menos de la mitad del europeo: 10,3. Sin embargo, Cuba presenta casi el doble de esa media, 19, mientras la tasa más alta es la de Uruguay: 26. Venezuela tiene una tasa de 5, y debajo de ella están Paraguay, República Dominicana y Perú.

Impresiona en primer lugar, que la tasa de suicidios parece independiente de la calidad de vida, del grado de desarrollo y de los beneficios sociales alcanzados en cada uno de los países, pues las tasas en países con peores condiciones de vida son muy inferiores a las de los más desarrollados, mientras parece estar en relación positiva con el individualismo dominante en la cultura y la disminución de la cohesión social y de la fortaleza de los nexos familiares. Así, mientras en Europa occidental los países nórdicos tienen las más altas tasas de la región, los del sur (España, Italia, Portugal), donde todavía se mantienen las relaciones interpersonales y familiares tradicionales, rondan los mismos niveles latinoamericanos.

En segundo lugar, hay que destacar que los países menos “felices”, si consideramos que el suicidio es muestra de infelicidad, son aquellos que o han tenido largos regímenes socialistas o los tienen todavía. Ni mares ni tierras “de la felicidad” parecen producirse bajo tales regímenes.

Y en tercer lugar, la pérdida progresiva de los vínculos religiosos parece también relacionarse positivamente con la tasa de suicidios. Eso podría explicar los altos números de Uruguay, el país menos religioso de América Latina, con relación al resto de nuestros países y al mismo tiempo las mínimas tasas, las menores del mundo, de las naciones musulmanas donde impera una fuerte religiosidad muy cercana al fanatismo en amplios sectores.

Venezuela está por debajo de la mitad de la media latinoamericana que es a su vez la mitad de la media europea. La experiencia me dice que durante los más de treinta años que llevo viviendo en mi barrio, sólo he conocido un suicidio. Tenemos familia y sabemos convivir. Nos amenazan los mares de la felicidad.

Mucha gente se ha sorprendido con los resultados de algunas encuestas que sitúan a los venezolanos entre las personas más felices del mundo a pesar de que las circunstancias sociales, políticas y económicas que viven son desesperantes. Según este tipo de resultados y los arriba reseñados parece que la felicidad no está en relación directa con las circunstancias en las que se vive sino que depende de otros factores más personales y anclados en la cultura propia de pueblos y naciones. Un hombre puede sentirse y considerarse suficiente feliz aherrojado en una cárcel y sin muchas esperanzas de ser liberado. De ello tenemos numerosos ejemplos en la historia remota, reciente y actual. Aquello de “felices los pobres” también, no sólo, puede interpretarse así.

Aparte de la fe religiosa, y otros factores, los vínculos familiares son esenciales protecciones contra el suicidio. Por más que se hable, indebidamente, de nuestra familia matricentrada como inestructurada, deficiente o infuncional, tema de mi artículo anterior, el venezolano que se forma en ella tiene plenamente satisfechas sus necesidades afectivas primarias y fundamentales, su sentido de seguridad íntima y plenitud emocional, que le permite enfrentar las dificultades de la vida conservando un fondo de solidez, una profunda vivencia de haber sido amado por él mismo desde su infancia y poder por ello confiar en el amor y la aceptación de su familia y de los demás. La madre venezolana llena por completo la necesidad de amor de sus hijos. Por eso, en la profunda entraña de los malandros estructurales, que parecen de muy difícil recuperación, hemos encontrado desde su más tierna infancia, una vital falla de madre, una madre que no ha podido o no ha sabido o no ha querido ser madre venezolana integral. Aquí se unen persona y cultura. Esa madre ha sido producida por una cultura que se ha venido desarrollando en el mundo-de-vida venezolano como respuesta creativa a la realidad, como un total e integral “modo de habérselas con la realidad”, para usar la definición que da Ortega de cultura. La cultura, aunque histórica y siempre en movimiento, está más allá de las circunstancias ocasionales de sistemas políticos y sociales y permanece como humus en el que cada nacido es “cultivado” y convertido en persona. Así, cada venezolano lleva dentro una madre cultural y personal que le proporciona bases sólidas para una suficiente alegría de vivir.

Según la más compartida interpretación psicológica del suicidio éste se explica como la agresión que no se descarga hacia fuera, hacia un enemigo externo, y se vuelve hacia sí mismo, vivido como enemigo interno, al que se castiga y puede por eso considerarse como un homicidio dirigido contra la propia persona. Se trataría, entonces, de un manejo destructivo de la agresión. En Venezuela, no se suicidan ni los malandros ni las personas normales, los primeros porque descargan su agresión contra los de fuera y los segundos porque no necesitan descargar de ese modo su agresividad. En ellos, ésta se expresa de manera simbólica y verbal y con eso se agota. No parecen tener mucha carga agresiva en su interior. En ese sentido, el venezolano sería fundamentalmente pacífico.

Las excepciones, los asesinos, existen en todas las sociedades. Algunas son además culturalmente más violentas que otras. En las sociedades dotadas de un Estado eficiente y bien organizado, las “excepciones” son adecuadamente sometidas a control efectivo. En Venezuela, desgraciadamente, no tenemos verdadero Estado y las “excepciones” campan por sus fueros, pero culturalmente nuestra sociedad es, todavía, más pacífica que muchas otras. No saquemos conclusiones demasiado apresuradas sobre situaciones temporales y circunstanciales.

ciporama@gmail.com