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Eduardo Mayobre

Velásquez y El Nacional

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En la edición aniversario de este diario se reproduce un relato de Ramón J. Velásquez sobre su relación con el periódico, la cual se inició prácticamente desde su fundación. Se trata de fragmentos del libro Ramón J. Velásquez: Un país, una vida que recoge las conversaciones del expresidente con Catalina Banko y Ramón González Escorihuela, el cual forma parte del catálogo de Los Libros de El Nacional.

En el relato cuenta que además de sus actividades iniciales como columnista estuvo encargado de la página de Economía y fue dos veces director del periódico. La primera vez desde 1964 hasta 1968 y la segunda a partir de 1979 hasta 1983. Es decir, durante los gobiernos de Raúl Leoni y Luis Herrera Campíns. Destaca que llegó a la dirección cuando El Nacional “estaba saliendo de la grave crisis causada por un boicot organizado, desde mediados de 1961, por los anunciantes más poderosos bajo la acusación de que el periódico tenía una línea procastrista”. Esto llevó a que Miguel Otero Silva, uno de los dueños, debiera abandonar la dirección. Lo sustituyó Raul Valera y luego Ramón J. Velásquez.

No voy a repetir todo el relato, porque sería redundante. Lo menciono por dos razones. Primero, porque quiero rendir homenaje al gran historiador, intelectual, político y periodista recientemente fallecido. La relación de su salida de la dirección de El Nacional en 1983 me da la ocasión para hacerlo sin repetir la larga lista de sus indudables logros y méritos. Resulta que se acercaban las elecciones presidenciales de 1983 y los dueños y administradores del periódico, con posiciones encontradas, querían intervenir en la línea editorial a favor de uno u otro de los precandidatos de Copei.

Cuenta Velásquez: “Nada de eso era conveniente ni para mí ni para el diario. Mi posición era que el periódico debía ser imparcial y no tomar partido por uno u otro candidato. Para mí el deber era informar. Las elecciones se acercaban y el ambiente empeoraba. Fue cuando hablé con ellos: ‘Vamos a seguir siendo buenos amigos. La otra vez ustedes respetaron los estatutos de la empresa que establecen que el director es quien se encarga de dirigir. Ahora que regreso es distinto. Esa pelea no es del periódico. Además no va ganar ni Caldera ni Montes de Oca, sino Lusinchi, de manera que arreglen la cuenta y me voy’. Me fui de El Nacional. Ganó Lusinchi”. Lo anterior muestra la integridad de principios y el concepto sobre la independencia de conciencia del periodista de don Ramón Velásquez. El ejemplo parece especialmente oportuno ahora, cuando la dignidad de los comunicadores sociales está siendo vapuleada sin recato.

La segunda razón para destacar el relato es que a pesar de que en él los dueños y gerentes de la época no quedan muy bien parados, es en El Nacional y en Los libros de El Nacional en donde se publica. Esto también es un ejemplo. Muestra como se respeta e incluso se estimula la libertad de expresión en uno de los principales exponentes de la prensa independiente. Ramón J. Velásquez tenía una posición. Los diferentes dueños (hermanos entre sí) y gerentes del diario tenían otras, que no eran coincidentes. Todas son respetadas, informadas e incluso destacadas como le corresponde hacerlo a los medios de comunicación serios e independientes.

La lección es también particularmente oportuna en el ambiente en que ahora nos movemos. Cuando la libertad de expresión y pensamiento de los medios de comunicación social y de quienes los hacen posibles está siendo acosada por factores de poder ajenos, ni siquiera sus dueños, a través de maniobras mercantiles, judiciales, policiales y hasta hamponiles, seguir informando con transparencia sobre lo que sucede o lo sucedido en el pasado constituye una proeza, casi una audacia, susceptible incluso de castigo por el comando cívico militar que nos gobierna. Respetar la opinión de otros, y no ocultarla, es parte de la profesión del periodismo.

 “Vamos a seguir siendo buenos amigos”, dijo Ramón Velásquez, y lo siguieron siendo. En un momento tuvieron posiciones disímiles. Eso sucede aun entre hermanos, como muestra el relato. La democracia consiste en que eso sea posible. La democracia es la manera en que en la vida social la disparidad de opiniones no conduzca al odio, la imposición, la sumisión o el castigo sino al entendimiento.

Si eso lo entendieran los comandantes eternos o sus secuaces, los mercaderes que se refugian tras ellos o los ilusos partidarios del mesianismo armado, la libertad de expresión dejaría de ser, entre nosotros, una utopía y el temor a la violencia que ahora nos invade pudiera disminuirse. Por eso luchó Ramón J. Velásquez y El Nacional felizmente lo destaca.