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Vladimir Villegas

Veinte años sin Cruz

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Veinte años no es nada, dice el viejo tango. Y a la vez es mucho. Hace dos décadas ya, que se cumplen el próximo sábado 11 de enero, nos dejó Cruz Villegas, nuestro querido padre, un venezolano que se dio por entero a la lucha por sus ideales, que no tuvo otra opción en vida sino la de intentar hacer realidad sus sueños de una sociedad más justa. Por eso esta semana quiero dedicarle el espacio a recordarlo. Para mí no hay mejor manera de comenzar 2014.

Por su velatorio pasaron humildes trabajadores, sus compañeros de lucha sindical, sus camaradas del
Partido Comunista de Venezuela y de otras fuerzas de izquierda, así como adversarios políticos que, pese a sus contradicciones en el ámbito ideológico, nunca dejaron de ver en el negro Villegas a un ser humano cordial en el trato, sincero en la amistad y franco en el combate en defensa de sus posiciones.
Fue un comunista ortodoxo hasta la muerte. Pero respetó la diversidad de pensamiento en la familia.

A pesar de encabezar durante largos años una pequeña central sindical como lo fue la CUTV, él siempre abogó por la unidad de los trabajadores, por lograr la unificación orgánica de todas las corrientes laborales del país. Fue también un militante disciplinado, aunque era respondón frente al “cogollo” del PCV cuando consideraba que actuaban en forma equivocada. Un ejemplo de ello fue su decidida oposición a la lucha armada.

El viejo Cruz y la lectura siempre se la llevaron muy bien. Mi padre se encerraba horas en su humilde biblioteca de Coche a leer y a escribir. Su pasión por los libros era interrumpida por su incansable condición de albañil, de maestro de obra. Todavía resuenan en mis oídos sus llamados tempraneros los fines de semana para dedicarnos a la faena en casa. Frisar alguna pared, reparar tuberías o pegar bloques. Le rendía el tiempo para no abandonar sus compromisos sindicales y políticos y estar al día en las demandas del hogar que formó junto a su compañera Maja Poljak.

Entre palada y palada de concreto tarareaba tangos de Gardel. Su voz era fuerte y amable a la vez. Era un poeta, orgulloso de su condición de negro y de campesino. Y a la vez fue un recio y apasionado orador.

Yo fui afortunado porque lo pude tener como padre mucho tiempo. Mis hermanas y hermanos mayores sufrieron por largos períodos su ausencia, debido a los carcelazos, la clandestinidad e incluso el confinamiento en la selva amazónica al cual fue sometido por la dictadura de Pérez Jiménez. Sin embargo nunca olvido dos imágenes. La primera de ellas cuando lo visité en la antigua Digepol y pudimos verlo por escasos minutos. Y la otra cuando salió de la cárcel y apenas en la puerta de la casa le comuniqué: “Ya tengo 5 años”.

Siempre recordaré y extrañaré las sobremesas con mi papá. En ocasiones discutíamos sobre elementos de la política de ese tiempo. Pero la mayoría de las veces nos deleitábamos escuchando sus vivencias. No importaba si repetía una y otra vez los mismos cuentos, las mismas anécdotas o los mismos personajes. También eran motivo de disfrute sus largas conversas con Pedro Ortega Díaz, José Palacios, Hemmy Croes, Jerónimo Carrera, Eumelia Hernández, Virgilio Oropeza o Miguel García Mackle, algunos de sus entrañables amigos que visitaban nuestra casa en Coche.

Cruz Villegas no vivió el tiempo actual. No caigo en la tentación de presumir cuál sería su punto de vista con respecto a la Venezuela de hoy, porque nunca quiso que pensaran por él. El viejo habló a través de su lucha y su conducta. Sus hijas e hijos, y toda su descendencia, lo tenemos presente cada día. Es una responsabilidad muy grande y un orgullo tremendo llevar su apellido.