• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

¡Vaya panorama!

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El “diálogo” confirmó la situación y sus protagonistas oficiales: comencemos por el más asomado. El alto funcionario con el máximo rango, cuya personalidad está definida en su ignorancia y es proyectada en su vocación ofensiva. Él y sus acompañantes como equipo de gobierno están sumidos en una condición primaria y de triste ordinariez, mostrando ante el mundo una imagen de atraso educativo y cultural, producto de la actual militarización nacional, como también de ser este hoy un país con bochornosos índices de desempleo, miseria, desnutrición y criminalidad.

La represión policial aunque siempre brutal y burda, ha dejado de ser elemental; hoy se puede hablar incluso de una policía preparada para reprimir, por el entrenamiento recibido, el aparataje que maneja, y estar cada agente equipado con casco, chaleco antibalas, fusil, máscara, cargas de perdigones y –a pesar de las prohibiciones internacionales– de bombas de gases cada vez más tóxicos. Y como una consecuencia de ello la represión deja además de contusiones, heridas que hasta obligan a delicadas intervenciones quirúrgicas, y no solo para el retiro de una bala sino también de fragmentos de cuanto el sadismo induzca a colocar en el cañón del arma policial. El ministro del Interior cumple el papel de justificador de los desmanes de sus cuerpos.

Abundan justificadas denuncias de torturas, nefasta experiencia ya vivida entre nosotros por muchas personas en épocas pasadas y recientes, que no es un fenómeno casual o aislado, que no es solo ni simplemente, como la entendimos por años, la expresión de descarga de un sádico sobre un prisionero a merced suya. Muchos sucesos políticos de América Latina nos han permitido percibirla como la caracterización extrema de un modelo de relaciones, con el objetivo preciso de amedrentar a densos sectores de una población; una perversión programada que es expresión concreta de un vasto plan represivo, y que responde a un diseño para ejecución masiva por un personal técnicamente entrenado en una rigurosa metodología de la crueldad. 

Nada en ella es fortuito. Recordamos el papel jugado por la Escuela de las Américas y el Comando Sur en la Zona del Canal en Panamá, con los cursos y pasantías dictados a oficiales de los diferentes ejércitos latinoamericanos; aprendían allí, dentro de las “Técnicas de contrainsurgencia”, una amplia gama de suplicios a serles aplicados a los prisioneros calificados de subversivos. Existen pruebas de que lo mismo está sucediendo en Venezuela, con anuencia del gobierno; a cargo de torturadores dados a seguir esas viejas enseñanzas, sumándoles atrocidades de su propia iniciativa.

Es práctica usual del régimen lanzar contra las universidades desde blindados hasta cuerpos especiales; demostrando una vez más cómo abundan recursos del Estado para tratar de callar protestas justificadas, y cuán corto de fondos se declara para resolver problemas básicos.

Lo que hoy se aplica sin miramientos de ninguna clase contra las instituciones educacionales y la población estudiantil, si no se le ataja a tiempo habrá de ser la forma rutinaria de tratamiento del pueblo en su conjunto.

En las circunstancias actuales la defensa de las universidades es un deber no sólo para con ellas sino para con el país, porque si se deja a los centros del pensamiento y de la creatividad a merced de la policía, se contribuirá a la extinción definitiva de lo que somos y sentimos. 

Ojalá el profundo sacudimiento producido por las recientes violaciones de los derechos humanos de las que hemos sido testigos aquí, sea duradero, y no efímero como suelen volverse las reacciones con el acostumbramiento al horror dentro de una cultura en la que van juntas la violencia y la impunidad.