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Daniel Samper Pizano

Varones de tacón alto

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Prendas que años atrás eran consideradas masculinas, hoy hacen parte de la moda femenina.

No sé si ustedes se han dado cuenta de que las mujeres copian cada vez más la ropa de los varones, pero hasta ahora solo los religiosos guardan en el armario prendas que podrían parecer femeninas, como las sotanas y esos horribles zapatos de solterona rica que usaba Benedicto XVI.

Hagan la cuenta de lo que las señoras nos han robado: pantalones de toda clase, camisetas, chalecos, zapatos bajitos, botas altas, suéteres, overoles, cachuchas, sombreros de gángster de los años treinta, blue jeans, piyamas, medias tobilleras y, en algunos casos, camisas de cuello y corbatas. Piensen en el atuendo de Diane Keaton en Annie Hall, y verán que es idéntico al que lleva el gerente de un banco a las juntas directivas, pero muchísimo más sexy que el de él.

Estoy seguro de que ninguno de los lectores de esta columna levantaría la mano si pido que la alcen aquellos cuyas esposas jamás han asaltado su clóset para ponerse algo de lo que allí reposa. En cambio, poca cosa usarían ellos del guardarropa de sus cónyuges.

Creo que, aparte de ciertos beneficios de tipo biológico, anatómico y fisiológico que ustedes se imaginarán, la ropa es una de las grandes ventajas de ser hombre y no mujer. Y, sin embargo, hubo momentos de extremo peligro en que los señores estuvimos a punto de adoptar uno de los peores implementos de la ropa femenina: los zapatos de tacón alto.
Dicen los anales de la coquetería que a los hombres les dio por usar zapatos de tacón alto en tiempos de Luis XIV (1638-1715), llamado el “rey Sol”. Como solía ocurrir, el primero en estrenarlos fue el propio soberano. Con eso bastaba para que su uso se impusiera. Los cortesanos volaban a imitar al rey y el capricho real a los pocos días se había convertido en moda.

Este Luis era un tipo curioso que se creía descendiente directo de Dios y eso (como dicen ahora los que creen mejorar el español) lo colocaba muy vanidoso. Parte de su vanidad se reflejaba en el hecho de que quería compensar su baja estatura con recursos artificiales. El man se ponía unas enormes pelucas que le agregaban quince o veinte centímetros; encima de ellas, sombreros de copa que añadían una cuarta más al pastel, y coronando el sombrero, una pluma violeta que hacía las veces de adorno y de pararrayos.

No contento con eso, Luis XIV decidió apropiarse de los zapatos de tacón que usaban las damas cortesanas.

Fue así como encargó a su zapatero real, Nicholas Lestage, que diseñara y fabricara un calzado con hebilla por delante y tacón elevado por detrás. Al mismo tiempo, ordenó a sus sastres que atiborraran las camisas y chaquetas de bordados, lacitos, encajes, botones dorados y cordones, porque así se sentía más rey. El resultado fue esa moda ridícula que acompañó durante años las cortes europeas y que aún hoy deslumbra en las películas de época.

Podría pensarse que quienes así vestían eran unos mequetrefes inútiles para todo lo que no fuera intriga y exhibición de blasones. Pero Bill Bryson, uno de mis periodistas de cabecera, cuenta en su libro En casa: una breve historia de la vida privada que debajo del ropaje adocenado bullían con vigor los tributos del guerrero. El duque de Orleans, hermano del rey, que era gay, escandaloso afeminado y maniquí de peluquines y tacones, cuando llegaba al campo de batalla se convertía en un tigre furioso cuyo único temor consistía en que la sangre de los enemigos atravesados por su espada le salpicara el chaleco.

Ganar batallas con tacón alto y peluca: esas sí eran hazañas, no como las que hoy cometen los drones sin piloto o las brigadas de tanques.

Yo sueño a veces con que la historia, que según Marx (¿Groucho?) compensa toda tesis con su antítesis, se aburrirá de ver mujeres vestidas con prendas varoniles y volverá a vestir a gobernantes y líderes del sector privado con ropa de mujer. Me encantaría que así fuera: Obama con tacón puntilla, Putin con ombliguero, Fidel con medias pantalón, Santos con minifalda, Maduro en un biquini tricolor... Cometerán los mismos desastres de siempre, pero al menos se verán mucho más divertidos.