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Alexis Correia

Variedad de supermercado

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Me cuesta concebir que en el Reino Unido no tengan preocupaciones más importantes, por ejemplo, la posible independencia de Escocia, pero supuestamente el concurso Miss Venezuela Mundo, he escuchado por ahí, nació porque los organizadores británicos (la señora Morley, y tal) no querían que les enviaran a la segundona que no iba para el baile del Miss Universo. Después de todo, este país es el que tiene más coronas, seis, aunque ninguna como la corona de Miss Inflación. Podría deducir que la señora Morley, al parecer, también ha pedido que se neutralice todo lo que sirva para una burlita al día siguiente. La sal, pues. El desfile en vestidos estrafalarios y la ronda de preguntas.

Las tres horas del Miss Venezuela Mundo de hace dos sábados me dejaron dividido. Todas las que me gustaban llegaron detrás de la ambulancia: María Gabriela Castellano, Clarissa Daboin, Eneydis Torres, quizás Andrea Lira. El desfile en traje de baño no era exactamente en traje de baño, sino más bien de pareos o como se llamen esas prendas de etiqueta de piscina que a los hombres no nos entusiasman (¡trampa!), aunque al menos las sandalias transparentes eran una preciosidad. Había un desfile que no entendí, que no era de gala ni de traje de baño, sino de vestidos de novias o en todo caso de damas de cortejo, lo que supongo que implicó una gran bajada de mula del patrocinante respectivo. Tampoco entendí por qué, cuando a Andrea Lira le dieron el premio de las piernas de Venus, no hubo una toma de cámara que recorriera detenidamente y en primerísimo primer plano la escarchita de las extremidades ganadoras.

Todos los trapos de gala eran iguales, aunque en distintos colores. En la ronda de preguntas solo había una pregunta. Aquello era como la variedad de un supermercado venezolano. Cuando a las misses las pusieron a pintar casitas en el sector El Milagro de Dios 2 de Charallave, en uno de los innumerables segmentos de responsabilidad social (“belleza con propósito”, y todo aquello), me acordé de cuando era niño y sufrí bullying por no saber usar una escoba y una pala.

Y sin embargo, no todo me desagradó. Supongo que es un sacrilegio hacer cualquier comparación relacionada con el legado del fallecido productor Joaquín Riviera, aunque en esta era Después de la Lentejuela, noté ciertos destellos de una clase que no sé si antes estaba presente.

El Miss Venezuela Mundo no fue mucho camisón para la conductora Kerly Ruiz, que incluso lució bastante elegante con un par de pintas, más allá de algunos errores menores (“ricmo” en vez de ritmo, una quinta Miss Venezuela que ya no es rosada sino melón, etc). Juan Carlos García contribuyó a una atmósfera de relax. Aunque sus cejas lucían poco naturales, Jesús de Alva se mostró como un aceptable prospecto de príncipe latino de la secta del apóstol Cala. Con unos anteojos estilo Pedro Navaja, Oscar D’León sorteó el morbo de los que querían ver su mirada luego del accidente sufrido en 2013. Tampoco estuvo mal el segmento musical del “artista urbano-tropical de cuya existencia me enteré esa misma noche”, Ronald Borjas con “Te doy mi voz”.

Aunque estrictamente no formó parte del show central, Irene Esser montó un espectáculo con cada uno de los segmentos de publicidad. Después de verla autosobándose los poros capilares mientras anunciaba las “piernas de miss en una sola pasada”, hasta a mí me dieron ganas de salir a comprar esas afeitadoras Venus, aunque supongo que no las conseguiré cuando entre a un Farmatodo. En fin, se sienten algunos soplos de nuevos vientos. Y eso que la muchacha que ganó, Débora Menicucci, no me da ni frío ni calor. Tiene cara como de Maléfica. ¿Qué pensará la señora Morley?

En Twitter: @alexiscorreia