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Diego Arroyo Gil

Vargas Llosa en Caracas, ayer y hoy

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“Mándale mi agradecimiento, como venezolano, a Mario Vargas Llosa, por todo lo que hace en favor del país”.

 

Rafael Cadenas al periodista Daniel Fermín de El Universal

 

Mario Vargas Llosa llegó a Caracas un par de días después del terremoto que sacudió la ciudad el 29 de julio de 1967. Venía a recibir el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, creado por el gobierno del presidente Raúl Leoni a través del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (Inciba), nuestro ministerio de cultura de la época, fundado por Mariano Picón-Salas y entonces dirigido por Simón Alberto Consalvi. Don Mario, muy joven, era el primer escritor en recogerlo, y lo haría por su novela La casa verde, postulada al premio por su editor, el español Carlos Barral.

A pesar de la conmoción causada por el seísmo, la ciudad se sobrepuso para celebrar no solo la entrega del Gallegos a Vargas Llosa, sino, asimismo, las otras actividades que se habían organizado a propósito de la creación y primera asignación de un premio que, además de honrar al gran maestro de las letras que le daba su nombre, comenzaba a existir para reconocer el talento de novelistas jóvenes, herederos y renovadores de la tradición de nuestro idioma.

Fueron días memorables para el curso de la cultura venezolana, me atrevería a decir, hispanoamericana. Principiaba el llamado boom literario en América Latina y Caracas lograba reunir una buena cantidad de escritores y críticos de altura, que habían hecho o harían historia: aparte de Vargas Llosa, figura principal por razones evidentes, estaban aquí Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, José María Castellet, Fernando Alegría, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, Seymour Menton y, entre otros, Gabriel García Márquez, que una década atrás había visto en vivo la caída de Marcos Pérez Jiménez y atestiguado el nacimiento de la democracia venezolana que ahora estaba más viva todavía y era ejemplo en todo el continente.

Vargas Llosa y Gabo se conocían por carta, pero nunca se habían visto en persona y aquella semana caraqueña les deparó el primer encuentro. Cien años de soledad acababa de publicarse (mayo del 67, me parece), y cada día acopiaba mayor fama. García Márquez ya no era solo el autor de La hojarasca –por la que lo habían llegado a comparar con Proust, un poco exageradamente, en Colombia–, sino ahora, sobre todo, el creador de este novelón por el cual, por cierto, él también obtendría el Premio Gallegos, pero en 1972, en la segunda edición de un galardón que por aquel tiempo se otorgaba cada un lustro en vez de cada dos años, como hoy día.

Decía, en cualquier caso, que en 1967 don Mario era aún muy joven, apenas alcanzaba la treintena, pero tanto su novela como las palabras que pronunció para recibir la distinción demostraban ya que aquel era un hombre de una sensibilidad y una inteligencia que consumarían un destino franco y coherente, ordenador de sí mismo ante las complejidades del mundo y de la propia vida. Aunque, como tanta gente, Vargas Llosa veía con buenos ojos la Revolución cubana, su discurso no dio lugar a dudas sobre su convicción de que “la literatura es fuego” –así afirmó–, y que ese fuego es crítica, rebeldía, insumisión: nunca servidumbre ante el poder.

“Las cosas son así y no hay escapatoria –dijo don Mario ante la audiencia–: el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento. Nadie que esté satisfecho es capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo, reconciliado con la realidad, cometería el ambicioso desatino de inventar realidades verbales. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán”.

Eran palabras que presagiaban su posterior ruptura con el régimen de Fidel Castro, con el cual ya entonces había comenzado a tener diferencias. (Antes de viajar a Caracas, a Vargas Llosa había ido a visitarlo en Londres el escritor Alejo Carpentier para pedirle, en nombre del gobierno cubano, que viniera a Venezuela, recibiera el Rómulo Gallegos y donara el dinero correspondiente al Che Guevara, que estaba en Bolivia. Luego, le prometía, la Revolución se lo devolvería en cuotas. Vargas Llosa, por supuesto, no aceptó, porque aquello era, además de una farsa, una indignidad).

Dejando a un lado la anécdota, haciendo el recuento de aquellos días que, pese a los males de la tierra, eran bellos, como se ve, observo, con un poco de amargura, cuánto ha cambiado Venezuela y cuánto (no) ha cambiado Cuba. Es una cuestión de un dramatismo espeluznante. ¿Había necesidad de atrofiar del modo que se ha hecho aquellas conquistas y promesas de bienestar, de progreso, de prosperidad social? “Caracas está horrenda”, me contaron que dijo hace unos días Plinio Apuleyo Mendoza, de visita en nuestro país. Y tiene razón. Caracas es una vieja decrépita y envilecida, enajenada por la fealdad, aunque haya mañanas y tardes en que despunta en el Ávila el grito de venganza de su proverbial belleza.

¡Terremoto! El de 1967 fue discreto comparado con este que estremece la ciudad, el país desde 1999, o desde antes. En aquella oportunidad Vargas Llosa vino a recibir un premio que bien merecía. Ahora viene, cada vez que puede, para brindarnos apoyo en medio del continuo sacudimiento de Venezuela. Lo acabamos de ver. Estuvo aquí la semana pasada y, además de hablar ante concurridos auditorios, se reunió con dirigentes políticos, líderes estudiantiles, activistas de derechos humanos, familiares de presos de conciencia, periodistas, intelectuales y amigos. Y lo hizo, ¿se sabe por qué? Porque quería escuchar de viva voz el crudo relato de nuestra situación, cuya gravedad requiere que contemos con voceros de su relevancia en el ámbito de la opinión pública tanto nacional como internacional.

Retengo, entre todas las cosas que le escuché decir –las que dijo contra el gobierno no es necesario retenerlas demasiado, pues redundan en lo que por aquí es evidente y se piensa–, una frase que es urgente que voceemos, para estar alerta con respecto al reto político que tiene por delante la sociedad democrática. Consciente de ese reto, de esa dificultad, además de estrecharle la mano a la nación, Vargas Llosa alertó: “Si la oposición se divide, la oposición se suicida”. Es decir, que el terremoto no fracture lo único que puede conjurar sus daños, que las diferencias de criterio que existen no frustren el deber de un consenso político verdadero y sólido que se bata contra el ogro destructor de la República. Aunque sea por la memoria de Rómulo Gallegos, para que Doña Bárbara acabe de hundirse en el tremedal de una buena vez. Aquí sigue habiendo una raza, un pueblo que ama, sufre y espera.