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Asdrúbal Aguiar

Varela, presidente

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La clara elección de Juan Carlos Varela como presidente de Panamá, durante un justo proceso en la que, al momento de instalarse las 6.330 mesas de votación donde acudieran este último domingo 2.477.401 panameños aptos para el voto, no era fácil asegurar la derrota de sus dos reales contendores -José Domingo Arias y Juan Carlos Navarro- deja enseñanzas importantes de considerar.

Es cierto que las más importantes encuestas situaron a Arias como el favorito -candidato del actual mandatario Ricardo Martinelli- y a Navarro como el segundo, representante del histórico partido social-demócrata fundado por Omar Torrijos, padre de la actual Panamá independiente. 

Pero todas a una marcaban una brecha de apenas tres puntos hacia arriba, o hacia abajo, entre las distintas opciones. Cualquier cosa podía ocurrir, sobre todo dado el talante desenfadado del mismo presidente de la República, quien confrontó al Tribunal Electoral y se metió de lleno en la campaña, a pesar del ventajismo que implicaba. 

No obstante, los tres candidatos y sus seguidores, sobre todo la opinión nacional, se mantuvo blindada en cuanto a la confiabilidad e imparcialidad del órgano electoral.

Al final de las cosas, por lo mismo, nada ocurrió y todos los candidatos celebraron, a despecho de quien tendrá que abandonar, democráticamente, el Palacio de las Garzas.

No quiere decir lo anterior que las encuestas se hayan equivocado, como ya ocurre en la región en los últimos tiempos, pues Varela, situado en el tercer lugar de las preferencias, crecía y el último muestreo tuvo lugar 10 días antes de las elecciones.

Se mantuvo, una vez más, la regla de oro en la experiencia política de esta nación, próxima a los afectos de Venezuela desde los tiempos de nuestra formación como república, y, sin embargo, sufrió alguna modulación. 

En las elecciones de Panamá es tradicional que el candidato perdedor logre su acceso a la presidencia en los comicios sucesivos e inmediatos. Cabía pensar, por ende, que el vencedor sería Navarro, del PRD, pues al fin y al cabo tanto Arias como Valera vienen de la misma fuente, el "martinellismo" empresarial; ambos representan a la derecha y son oligarcas, diría un chavomadurista radical.

Lo cierto es que la ruptura entre Martinelli y su vicepresidente Valera llevó la sangre al río. Llenó de tensión al país y redujo el debate electoral a las ofensas y zancadillas, con lo cual el factor partidario opositor al "régimen" -como ahora tildan algunos empresarios y medios al Gobierno actual- se desplazó desde el PRD hacia el polo del neogobernante ayer electo. 

No operó, cabe subrayarlo, el voto "útil", es decir, la votación de los adeptos de un tercero en lista por la primera y segunda opción, lo que hubiese liquidado a Varela. 

Aun así, la oposición varelista es una apuesta por el "continuismo", ya que en buena lid Panamá logró hasta ayer un crecimiento en su PIB descomunal y una explosión en sus actividades económicas y de construcción sin precedentes; por si fuese poco, es el único país de centroamérica que tiene metro y construye un segundo canal para unir al Pacífico con el Atlántico. 

Como me lo expresara personalmente el mismo gobernante en despedida, su obra fue hacer soñar en grande a los panameños. Basta visitarlos para constatar que viven en una suerte de Tokio tropicalizada. Y ese sueño, al parecer, no lo garantizaba su hacedor ni el candidato que impuso, sino su vicepresidente, a quien acusa de haberle dado una "patada histórica", muy latinoamericana.

Otra versión de lo que ocurre en Panamá, la del PRD, de cultura reformista y, como cabe repetirlo, socialdemócrata, apoyado por el PP demócrata cristiano, dice sobre la otra cara del éxito de Martinelli. A dos kilómetros de la capital se constata un cuadro de pobreza y exclusión inaceptables. 

En verdad, más que una crítica de su candidato Navarro a lo hecho, éste puso el énfasis en lo que falta para cerrar el círculo de la modernización, incluyendo el rescate pleno de la democracia.

La versión de la izquierda radical, reunida alrededor del Frente Amplio para la Democracia, próxima al chavomadurismo venezolano, es de crítica furibunda al "milagro panameño". Le ofende el grosero antagonismo de las obras faraónicas con la falta de servicios de aguas negras y la costumbre de las letrinas dominante en la mayor parte de la geografía. Los prefiere a todos pobres e iguales, subsidiados, lejos de la irritación de lo diferente.

Los panameños, en fin, votaron por Valera. La deriva "socialista del siglo XXI" no aparece en pantalla. Los más apostaron al sueño de la modernidad, y los excluidos aspiran, demandan que se los monte también en el ferrocarril de la globalización.